Alejandro
Páez Varela.
El sexenio prácticamente se acabó.
Pasarán los días de marzo y ocho meses más, y Enrique Peña Nieto estará
entregando la Banda Presidencial a su sucesor. Ha sido un periodo oscuro,
amargo, duro de tragar. Quizás la mejor muestra del fracaso está en la propia
popularidad del mandatario: se va con los peores niveles de aceptación pública
de un presidente en la Historia moderna; se va con el más alto gasto en prensa
en la Historia moderna, también: cerca de 60 mil millones de pesos. Se va
arrastrado por sus propios errores, cargando las consecuencias de la gente con
la que se rodeó.
Contarle a Peña Nieto sus fracasos es
una tarea terrible porque es también la narrativa de nuestro propio fracaso. A
él le pegó en la popularidad, y a todos los demás en sus bolsillos. O sus
propias familias. El crecimiento mediocre del país significó salarios de hambre
y empleos de muy baja calidad; la inflación con la que cierra arrastró también
las posibilidades de mejoría de las familias. La desigualdad se acentuó, y un
puñado es hoy más rico mientras que 53 millones apenas cubren sus necesidades
primarias.
Hay un claro
descalabro en las instituciones. Está
por supuesto el desgaste de todas las dependencias federales, pero destaca lo
que se hizo con LA Procuraduría General de la República: fue un chiste mal
contado. Algunos de los criminales y
saqueadores más notorios y vergonzosos fueron detenidos a pesar del intento por
salvarlos: César Duarte sigue prófugo, mientras que, a Javier Duarte, a Roberto
Borge, a Tomás Yarrington, a Eugenio Hernández y a otros priistas notables los
detuvieron en el extranjero o cayeron por acción de las fiscalías estatales.
El país brilla como una estrella en
los ranqueos de impunidad global. Seis años se fueron y el Gobierno no tuvo
interés en salvar al país de la rapiña. La corrupción, básicamente, se
enseñoreó.
En paralelo estuvo el fracaso en la
seguridad. La violencia no sólo se mantuvo, sino que creció y fue devorando
lugares icónicos: Los Cabos o Cancún entraron en el espiral violento, afectando
incluso las posibilidades del turismo, fuente importante de ingresos para el
país. El saqueo a Petróleos Mexicanos también se aceleró, y los grupos
criminales fortalecieron el robo de combustibles. Guanajuato estaba en paz;
ahora encabeza las listas de homicidio, extorsión y secuestro. La estrategia,
copiada al ex presidente Felipe Calderón, simplemente nos condujo a un México
peor.
La pobreza, aunque fueron modificados los indicadores
que la medían, también se incrementó. Vino
un reclamo constante de los ciudadanos para que el Gobierno impulsara los
salarios y ni eso fue escuchado. Peña recibió un país herido y pareció
rematarlo: casi todos los indicadores que deja empeoraron.
El sexenio
se acaba y hay poco margen para el presidente. Pero todavía lo puede hacer peor.
El presidente tendrá muchas
tentaciones en los siguientes meses. Algunos mencionan, porque así es la
experiencia mexicana de muchas décadas, la posibilidad de un “Año de Hidalgo”,
un último jalón a la caja fuerte. Pero yo creo que la última gran tentación de
Peña será electoral. Y debemos estar preocupados.
Peña Nieto será presionado por su propio ADN y por los
que lo rodean para que meta las manos a favor del PRI, como lo hizo la
maquinaria a su disposición en Coahuila y, de manera más alarmante, en el
Estado de México. Si esto sucede, es decir, si el Gobierno federal pretende un
fraude mayúsculo, se habrá terminado de hundir el sexenio en todos sus frentes.
Al fracaso en la economía, en la seguridad y en la procuración del Estado de Derecho,
le sobrevendrá además la sombra de haber querido imponer a un sucesor.
Lo que siga después de un fraude será
la anarquía. Andrés Manuel López Obrador lo define como un tigre suelto y yo
creo que será peor. Será perder todo lo que hemos tratado de mantener en pie
como sociedad.
Esa tentación, la del fraude masivo,
es real. Y las posibilidades de que todo se descomponga a partir de ahí son muy
altas.
Nada me dice que el presidente pueda
ser razonable al final, que derrote su última tentación. Él sabe que a su propio fracaso le
sobrevendrá una purga: hasta su partido se reacomodará para dejarlo fuera, y
lejos, si su candidato, José Antonio Meade, cierra en tercer lugar. Eso, y la posibilidad de ser investigado
por presuntos actos de corrupción y las presiones que vendrán de quienes lo
rodean, pueden llevarlo a optar por la opción del fraude.
Y será el
clavo en el ataúd.
La fiesta
del sexenio ha terminado. Todo lo que salió mal difícilmente podrá corregirse a
estas alturas. Está la opción del fraude, pero también está la del cierre con
responsabilidad. La derrota electoral de
Peña, Meade y el PRI no es una mala opción cuando se piensa en México.
El presidente debería considerar la
derrota como opción de una democracia. No será el primer presidente priista que
pierda.
Debe desestimar todas esas barajas
negras que le ponen en la mesa para que opere un fraude. Debe hacerlo por
México. Debe pensar en México. O todo se irá por el caño.
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