Adela Navarro Bello.
Hace unos días el Gobernador de Veracruz, el panista Miguel
Ángel Yunes Linares, dijo que la Procuraduría General de la República había
recuperado ya, 30 de las 92 hectáreas que comprenden el Rancho Las Mesas que
Javier Duarte compró en Valle de Bravo a razón de 223 millones de pesos, con
dinero que pertenecía a las arcas estatales.
Aparte, la misma PGR confiscó y envió también para el
Gobierno de Veracruz, un avión Learjet con precio de 50 millones de pesos, así
como un helicóptero de 15 millones de pesos, ambos producto de la transa de
Javier Duarte de Ochoa con los dineros públicos de aquel Estado.
Hay más. Yunes Linares dice que en efectivo, han recuperado
722 millones de pesos de los desfalcos del ex Gobernador priísta y prófugo de
la justicia, y otro rancho, El Faunito, en Fortín, Veracruz, con un precio
superior a los 200 millones de pesos.
La Auditoría Superior de la Federación ha presentado 55
denuncias ante la Procuraduría General de la República contra quien resulte responsable de simular la entrega de 9 mil 500
millones de pesos del Gobierno de Veracruz a la Tesorería de la Federación.
El desfalco de Javier Duarte de Ochoa se cuenta en miles de
millones de pesos, transados paulatinamente al Gobierno de Veracruz, durante
los más de 5 años que duró en el cargo para el que fue electo. A pesar de las
investigaciones y las denuncias, fue hasta octubre de 2016 cuando un Juzgado
emitió una orden de aprehensión contra Duarte por su presunta responsabilidad
en los delitos de delincuencia organizada y operación con recursos de
procedencia ilícita, luego que –también finalmente- el Gobierno Federal tomará
la decisión de presentar una denuncia a través de la Secretaría de Hacienda y
Crédito Público contra el Gobernador depuesto y sus principales colaboradores,
tiempo que Duarte y secuaces aprovecharon para huir, de Veracruz y de la
justicia.
Cada día que
transcurre, los mexicanos nos enteramos de más millones de pesos que Javier
Duarte robó al Estado de Veracruz. Hemos visto los departamentos de lujo en el
extranjero, las casas en México, los vehículos terrestres, aéreos y marítimos
que poseía el ex Gobernador con ilícito cargo al erario. Hemos sabido de sus
prestanombres y las empresas fantasmas que creó para robar más a los
veracruzanos.
Ciertamente Javier Duarte es el culpable, o presunto
culpable pues, (de aquí a que se le capture y luego sea juzgado), pero existen otros responsables del desvío
patrimonial ocurrido en Veracruz. Empecemos el organigrama criminal del sistema
político mexicano.
El Gobernador que
transa y roba a la cabeza de la estructura criminal. En calidad de
copartícipes, el Secretario de Finanzas que autoriza los pagos con recursos del
Estado, el Contralor del Estado, quien debiera supervisar que todas las
transacciones, licitaciones, convenios, contratos, y demás por parte del
Gobierno del Estado, se lleven a cabo de manera legal, y en caso contrario,
investigar y sancionar a los funcionarios responsables u omisos. El Oficial
Mayor del Gobierno, responsable del inventario de bienes, la adquisición de los
mismos, y el buen uso y destino de todos.
Como responsables
directos están los Diputados del Congreso del Estado, los mismos que aprueban
los presupuestos de egresos y las leyes de ingresos, avalan la petición de
créditos por parte del Gobierno, autorizan los gastos millonarios, aprueban los
egresos y avalan el gasto del Estado. Responsables directos también, quienes
laboran en la Auditoría u Órganos de Fiscalización del Estado, quienes en la
revisión de las cuentas públicas, deben revisar que los dineros hayan sido
utilizados no solo de manera responsable, sino legalmente en beneficio del
Estado y los gobernados. Detectar las compras ilícitas, los sobreprecios, las
empresas fantasmas y los dineros desviados, para recomendar investigaciones y
presentar denuncias.
En calidad de responsables abstractos están los partidos políticos de la oposición, que
representados en el Congreso del Estado, en entidades federales, en los mismos
institutos políticos, deben ser el contrapeso de un gobierno, señalar los
excesos, los abusos, las omisiones y las transas, y presentar denuncias ante la
autoridad responsable. Lo mismo los grupos de la sociedad civil organizada,
quienes deben estar vigilantes de los gobiernos para señalarlos en casos de
corrupción evidente, y exigir transparencia y rendición de cuentas.
La realidad es que
algo ya no funciona o quizá nunca ha funcionado en el sistema político y de
gobierno de México, que permite que ladrones como Javier Duarte de Ochoa,
cuenten con recursos de complicidad y negociación con entidades de gobierno,
partidos y sociedad, para desfalcar a un Gobierno por miles de millones de
pesos. Significa que la estructura de supervisión, autorización y fiscalización
del gasto no están funcionando, que se ha alejado del terreno de la ciencia de
los números para anidarse en el peligroso campo de la política.
Si la Auditoría del
Estado, la Contraloría, el Congreso del Estado y la Auditoría Superior de la
Federación, no se dieron cuenta durante cinco años de las tropelías e
irregularidades realizadas por Javier Duarte de Ochoa, deberían ser cómplices
por omisión del robo al Estado de Veracruz, y deberían esas instancias
atravesar por una transformación que les de verdaderos ojos, filosos dientes
legales y participación ciudadana, para evitar que desfalcos como el de
Veracruz sucedan de nueva cuenta.
La estructura de la fiscalización, el manejo de los recursos
en los Estados de la República Mexicana, se ha convertido en un organigrama
criminal del servicio público. Ahí está
también el reciente caso de Chihuahua, donde el ex Auditor Superior señaló que
de manera puntual alertó a los diputados locales, al análisis de la cuenta
pública de 2015, de irregularidades en más de 30 dependencias por un monto
total de 2 mil 328 millones de pesos.
Dijo Jesús Manuel
Esparza Flores, el ex Auditor, que notificó a los legisladores del Congreso de
Chihuahua, que las irregularidades habían sido por dineros entregados sin
licitación de por medio, recursos pagados con sobreprecio, préstamos y cuentas
pendientes, omisión de cobros, licitaciones dirigidas, y gastos sin contrato.
Que él esperaba que no aprobaran la cuenta pública y que le ordenasen presentar
denuncias, pero no fue así. De hecho el
Presidente de la Comisión de Fiscalización del Congreso, un panista, presentó
un dictamen sin irregularidades sobre la gestión de César Duarte en 2015, y la
cuenta fue aprobada, eliminando la posibilidad de que el Auditor hiciera las
denuncias.
En estas condiciones, con
un sistema plagado de huecos, apto para la negociación política entre partidos,
sin una estructura de fiscalización del gasto que al día detecte las anomalías,
proclive a la corrupción, con una Secretaría de Hacienda y Crédito Público que
no tiene el personal ni los programas necesarios para detectar el robo en los
Gobiernos de los Estados a tiempo, y con entidades omisas y cómplices en los
otros Poderes del Estado y en la sociedad civil, en este país seguirán
apareciendo Duartes por todos los Estados.
Gobernadores que
cuentan con la complicidad de los partidos, del Congreso, del Gobierno Federal
y hasta del Municipal. Definitivamente al sistema mexicano de gobierno le
urge una reestructuración que asegure la rendición de cuentas y el buen uso de
los recursos públicos, porque lo que ahora tenemos, no funciona. Y en este
esquema, todos, son responsables de la transa.
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