Jorge
Zepeda Patterson.
En su afán por darle una oportunidad a su candidato, el partido en el
poder está desmantelando la escasa credibilidad que podía tener el Estado. Y
eso es una tragedia.
El peligro para México no es que
llegue al poder un candidato de izquierda o un opositor crítico como ha sido
López Obrador. El verdadero peligro es
que se instaure una cultura política que permita que las instituciones públicas
se conviertan en instrumento faccioso para la sobrevivencia de un grupo a
cualquier costo.
En los años noventa Fidel Velázquez,
quien aún seguiría gobernando la CTM si los seres humanos no fuésemos mortales, señaló que tras la Revolución el PRI había
llegado al poder a tiros y que sólo a tiros se lo arrancarían. Por fortuna sus
palabras no fueron proféticas y los ciudadanos pudimos sacar al partido oficial
de Los Pinos a golpe de votos (nuestra desgracia es que quien entró en su lugar
fue el panismo de Fox, pero esa es otra historia).
Pareciera que ahora que se encuentran
de nuevo en el poder, los del PRI han
recuperado la peor versión de la tesis de Fidel Velázquez. A juzgar por lo que
está haciendo la PGR al perseguir a rivales del PRI o el uso de Hacienda con
fines de amedrentamiento político, están dispuestos a incendiar la plaza antes
que volver a abandonarla.
En el año 2000 Ernesto Zedillo,
presidente priísta, cedió el gobierno a la alternancia en nombre de un llamado
al fortalecimiento de las instituciones; 18
años después el siguiente presidente de este partido, Enrique Peña Nieto, está
dispuesto a pulverizar esas las instituciones para no entregar el poder.
En complicidad con el poder legislativo, la presidencia ha desmantelado
todas las fiscalías que le pueden ser adversas en el proceso electoral; ha
construido una Suprema Corte a modo y ha tomado posiciones mayoritarias en el
Trife y el INE, instancias que supervisarán y calificarán las próximas
elecciones. Se
afirma que la única posibilidad de la oposición para llegar a Los Pinos (sea
Morena o el Frente) es mediante un margen de diferencia de tal magnitud que la
presión nacional e internacional impida el robo descarado de la elección.
En los cuartos de guerra de López Obrador y de Ricardo Anaya se estima
que el margen requerido para que les sea reconocido un triunfo es de 5 puntos
porcentuales por encima del candidato oficial, José Antonio Meade. Se supone que
una diferencia de esa magnitud evitaría que el gobierno sucumbiera a la
tentación de robarse el resultado. Se juzga que una cifra inferior a esa podría
entrar en el espacio de manipulación de mapaches y autoridades locales y de
procesos postelectorales de cancelación de casillas y nulificación de votos por
tecnicismos reales o inventados.
Por lo menos eso era el supuesto, que
el gobierno sólo se atrevería a cometer un fraude si Meade se acerca al
puntero, pero no si se queda muy atrás. Ahora
ya no estoy tan seguro de que eso los detenga. Utilizar a la PGR de manera tan
grosera y burda para fincarle un expediente al candidato Anaya violentando
tiempos y procedimientos o divulgando un video pueril tomado en sus propias
instalaciones para dañarlo, revela que el gobierno está dispuesto a todo.
Incluso a descararse y utilizar a las instituciones de manera mafiosa. A juzgar
por estos ejemplos, ¿qué nos asegura que no va a hacer lo mismo en el Trife, en
las cámaras o, llegado el caso, en la Suprema Corte?
Se me dirá que la presión de la
opinión pública, interna y externa impediría una infamia de este tamaño. Ojalá.
Por lo pronto han mostrado que la
opinión pública o la credibilidad de las instituciones les tiene sin cuidado y
que antes que entregar el poder están dispuestos a todo. O casi a todo. Y por
la integridad física de López Obrador y de Anaya, confío que se mantenga ese
“casi”.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.