Francisco Ortiz Pinchetti.
Hace rato que los partidos políticos
mexicanos han pervertido su misión, particularmente en los diferentes órganos
legislativos. Ahí se reparten de manera descarada parcelas de poder, no para
servir sino para medrar. La negociación se ha convertido en su práctica
cotidiana, no para llegar a acuerdos en la elaboración de mejores leyes, sino
para repartirse los cargos, las canonjías, el dinero. El botín pues.
Un buen
ejemplo, vergonzoso, es la rebatiña que
se vive estos días en la Cámara de Diputados por la asignación de una
“despedida” de 864 mil pesos extras a cada legislador federal en 2018,
adicionales a sus dietas, comisiones, moches y canonjías cotidianas.
Por eso es
importante, diría histórico, lo ocurrido esta semana en la Asamblea Legislativa
capitalina con la designación de la nueva presidenta de la Comisión de Derechos
Humanos de la Ciudad de México. A diferencia de lo que había ocurrido
prácticamente desde la creación de la CDH local, esta vez la sociedad civil
obligó a los legisladores a acatar un mandato ciudadano en lugar de adoptar de
nuevo acuerdos oscuros entre las fracciones parlamentarias para el
nombramiento.
Esa fuerza emergente, abierta y
pública, se opuso a una reelección “planchada” de la doctora Perla Gómez
Gallardo, considerada absolutamente inviable por su desastroso desempeño, y
evitó que algún partido impusiera a su candidato a cambio de otros puestos y
cochupos.
La presión social forzó por primera
vez a la Asamblea al consenso, no sin jaloneos, para lograr una votación
unánime a favor del mejor calificado de los de los aspirantes, que resultó ser
la doctora Nashieli Ramírez Hernández, activista social especializada en la
defensa de los derechos de la infancia, coordinadora general de la organización
Ririki Intervención Social S.C. y ex consejera de la propia CDH.
La nueva
ombudsperson ha participado en más de 60 investigaciones y estudios de diversas
temáticas sociales y de derechos humanos. Destacan la integración de los
informes alternativos de México ante la Convención de los Derechos de los
Niños, y su correspondiente presentación y consulta ante el Comité de Derechos
Humanos del Niño de la ONU. Ella obtuvo la mejor calificación entre los
candidatos analizados y entrevistados por la ALCDMX y obtuvo 98 de 100 puntos
posibles.
Al margen de
esos méritos evidentes, lo más importante en su caso es el proceso que se dio
para llevarla a la presidencia del organismo encargado de velar por los
derechos humanos de la capitalinos y cuya misión y autonomía se habían
desvirtuado de manera grave durante la gestión de su antecesora.
El
nombramiento de Perla Gómez Gallardo en 2013, hay que reconocerlo, causó
grandes expectativas, sobre todo entre los involucrados en los temas de la
defensa de la Libertad de Expresión, el Derecho a la Información y el ejercicio
profesional de los periodistas.
Ella tenía buenos antecedentes, pero
precisamente la forma como fue electa por acuerdo entre los partidos políticos
en la ALDF –y con el apoyo del jefe de Gobierno Miguel Ángel Mancera—
condicionó desde un principio su actuación. Fue incapaz de mantener su
independencia y cedió a los intereses políticos en casos de flagrantes
violaciones a los derechos que debiera defender.
En particular en agresiones contra
los comunicadores y violaciones probadas a la Libertad de Expresión, la ex
ombudsperson fue omisa y selectiva, como acusaron periodistas y organizaciones
como Artículo 19. En reiteradas ocasiones antepuso son compromisos partidarios
a la defensa cabal de los agraviados.
Ante su posible reelección, como
parecía ser la intención otra vez de las diferentes fracciones parlamentarias,
no menos de 75 Organizaciones No Gubernamentales se manifestaron en contra,
porque en sus tres años de gestión “ha existido un trato selectivo de casos, se
ha alejado de las víctimas, se incrementó el personal sin experiencia y se
despidió a los empleados de administraciones pasadas, y ha forzado la
conclusión de casos con afectación a los derechos de las víctimas al
concluirlos, sin elementos suficientes sólo para mejorar cifras”.
En una carta
entregada a la directiva de la ALDF, por otro lado, 13 consejeros y ex
consejeros de la propia CDHCDMX consideraron que es “inviable” un segundo
periodo de Perla Gómez Gallardo como presidenta y pidieron a la Asamblea
Legislativa convocar a instituciones y personalidades para proponer a un
candidato o candidata que ayude a “recuperar el piso mínimo de credibilidad”
del organismo.
Entre los
firmantes de esa misiva estuvieron José Antonio Caballero Juárez, José Luis
Caballero Ochoa, Miguel Concha Malo, Santiago Corcuera Cabezut, Denise Dresser
Guerra, María de los Ángeles González Gamio, Clara Jusidman Rapoport, Nashieli
Ramírez Hernández y José Woldenberg Karakowsky.
Nashieli Ramírez Hernández llega
ahora al cargo con el respaldo de más de un centenar de ONG’s y, lo más
importante, sin compromisos visibles con la partidocracia.
Sus antecedentes la avalan como la
persona idónea y preparada para asumir la enorme responsabilidad de hacer
efectiva la defensa de los Derechos Humanos frente a las diversas instancias de
poder. Su reto es el
rescate de la autonomía de la CDH capitalina, lamentablemente menguada en los
últimos años, y la recuperación de su vocación original y del vigor que siempre
debió tener. Que deje de solapar por fin los abusos de políticos y funcionarios
de todos los niveles y todos los colores.
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