Martín Moreno.
Con todo y sus buenas
intenciones, no podemos cerrar los ojos: la marcha #VibraMexico o anti Trump,
fue un fracaso. Por escasa participación. Por ambigüedad en los propósitos. Por
nula legitimidad. Porque no podríamos esperar otra cosa de un híbrido
político-ideológico-ciudadano, regido por el rencor. Por eso.
¿Cuáles fueron las razones fundamentales de este fracaso?
Por la ambigüedad.
¿Era una marcha contra Trump o contra Peña Nieto? ¿O contra los dos? Seamos
claros: las protestas debieron ser,
desde su convocatoria, contra dos lastres que están dañando a México: uno se
llama Donald y se apellida Trump. El otro se llama Enrique y se apellida Peña
Nieto. Cuando se trató de deslindar a Peña de las protestas, las marchas se
jodieron.
Vano, el intento por dejar limpio al Presidente emblema de
la corrupción en México.
Por la manipulación.
Los dardos ciudadanos debieron ser firmes y directos contra dos casas: la Casa
Blanca de avenida Pennsylvania, y la Casa Blanca de la familia presidencial en
Las Lomas. Intentar siquiera no mencionar o apaciguar, dentro de la furia
ciudadana, los grados de corrupción que hierven en Los Pinos, fue un error
gravísimo. Son dos calamidades con vínculo innegable: el daño que le han hecho
al país. El abierto desprecio a protestas populares anteriores contra Peña
Nieto, y no sumarse antes para advertir sobre un futuro que se atisbaba sombrío
y preocupante – aún sin Donald Trump-, restó autoridad moral a las marchas
del domingo 12 de febrero.
Por el engaño.
Pretender marchar solamente contra Donald Trump y respaldar al mismo tiempo –
en un lance suicida y maniqueo- al gobierno de Peña Nieto, fue el tiro de
gracia a las buenas intenciones de la marcha.
Imposible eclipsar el
momento que vive México: de alta corrupción gubernamental y vacíos de
liderazgos. Se olvidó algo fundamental: no se podía ni se debía protestar
contra Trump, sin exigir, antes y de manera clara y contundente, la rendición
de cuentas de Enrique Peña Nieto sobre el estado que guarda el país: manejado
hoy por aprendices de mala fama; saqueado por gobernadores priistas prófugos o
comodinos; anclado en su crecimiento económico; con élites políticas y
empresariales multimillonarias, mientras 2.5 millones de pobres se han
sumado a la miseria nacional en este sexenio; el cinismo de una clase gobernante cada vez más repudiada y sin menos
apoyo popular. Intentar cerrar los ojos para deslindar a Peña y solamente
cuestionar a Trump, equivalió a pintar la casa por fuera, cuando por dentro
está podrida. Nada menos.
Por el equívoco.
“Respaldemos al gobierno de Peña Nieto”, fue una de las consignas. Buena
intención…pero con el Presidente equivocado.
Tal vez con otro Presidente hubiera funcionado. Pero no con Peña Nieto, un político que ha
gobernado bajo tres ejes: la corrupción, el enriquecimiento personal y de sus
amigos y aliados, y la ineficacia e improvisación que tienen al país en el
abismo. Se les olvidó consultar la encuesta de Reforma: Peña solamente tiene
12% de respaldo ciudadano. Buenas intenciones…pero con el Presidente
equivocado.
Por la ilegitimidad.
Cuando intelectuales, líderes ciudadanos y luchadores sociales (algunos, por
supuesto), se subieron al tren de la convocatoria para “demostrarle a Trump que
a México se le respeta”, pero no movieron un dedo ni abrieron la boca para
cuestionar la corrupción por la Casa Blanca de la familia presidencial, por
Ayotzinapa, por la pésima conducción financiera, por los saqueos de
gobernadores, y entonces cayeron en el pecado de la ilegitimidad. Y ese es un
pecado hipócrita: no se puede ser ciudadano indignado por lo que hace un
presidente extranjero, pero se ignoran
los abusos del presidente propio. A final de cuentas, Trump ni siquiera
registró las “protestas” del domingo pasado en México. Un tufo de hipocresía rodeó a nuestros iluminados convocantes a las
marchas.
Por la partidización.
La aparición de dirigentes y simpatizantes priistas en la marcha, rechazando
con violencia a quienes protestaban contra Peña Nieto, fulminó la pluralidad,
convirtiendo las protestas ciudadanas en un vulgar mitin de apoyo partidista al
presidente de la República. Craso error: ni lo evitaron ni se las
compraron. En cambio, quedó al desnudo
la manipulación que intentaron para “respaldar” a Peña, de manera torpe y, en
ese lance, se vulneró la legitimidad de las marchas.
Por los odios. Entre
los convocantes, hay odios profundos: la columnista aguerrida odia a la
activista-madre que tuvo los tamaños para detener y encarcelar a los
secuestradores y asesinos de su hijo; el historiador respetado tilda de
“cobardes” a quienes no asistieran a la marcha; los líderes ciudadanos, entre
sí, ya están divididos; el Rector de la UNAM desperdició su capital cuando no
tuvo ni el apoyo público de la comunidad universitaria ni los procedimientos
claros. ¿El resultado? Un batidillo que no benefició a nadie.
Cuando en 2004 más de un millón de ciudadanos marchó de
blanco, codo a codo, fue por una razón predominante: porque tenían un objetivo
claro – la inseguridad-, y un culpable – los gobiernos-. Despojados de su ego,
protestaron en las calles, unidos, solidarios, sinceros.
Pero el domingo 12 de
febrero de 2017, fue la otra cara de la moneda: una marcha sin corazón,
dividida, convocada bajo rencores, amenazas e intereses personales. Con
intenciones insanas. Eso la mató.
Qué lástima.
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