Luis Carlos Ugalde.
La semana pasada
comparecieron en el Senado 23 aspirantes a fiscal anticorrupción. Fui
integrante de un comité de acompañamiento ciudadano para evaluar los perfiles y
ayer entregamos nuestra recomendación de cuatro personas que cuentan con la
experiencia, los conocimientos, la visión, los valores y el liderazgo para
encabezar el cargo.
El nombramiento debió
hacerse desde 2014, año en que se aprobó la reforma política que dio lugar a la
nueva Fiscalía Anticorrupción.
Mientras no haya fiscal no hay Fiscalía y aunque el
nombramiento tendrá vigencia por tan sólo 18 meses (concluye en noviembre de
2018), el nuevo fiscal puede sentar las bases de una Fiscalía moderna,
profesional y con recursos presupuestarios y humanos suficientes y de calidad.
Aunque se ha cuestionado que el fiscal anticorrupción carecerá
de la autonomía suficiente para realizar su función sin interferencia política,
se trata de un paso adelante respecto a la forma como la Procuraduría General
de la República atiende actualmente las denuncias de actos de corrupción. Con
una agenda de asuntos abultada y que incluyen asuntos de delincuencia
organizada y persecución de delitos de narcotráfico, con frecuencia los casos
de corrupción política pasan a segundo plano, salvo en situaciones límite y
escandalosas como el exgobernador de Veracruz, Javier Duarte.
La corrupción de servidores públicos se investiga a través
de la Unidad Especializada en la Investigación de Delitos Cometidos por
Servidores Públicos y Contra la Administración de Justicia de la PGR, que sólo
cuenta con 41 agentes del Ministerio Público y 108 servidores públicos que
componen el personal de apoyo sustantivo en esa dependencia.
Esos recursos son muy limitados para atender cientos de
denuncias de hechos. Tan sólo la Auditoría Superior de la Federación (ASF) ha
presentado más de 700 en los últimos años, la mayoría de las cuales no han sido
desahogadas. Por años, por ejemplo, ha señalado las irregularidades de muchos
gobiernos estatales, notablemente Veracruz. Si la PGR hubiese actuado con
oportunidad, el caso Duarte pudo haberse acotado, igual que el de otros
gobernadores.
Por ello un desafío del nuevo fiscal anticorrupción debe ser
atender los asuntos pendientes, pero dedicar una porción significativa de su
tiempo en construir el andamiaje organizacional, presupuestario y de procesos
de una Fiscalía autónoma y con personal capacitado para combatir con
efectividad la corrupción.
Es cierto que el mayor obstáculo para combatir la corrupción
ha sido político: los bloqueos para sancionar a servidores públicos por razones
de amistad, complicidad o simplemente por falta de interés; pero si esa
voluntad cambia con las nuevas reglas, el problema ahora será la falta de
capacidad para atender tantas denuncias rezagadas.
Algunos legisladores y opinadores han sugerido posponer
nuevamente el nombramiento en tanto no se reforme la Constitución para darle
plena autonomía a la nueva Fiscalía. (A partir
de diciembre de 2018, el fiscal anticorrupción podrá ser nombrado y removido
por el fiscal general de la República, cuyo nombramiento y remoción, a su vez,
podrán ser objetados por el Senado).
Sería deseable que el
fiscal anticorrupción cuente con mayor protección frente a la presión política
y que no pueda ser removido por el fiscal general de la República. Pero
mientras se logra esa reforma es urgente que haya un responsable que dé cauce a
los asuntos pendientes y construya una Fiscalía moderna, funcional y con
mayores recursos.
El 4 de abril es la primera reunión del comité coordinador
del nuevo Sistema Nacional Anticorrupción. Es muy importante que en esa
ocasión, junto con los titulares de la Auditoría Superior de la Federación, de
la Función Pública, del Tribunal Federal de Justicia Administrativa, del
Consejo de la Judicatura Federal, del Instituto Nacional de Acceso a la
Información, pueda ocupar su asiento el nuevo Fiscal Anticorrupción. No hay
razón legal, ni política ni de otra índole para posponer nuevamente el
nombramiento de tan importante cargo.
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