Raymundo
Riva Palacio.
Se ha
publicado y documentado que desde una casona en Coyoacán, tres empresarios que
pertenecen al Consejo Mexicano de Negocios financiaron la elaboración de
materiales para desacreditar a Andrés Manuel López Obrador en su tercer intento
por la presidencia. Los empresarios contrataron a profesionales
multidisciplinarios para ese trabajo, que comenzó con el respaldo de la
candidatura de Josefina Vázquez Mota para la gubernatura del Estado de México,
y se prolongó con el apoyo del candidato frentista Ricardo Anaya. El grupo lo
encabezó Fernando García Ramírez, compañero de páginas en El Financiero, y que
durante largo tiempo fue editor de la revista Letras Libres, que fundó y dirige
el historiador Enrique Krauze. La semana pasada Eje Central –de donde quien
esto escribe es socio–, publicó un reportaje titulado “Operación Berlín:
conjura Anti-AMLO”, que daba cuenta del trabajo realizado, que provocó
reacciones de la diputada Tatiana Clouthier, excoordinadora de la campaña
presidencial de López Obrador, que en un libro de próxima aparición, citado en
el reportaje, aporta datos generales, algunos de los que coinciden con el
trabajo periodístico. El reportaje no era una denuncia, ni reveló nada ilegal
en esas acciones. Buscaba aportar elementos de información para entender cómo
opera nuestro sistema político y sus fenómenos mediáticos.
El reportaje
coincidió con una dinámica que traía su propia velocidad dentro de la
Presidencia, y tomó rutas perniciosas. El día que apareció “Operación Berlín”,
el jefe de la Unidad de Investigación Financiera de la Secretaría de Hacienda,
Santiago Nieto, reveló en la comparecencia mañanera en Palacio Nacional, que
estaban investigando a varias empresas por presuntos delitos electorales, el
financiamiento de 'campañas negras' contra el candidato López Obrador, y
eventualmente lavado de dinero.
Nieto hizo
pública una red de vínculos de empresas e individuos para anticipar que se
procedería legalmente contra los responsables de esa campaña, citando a los empresarios
que había identificado el reportaje como quienes financiaron el trabajo
periodístico y de propaganda contra López Obrador. Nieto replicó lo que había
hecho un mes antes contra el comisionado presidente de la Comisión Reguladora
de Energía, Guillermo García Alcocer, donde en respuesta a comentarios sobre
las ternas presidenciales sobre nuevos consejeros en el órgano autónomo, lo
acusó de conflictos de interés y, a sus familiares, de lavado de dinero.
En ambos
casos se puede argumentar que Nieto violó el secreto bancario y la presunción
de inocencia, al revelar detalles de transacciones bancarias que transgredieron
la secrecía financiera que exigen las instituciones internacionales. Darlas a
conocer, junto con la identificación de las personas a las cuales está
investigando, rompe con el debido proceso y, en un país de leyes, tendría no
sólo que anularse cualquier juicio que se emprenda contra individuos y empresas
por esa causa, sino que debería fincársele un proceso legal en la Fiscalía por
infringir la ley. Nieto se escudó en la eventual violación de las leyes
electorales para defenderse de que lo que está buscando el gobierno que
representa es una censura o, de acuerdo con la Constitución de la Ciudad de
México, una previa censura de la libertad de expresión.
Esta línea
de pensamiento se liga con lo que sucedió con la secuela de “Operación Berlín”.
El énfasis en la crítica y denuncia –en algunos casos– no fue contra quienes
pagaron las campañas o quienes la desarrollaron, sino contra Krauze. Su principal
acusador es Ricardo Sevilla, uno de los principales manufactureros de la
propaganda contra López Obrador, la fuente principal del reportaje que se
mantuvo anónimo hasta que él reveló su identidad en un texto que entregó al
portal Aristegui Noticias, donde colocó a Krauze en el centro de la conjura. El
historiador, que ha sido el único objeto de crítica y denuesto, considera que
es víctima de un linchamiento mediático, lo que, si se revisa el comportamiento
de las consecuencias de las revelaciones, tienen sentido.
Nieto no lo
consideró relevante en su investigación, donde Krauze no aparece por ningún
lado, pero es la figura central de todo este episodio. Todo esto huele a
podrido. El tema brincó a la mañanera en Palacio Nacional, donde al responder una
pregunta expresa, el presidente López Obrador dijo: “Yo he tenido con él
algunas diferencias, pero tiene toda la libertad para expresarse, para
manifestarse. Nosotros no vamos a perseguir a nadie por sus ideas. No vamos a
utilizar, mucho menos, al Estado para cuestionar a escritores, a críticos”. Sus
palabras podrían ser tranquilizadoras, pero no lo son.
El patrón de
insultos y calumnias contra Krauze es idéntico al que han estimulado cercanos
al presidente, francotiradores digitales a sueldo y simpatizantes. Nadie que
cuestione al presidente, aun cuando apoye a López Obrador, se ha escapado de
los epítetos y las difamaciones, regadas en las mañaneras y las redes sociales.
En un texto que publicó en el portal Sin Embargo, Sanjuana Martínez, cercana a
Beatriz Gutiérrez Müller, esposa de López Obrador, y nueva directora de
Notimex, se refirió al hostigamiento a los periodistas que acuden todos los
días a Palacio Nacional por parte de los youtubers, “la guardia pretoriana” del
presidente.
La presión,
el acoso, la violencia verbal y el discurso de odio no es patrimonio de ellos,
como se vio en el caso de Krauze. Se ha socializado contra quien disienta del
Ejecutivo. El texto de Martínez refleja preocupación por el desbordamiento. Las
libertades sí están en riesgo, la de pensamiento y la de expresión. López
Obrador es producto puro de la lucha por ampliarlas. Muchos, a quienes ahora
atacan sus fieles, contribuyeron, aun estando en desacuerdo con sus ideas, como
Krauze, a que estas se ensancharan. No puede, ahora que está en el poder,
traicionarlas.
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