Por
Francisco Ortiz Pinchetti.
Presume el
pelotero de Macuspana que está muy bien de salud, “al cien”, y “bateando arriba
de .300, todavía”. Aunque a veces se le mira cansado, la verdad no tengo ningún
elemento para dudar de su primera aseveración. Hasta ahora, Andrés Manuel López Obrador ha mostrado una
fortaleza física envidiable, evidente en su trajín de todos los días. En
cambio, me parece que se engaña al afirmar que tiene semejante porcentaje de
bateo. Digo, si interpretamos esa medida beisbolera como su desempeño en el
cargo de Presidente de la República, donde ya cumple sus primeros cien días.
En ese lapso, que equivale al primer
inning del juego pactado a seis años -el 4.56 por ciento para ser exactos, que
no es poco–, el mandatario acaba sin hit ni carrera, varios errores, dos
ponches y un podridito al pitcher. Y eso que en realidad estuvo practicando
desde el 2 de julio pasado, cinco meses antes del inicio formal de la
temporada.
Precisamente en ese periodo de
pretemporada cometió su más grave error, la “pifia maestra”, cuando sin más y
mediante su primera encuesta patito, decidió la cancelación del proyecto del
Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM) en Texcoco. Se han tenido que
gastar por lo pronto cerca de 40 mil millones de pesos para el pago de bonos a
los inversionistas; pero los costos reales de esa determinación, incluidos la
puñalada trapera al turismo y a la imagen de México que implica, sólo los
conoceremos en el transcurso de muchos años.
A partir de
eso, parece haber entrado en un slump de
bateo: no encuentra la pelota. Ha abanicado bolas altas o demasiado bajas,
abiertas, pero también claros strikes por mitad del plato. Y hasta se ha
ponchado sin tirarle.
Así ha ocurrido con sus apresurados
anuncios sobre la construcción de la refinería de Dos Bocas, el Tren Maya o el
Interoceánico. Ninguno de ellos se ha iniciado, aunque aseguró en diciembre que
las obras arrancarían en un par de meses. El tiempo transcurre entre
improvisaciones, contradicciones, mentiras, cifras alegres y desmentidos. Lo
cierto es que se carece de estudios de impacto ambiental y de viabilidad
financiera y de los elementales proyectos ejecutivos. Se aventó como el Borras…
y lo sacaron como chino en segunda.
Más preocupante es por supuesto el
proyecto aeroportuario que contempla la construcción de dos pistas adicionales
en la base aérea militar de Santa Lucía en lugar del cancelado aeropuerto de
Texcoco. Ha sido cuestionado por especialistas nacionales e internacionales,
incluida la IATA, que es la entidad reguladora del transporte aéreo en todo el
mundo. Líneas aéreas y agrupaciones de pilotos aviadores han acusado su
inviabilidad. Es una aberración. Y ni siquiera se tiene todavía el estudio de
factibilidad respectivo. Pura bola ensalivada.
Aunque estas pifias no parecen
menguar su popularidad (que por el contrario asciende ya al 70 por ciento de
aprobación en las encuestas, según las cuales su más alta calificación se debe
a la cancelación de las pensiones a los ex presidentes, así represente en
realidad una bicoca), hay hechos que lo desmienten y bajan su average al bate.
Como por ejemplo la dichosa venta del avión presidencial que no tiene ni Obama,
estacionado en California desde hace 100 días, bajo un manto de opacidad que no
deja saber cuánto cuesta su resguardo ni de qué magnitud son los supuestos
ahorros que permite el no usarlo.
Lo peor es que Andrés Manuel ni
picha, ni cacha, ni deja batear. Descalifica en automático a los críticos de
sus proyectos, a los que a menudo acusa de “conservadores” o “neoliberales”;
pero no responde a los cuestionamientos técnicos y financieros que invalidan
sus ocurrencias. Aunque lo agarren en “tira y tira”.
Lo mismo ocurre con las agencias
calificadoras Standard & Poor’s y Fitch Ratings, que han modificado a la
baja su percepción sobre la capacidad crediticia del país y de Pemex o con el
Banco de México y con organismos internacionales como la OCDE. Parece no darse
cuenta que sus diagnósticos no son “ataques”, sino advertencias del ampáyer y
que en todo caso sólo reflejan lo que el mismo tabasqueño está provocando, al
propiciar una incertidumbre jurídica para las inversiones.
Su único aparente batazo de hit, la
aprobación de la Guardia Nacional, fue en realidad una base por bolas
intencional que le otorgaron los partidos de oposición, a cambio de tragarse
una reforma constitucional que en principio no le gustó, como lo dijo textual,
cuando la Cámara de Diputados modificó sustancialmente su propuesta original,
al suprimir el mando militar en el nuevo organismo.
Uno supondría que el arranque de los
programas sociales, en los que AMLO ha puesto todas sus complacencias, están en
marcha con la celeridad y eficacia que sería de suponer. Sin embargo, el propio
Presidente se quejó de la lentitud con que se están ejecutando y de plano
regañó a todo su line up en una reunión privada que trascendió a algunos
medios.
Durante la
encerrona efectuada el pasado 27 de febrero en el salón Tesorería de Palacio
Nacional, criticó el retraso en la
implementación de programas sociales prioritarios como los apoyos para
discapacitados y la distribución de becas. Dijo que en el caso del programa de
Jóvenes Construyendo el Futuro, apenas van 10 mil y el objetivo es llegar a
tres millones.
Según la versión recogida por el
diario Reforma, se quejó de que de las becas de nivel básico y medio no se ha
entregado ninguna. Puso como ejemplo el apoyo a los discapacitados, donde “se
han entregado unos 500 apoyos del millón que tenemos que cubrir”. Algo similar
ocurre con la entrega de una pensión doble y universal a los adultos mayores. Y
de acuerdo con el testimonio de algunos de los presentes, el caso extremo fue
el del sector salud, sobre el que el Mandatario aseguró que “no tiene nada que
informar”.
En cambio, batea de foul cuando anuncia la supresión
de apoyos a los organismos civiles, que incluye la cancelación del programa de
estancias infantiles y los refugios para mujeres maltratadas. Ante la reacción
que esto provoca, duda, trastabilla, se contradice y acaba por sacar un
machucón por tercera que aparentemente es una rectificación, aunque nadie –ni
él— la entiende a cabalidad.
Puras
vergüenzas, por Dios. Y cómo diría el inolvidable Mago Septién, ¡esto apenas
empieza!
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