Por Ricardo
Ravelo.
El
Presidente Andrés Manuel López Obrador alcanza uno de los niveles de
popularidad más altos, la aceptación social sin parangón en la historia
reciente.
No todo le
sale bien.
Pero tiene
una explicación congruente para cada tema, cada caso, en sus palabras, tiene
una explicación. Es de humanos equivocarse. Y el Presidente se equivoca y
mucho.
Han
transcurrido cien días de su Gobierno.
En la
administración federal no todo es miel sobre hojuelas.
El
Presidente tropieza, pero es tal su aceptación social que, hasta cuando se
equivoca, la gente le cree.
Le llueven
las críticas y los cuestionamientos por la cancelación del Nuevo Aeropuerto
Internacional de la Ciudad de México. Pareciera que la anulación de la obra nos
sacara de la competencia internacional, del primer mundo, el sueño dorado de
los gobiernos priistas y panistas.
También
recae sobre el mandatario el cuestionamiento, quizá el más rudo, sobre la
inseguridad que sigue azotando al país. Ningún Gobierno estatal, hasta ahora,
ha podido clarificar en qué se gastaron miles de millones de pesos asignados
para reforzar los cuerpos de policía en los estados.
Todo fue un
robo.
Y los
proyectos terminaron en un verdadero fiasco, la corrupción por encima de los
proyectos.
De acuerdo
con cifras del Senado de la República, más del 80 por ciento de los cuerpos de
policía sirven al narcotráfico y a cuanta modalidad del crimen organizado les
pague.
Este
problema lleva décadas, la solución distante del poder.
A ningún
Gobierno le ha interesado solucionarlo.
Es pura
corrupción.
Casos de
Estados fallidos sobran: ahí está Tamaulipas, Veracruz, Hidalgo, Guerrero,
Michoacán y Jalisco. El infierno en su plenitud. Nadie puede frenar el fuego de
la violencia. Los gobernadores están rebasados.
En ningún
momento López Obrador ignoró la realidad. Sabía –y hoy lo tiene más claro –que
toda la policía del país está vinculada al crimen organizado. Lo sabe, pero
nada puede hacerse. Calla ante la realidad imponente. El Presidente sabe que
debe gobernar con el enemigo infiltrado en el poder, el cogobierno evidente.
Hace unos
días, en Tamaulipas, el crimen organizado secuestró a una veintena de
migrantes. Los bajaron de un autobús de la línea Transpaís. Iban, se afirma,
hacia Estados Unidos.
Los
pasajeros eran (o son) centroamericanos. Fueron bajados de la unidad, a la
fuerza.
Hasta ahora,
nadie sabe nada de su paradero.
El caso
desató una de las polémicas más escandalosas en el país. Rememora, por ejemplo,
la muerte de decenas de migrantes en San Fernando, Tamaulipas –territorio de
muerte –y también la desaparición de 43 estudiantes de la Escuela Normal de
Ayotzinapa, presuntamente asesinados por el crimen organizado, de acuerdo con
la versión que sostuvo el Gobierno de Enrique Peña Nieto.
Lo cierto es
que más allá de estos casos escandalosos –evidencian un México penetrado por la
mafia y con políticos ligados a esos intereses –es sumamente grave lo que pasa
en las carreteras del país, territorios de nadie.
Cualquier
persona armada, apoyada por otros cómplices, puede detener un autobús en cualquier
carretera o camino del país.
Sacan una
pistola, apuntan al conductor y éste detiene la unidad ante la amenaza.
Los
criminales ingresan al autobús, violan a las mujeres y asaltan a los pasajeros.
En muchos casos, se afirma, los conductores de las unidades están en
contubernio con los delincuentes, la complicidad criminal impune.
Y después de
ejecutado el atraco, nada sucede. Ningún policía se asoma, las carreteras sólo
están controladas por el crimen.
Estos hechos
ocurren todos los días.
En todas las
carreteras del país.
Y la policía
brilla por su ausencia. Esto lo sabe López Obrador, pero de oídas. Nunca lo ha
padecido. La ineficacia de su Gobierno es evidente en materia de combate al
crimen organizado y ante estos atracos él nada tiene que decir. Es más, este
tema muy pocas veces forma parte de su discurso.
Por todas
partes se asoma la tragedia.
La muerte.
El llanto y
el dolor.
El país no
tiene paz social, el término borrado del discurso oficial, suena fantástico.
México es un
país de tragedias.
La
inconsciencia gobierna.
Y el narco,
ni se diga, la impunidad lo potencia, la complicidad lo alienta.
México es el
país ideal para la mafia. Impunes todos, el dinero sucio corre por agua en
cascada.
La mafia
gubernamental lo protege todo.
Y ninguna
autoridad detiene las acciones de este poder fáctico.
Ahí están
los más de dos mil cuerpos de policía corruptos prohijados por el sistema.
Nadie es tocado, impunes reinan en el mundo de la mafia.
El Gobierno
de Estados Unidos, a través de sus redes virtuales, intensificó la promoción
sobre las recompensas que ofrece para detener a los capos Ismael “El Mayo”
Zambada, jefe del Cártel de Sinaloa; Nemesio Oseguera, líder del Cártel de
Jalisco Nueva Generación y los hijos de Joaquín Guzmán Loera. Los quieren
detener.
Pero en
México estos personajes son necesarios para el Gobierno de López Obrador.
Ellos pueden
garantizar la pacificación del país.
La paz,
según los criminales, no depende del Gobierno sino de los capos. El acuerdo por
encima de todo.
De ahí que
el Presidente López Obrador reitere que él no detendrá a los capos.
¿Complicidad?
¿Acuerdo mafioso?
El narco
gobierna, y está en todas partes.
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