Javier Risco.
Hace poco me
tocó ese fatídico fin de semana que muchos esquivamos, en el que debemos poner
orden en esa caverna oscura en la que viven los adornos de Navidad, al lugar
donde está esa caja de videocasetes y CD’s inservibles, en el que duermen
(nuevos) los aparatos de ejercicio que alguna vez te regalaron y, cada vez más
dobladas, las fotos de la primaria y los pósteres que descolgaste, al menos,
hace una década. Ese temido día en el que toca hacer la dolorosa revisión de
aquellas cosas que has ido guardando y que para ti (y sólo para ti) no son
basura. Tengo cajas que llevan cerradas al menos tres mudanzas y que
seguramente me acompañarán así durante muchas más.
En una de
esas cajas apareció un viejo recorte de una foto del diario Reforma. En el
centro, aparece un futbolista famoso de los años noventa, a su lado estoy yo
con mi playera del Necaxa junto a otros niños, bajo la foto se lee: El defensor
Eduardo Vilches, firmando autógrafos a jóvenes seguidores de los rayos. Estoy
casi seguro que, de los niños que aparecemos en la foto, el único seguidor de
los rayos era yo y los otros eran oportunistas que buscaban la foto junto al
defensa del equipo campeón y sensación del momento (qué tiempos aquellos).
Encontrar
esa foto me llevó directamente a aquel día, a revivir la emoción infantil de
estar junto a uno de mis ídolos. Una emoción, una sensación tan especial y
única que, pensándolo bien, sólo me ha producido el futbol.
El futbol
para mí (y para mucha gente que conozco) es un escondite, un rincón en el que
viven mis sueños de niño, las tardes con mi abuelo, la ilusión intacta de
cuando se acerca un mundial, la frustración y el llanto (también intacto) de
una eliminación de México. Porque cada cuatro años el que compra el Panini y lo
llena, no soy yo, es ese que sale en el recorte del diario junto al defensa
chileno del Necaxa de los noventa.
El futbol,
ese cada vez más innoble negocio que ha puesto precio a esa pasión, a esa
conexión que le entregamos todos los que vibramos viendo a esos veintidós
adultos que corren detrás de un balón. Un negocio infame, pero que me sigue
conmoviendo hasta las lágrimas.
Como buen
seguidor balompédico sigo muchas cuentas de regates, atajadas y goles, veo
videos de futbol cada que miro mi celular, pero ningún gol o regate me ha conmovido
tanto como el video que encontré esta semana, porque de todo lo que el futbol
me ha mostrado, es lo más parecido a un milagro.
En él
aparecen cuatro personas sentadas en las tribunas durante un partido de la liga
colombiana. Dos de ellos están mirando el partido y los otros dos están de
espaldas al campo frente a ellos. Estos últimos dos son ciegos y los primeros
están transmitiéndoles, no narrándoles, traspasándoles las acciones del juego
y, por consecuencia, les dan la posibilidad de sentir la emoción y el ritmo del
juego. Es que además de hablarles, los están tomando de las manos sobre un
tablero que representa el campo de juego. Al parecer el partido tenía un ritmo
trepidante porque la danza de las manos es frenética, lo que sumado al sonido ambiente
del estadio completa el milagro.
No puedo ni
siquiera imaginar lo que es vivir sin poder ver y ponerme en el lugar de esos
dos fanáticos emocionados, porque ellos sienten el futbol sin haber mirado un
regate. Es otro deporte, uno más maravilloso que se juega desde el césped al
alma.
Con esa
imagen mía de un periódico de otro tiempo en la mano, la pregunta que me viene
a la mente no es ¿qué hago yo guardando esta foto vieja y arrugada junto a un
futbolista retirado hace media vida? La pregunta que me hago es ¿dónde la
pondré cuando la enmarque?
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