Por Jorge Zepeda Patterson.
Lo chairos furibundos le hacen a
López Obrador el mismo dudoso beneficio que un hooligan a su equipo de fútbol.
Una barra brava de la UNAM, del América o de cualquier otro club, puede
provocar incluso el veto del estadio o por lo menos que los aficionados
moderados dejen de ir a las tribunas a apoyar a su equipo.
Me parece que México necesitaba un
cambio urgente por los niveles de corrupción y la inseguridad pública que padecemos
debido al abandono al que se ha condenado a los más desprotegidos. El país no
podía seguir transitando por esa ruta. La ineptitud de los gobiernos panistas y
la frivolidad y el saqueo mostrado por los priistas que les reemplazaron
amenazaba con llevarnos a la violencia social y a un Estado fallido (en algunas
regiones ya lo es). Mucho de lo que está proponiendo López Obrador intenta
enderezar el camino o al menos buscar otras vías para resolver nuestros
problemas. Mirar hacia los que tienen menos no solo era éticamente
imprescindible sino social y políticamente impostergable.
Eso no significa que tengamos que
estar de acuerdo con todas sus ideas, expresiones y actitudes. Nadie es
perfecto, y ciertamente tampoco lo es alguien que ha recibido tal retahíla de
golpes, mezquindades y zancadillas de la política a lo largo de tantos años
como opositor del sistema. Me parecen desafortunados sus denuestos a la prensa
fifí, el tono irónico o burlón con el que descalifica a lo que considera sus
enemigos, y sus embestidas indiscriminadas a todo lo que sea neoliberal o
provenga del pasado inmediato. Pero incluso todo ello lo considero más de forma
que de fondo. Resulta sorprendente que pese a todo no haya asumido el poder con
ánimo pendenciero y belicoso, como algunos habían temido. Pese a sus
exabruptos, se advierte un verdadero esfuerzo de su parte para tratar de
convertirse en un presidente para todos los mexicanos, incluso para los que no
votaron por él o no lo quieren. Y haría bien, porque las metas que se ha
propuesto López Obrador no pueden conseguirse solamente desde la presidencia.
Entre otras razones porque todo el presupuesto del gobierno federal representa
apenas una cuarta parte del producto bruto y porque la globalización por un
lado, y la economía sumergida por el otro, provocan que buena parte de lo que
sucede en la realidad escape a las posibilidades de la presidencia. Necesita de
todos, incluyendo la iniciativa privada y los grandes actores nacionales y
extranjeros.
Por lo
mismo, le hacen un flaco favor todos
aquellos que salen en su defensa agrediendo y descalificando sumariamente a
todo el que no esté de acuerdo con el líder. Desde luego que muchas de las
críticas en contra de López Obrador son de mala leche, pero eso no significa
que todas lo sean, ni que haya un imbécil reaccionario en cada detractor. La
imbecilidad, la ignorancia y la mezquindad no son atributo de un solo bando.
Para los que no votaron por López
Obrador y están dispuestos a ofrecerle el beneficio de la duda deben de
resultar irritante los chairos que actúan como talibanes. Por la misma razón
que un vecino fanático y burlón me hizo odioso al equipo América, más de uno
puedo encontrar alarmante la actitud de linchamiento y de soberbia que asumen
algunos simpatizantes. Ayuda muy poco que Irma Sandoval, la secretaria de la
Función Pública, dijera que López Obrador es el Estado, así haya sido sacada de
contexto, porque hace pensar en regímenes autoritarios centrados en el
liderazgo personal; o que el senador Salomón Jara proponga una normatividad
para restringir a las calificadoras que disminuyen la calificación de México,
porque parece un primer paso para legislar en contra de los enemigos del
presidente. En su afán de defender al jefe de gobierno, le dan argumentos a
todos aquellos que profetizaban la tontería esa de que López Obrador y Chávez
son la misma cosa.
No se trata de ofrecer la otra
mejilla ante la crítica mal intencionada o responder a los ataques con una
bobalicona actitud conciliatoria. Se requiere responder con argumentos a los
contraargumentos, defender la pertinencia de las políticas públicas en las que
creemos, a pesar incluso de que puedan reconocerse pifias en el camino. Lo que
menos necesita López Obrador son hooligans a su alrededor. Requiere
colaboradores inteligentes capaces de fortalecer sus aciertos y ayudarle a
matizar sus desaciertos. Y necesita de simpatizantes que lo sigan no por una fe
ciega e incondicional sino porque sus propósitos y la manera de llevarlos a
cabo coinciden en mayor o menor medida con los que cada uno de nosotros
creemos.
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