Alejandro Páez Varela.
La semana pasada, el
martes a las 3:00 de la tarde para ser precisos, pude presenciar en la Terminal
2 del Aeropuerto de la CdMx cómo una empleada del SAT agredía a un grupo de
turistas extranjeros. Básicamente los estaba humillando por no poder llenar
correctamente una forma de declaración de ingreso al país. Regordeta y bastante
ofensiva, la oficial del SAT los regreso a ellos y a otros extranjeros con una
actitud por la que cualquier ciudadano se habría encendido.
Lo primero que se me vino a la cabeza fue: con el país como
está, y ésta mujer maltratando turistas. Caminé
a buscar a una funcionaria para presentar una queja formal, a sabiendas de que
los turistas no lo harían. Salí de ahí con una hoja en blanco, y esto último es
literal: eso fue lo que me ofreció la funcionaria a cargo del SAT, además de
una pluma, que luego me retiró, para que apuntara un sitio web en el que podría
presentar la queja. Me negaron el dato de la oficial. Fue la media hora más
frustrante y peor gastada en mucho tiempo.
Luego, la misma semana pasada, cuando Reforma publicó sobre
corrupción en las aduanas y en el SAT, la imagen de aquella mujer en la
Terminal 2 del acceso internacional del Aeropuerto de la CdMx redondeó todo en
mi cabeza. Le dio sentido. Estamos de
regreso a los 1980, me dije. Y no sólo es ése detalle del SAT en el AICM; no
sólo la corrupción que denuncian los reportajes de Reforma.
Es otra vez el tufo,
el olor a pestilencia inequívoco que se había ausentado durante algunos años, o
se había ocultado. Tengo 49 años: hace
25, cada aspecto de la administración pública olía, discúlpenme, a la misma
mierda con la que empieza a contaminarse todo de nuevo, de rabo a rabo, en el
país.
Jefes del
narcotráfico que se fugan por funcionarios corruptos; violencia extendida,
secuestros y matanzas que sólo se
explican en la compra de autoridades. Y en el copete de todo este hedor, la
cereza podrida: la impunidad.
Ni Armando Hinojosa,
ni Grupo Higa, ni OHL, ni Eruviel Ávila, ni Carlos Romero Deschamps, ni
Apolinar Mena, ni Gerardo Ruiz Esparza, ni Javier Duarte, ni César Duarte, ni
Roberto Borge, ni Egidio Torre Cantú, ni Jorge Herrera, ni Rodrigo Medina, ni
Humberto y su hermano Rubén Moreira. Nadie paga. Nadie investiga. El tufo es
constante y entonces como nadie lo contiene se extiende por todos los rincones
del país gracias a esa impunidad.
En el colmo de la podredumbre, allá en los años 1980, Miguel
de la Madrid lanzó un programa de Renovación Moral para maquillar siquiera
esfuerzos destinados a limpiar la imagen del Gobierno. Arturo Durazo Moreno,
Jefe de la Policía del DF, había llevado las cosas demasiado lejos. En cada
obra pública, en cada ventanilla, por cada trámite, resonaba la corrupción. Los
vecinos de tus vecinos se hacían ricos. Se
escuchaba, como hoy, el murmullo de las aguas fétidas corriendo entre los dedos
de alcaldes, diputados, senadores, gobernadores y otros funcionarios federales
del PRI.
Esa Renovación Moral
del ex Presidente sirvió un carajo, era el sistema podrido el que necesitaba
una sacudida. Más adelante vendría un gran susto al PRI, pero las dos
Presidencias, de Vicente Fox y Felipe Calderón, se acomodaron al sistema tan
pronto como pudieron y otra vez esa podredumbre se apoderó de cada aspecto de
la vida nacional.
Los mecanismos para
denunciar a un funcionario hoy son mejores que en el pasado, pero se hace todo
lo posible para que no funcionen. La hoja en blanco que me entregó la
funcionaria del SAT en el Aeropuerto de la CdMx, por ejemplo.
Hay áreas del Gobierno que operan con voluntad, y otras que
se encargan de revivir la oscuridad. La
Policía Científica encuentra que Adrian Rubalcava atacó a periodistas, pero
Ricardo Nájera Herrera, titular de la Fiscalía Especial para la Atención de
Delitos Contra la Libertad de Expresión (Feadle), se encarga de que el Diputado
priista no pague. En las narices de medios como SinEmbargo, Proceso y
Aristegui Noticias, detiene una investigación que concluye que el ex Delegado
de Cuajimalpa operó de una red de acoso contra medios.
Y así, en todos los ámbitos del poder. Arely Gómez muestra voluntad, Tomás Zerón se encarga de hacerla añicos.
Un ejemplo que resume lo anterior.
El tufo a corrupción
que se mueve hoy en el país no lo recuerdo en mucho tiempo. Tufo a corrupción e
impunidad.
La descomposición se
aceleró, creo, apenas regresó el PRI o, más correctamente, apenas asumió
Enrique Peña Nieto el poder. Esa es mi sensación. Menos de cinco años
representaron tres décadas de retroceso.
Pareciera como si
todos se sintieran autorizados; como si todos dijeran, al mismo tiempo: si el
mero mero puede salirse con la suya a pesar de los escándalos, ¿por qué yo no?
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