Diego
Petersen Farah.
Sabíamos que la corrupción sería el
leit motiv, el tema guía, de las campañas electorales, pero ahora se convirtió
además en el leit jodiv, la forma de joder al otro.
Hemos oído
bastante poco de sus propuestas para combatir la corrupción, pero en términos
generales sabemos por dónde va cada uno de los tres principales candidatos:
José Antonio Meade apuesta por el fortalecimiento de las instituciones y por la
posibilidad de procesar al presidente de la república; Ricardo Anaya propone
una comisión de la verdad, encabezada por organismos internacionales que
revise, y en su caso procese, a quien haya cometido actos de corrupción y pone
el acento en una fiscalía independiente; Andrés Manuel López Obrador apuesta
por una especie de renovación moral a partir del ejercicio correcto del poder y
que contagie de arriba abajo toda la estructura gubernamental. Excusados en la
imposibilidad de hacer propuesta en tiempos de precampañas ninguno dice cómo se
lograría semejante apuesta, pero todas, hay que decirlo, son perfectamente
factibles, entre otras cosas porque ningún está descubriendo el hilo negro.
Lo curioso
es que, al mismo tiempo que oímos las brillantes propuestas contra la
corrupción asistimos a una guerra de señalamientos donde todos embarran a todos
y lo que hasta hace unas semanas era una batalla por llegar a Los Pinos hoy
parece una lucha por conquistar el Almoloya o Puente Grande. El resultado de
los primeros golpeteos es que hoy los ciudadanos vemos a los candidatos en
uniforme de rayitas. ¿Quién es más
corrupto: el que dicen que lavo dinero y que su patrimonio no corresponde con
su actividad de funcionario público; el que usa las instituciones para atacar a
su enemigo y dice no ser corrupto, pero dejó pasar la corrupción por arriba y
por abajo; o el que está dispuesto a negociar con cualquier corrupto con tal de
ganar la elección?
Qué bueno que la corrupción sea el
centro de la discusión de las campañas. Qué bueno que los candidatos sean
capaces de denunciarse los unos a los otros, pues es la única manera que
tenemos los ciudadanos de enterarnos de sus respectivos lados oscuros, pero al
paso que van terminarán dándole la razón a quienes piensan que da igual quién gane,
que la única diferencia entre los de la mafia en el poder y los otros es que no
han llegado al poder; que ser del PRI, del PAN de MC o del PRD da exactamente
lo mismo pues los partidos no solo son intercambiables sino que la corrupción
no les es ajena.
Ningún candidato o partido por sí
solo va a combatir la corrupción. Esta es una batalla que durará años, será a
nueve entradas y muy probablemente nos vayamos a extra innigs.
Lo cierto es que no serán los
candidatos ni quien resulte presidente quien llevará la carga de esta batalla
sino las instituciones de Estado que nos hemos dado a través del sistema
nacional y los estatales anticorrupción y la sociedad civil.
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