Gustavo De
la Rosa.
Las verdaderas razones por las que
Meade y Anaya no deben llegar a la Presidencia son profundas e insuperables;
ambos representan un verdadero peligro.
Meade demostró que es un tecnócrata
frío e inhumano, congruente con su visión de servicio público para las finanzas
internacionales;
mientras que Anaya tiene en su práctica
personal y de negocios una visión maquilera Foxiana de vendedor de mano de obra
semiesclava.
Ambos tienen una visión de Estado que
coincide con la descripción del Estado capitalista de Marx, son simplemente
“administradores de los intereses más generales de la clase burguesa”. Según esta definición, el Estado
debe fortalecer a las empresas para que estás generen la riqueza que a su vez
se distribuye por la mano invisible del mercado, mejorando el nivel de vida de
la nación.
La única diferencia entre ambos es
que Meade representa a los núcleos financieros internacionales, y Anaya es la
voz de los empresarios con mentalidad de viuda que habitan México.
Meade demostró que es capaz de tomar
las grandes decisiones sin que le tiemble la mano, muera quien muera sólo le
importan los impactos a la macroeconomía. Su decisión más grave y costosa fue
decidir qué hacer con la riqueza petrolera y dirigir los ingresos
extraordinarios derivados del petróleo a un subsidio para las empresas
transnacionales y los ricos mexicanos, decidió además que los ingresos regulares se utilizarían
para mantener los egresos del Estado, hasta el 40 por ciento del presupuesto
correspondiente.
Ese 40 por ciento es un subsidio a
favor de los que deben pagar impuestos, está dirigido a los mexicanos con
utilidades y se tradujo en el empobrecimiento estructural del país y el
enriquecimiento escandaloso de las familias de la élite mexicana. ES
LO MISMO REPARTIR DINERO EN EFECTIVO A UN GRUPO SOCIAL QUE NO COBRARLE LO QUE
DEBEN PAGAR.
México es
uno de los países en el mundo que recauda menos porcentaje del PIB para el
gasto público y donde, según publicaciones hechas por diversas fuentes, las grandes empresas pagan menos del 10 por
ciento de impuestos en términos reales.
Ricardo
Anaya, por su parte, ha demostrado con
su práctica empresarial que, de todas las oportunidades de negocios que ofrece
este país, la buena es construir naves industriales para rentarse o venderse a
las empresas extranjeras, ofrecerles mano de obra a menos de un dólar la hora y
pagar rentas elevadas a los dueños de las naves industriales para que se
enriquezcan como las viudas del Porfiriato.
Ese tipo de inversiones, la práctica
habitual de negocios de Anaya es una confesión pública de que el negocio en
México está el rentar a los extranjeros la mano de obra de los mexicanos para
que les paguen salarios miserables y a su vez den grandes mensualidades por el
uso de la nave industrial.
Por eso,
porque los dos tienen un pasado que ha postrado a México en la peor de las
crisis estructurales en la historia desde Benito Juárez, elegir a cualquiera de ellos significa condenar a la patria a seguir
siendo la trabajadora doméstica de los socios del Tratado de Libre Comercio.
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