Por
Alejandro Páez Varela.
En su
penúltima novela, Sumisión, Michel Houellebecq plantea los dilemas de un hombre
común frente al avance aterciopelado de los totalitarismos. Una día, la Sorbona
amanece en manos de los ricos jeques árabes; la han comprado. Los académicos
tienen la opción de convertirse al Islam (y tener cuantas mujeres puedan
mantener, y con grandes salarios) o una jubilación anticipada.
Houellebecq
describe cómo una cultura va derrotando “amorosamente” a otra, con bombones y
pequeños apretones de tuerca que son eso: apretones de tuerca. La idea de los
que asumen el poder, en la novela, es conducir a la sociedad francesa a su
rendición.
Recordé ese
extraordinario texto no por casualidad (nada es “casualidad”), sino por dos
eventos: uno, que ha salido la última novela del escritor francés y habla de
las otras rendiciones-reducciones de Occidente (la novela se llama Serotonina,
imagínense), ahora ante sí mismo; el otro evento que me recordó Sumisión es el
que me planteaba un amigo hace unos días.
Me contaba
cómo muchos medios tradicionales están desesperados y otros asustados porque la
4T no les ha soltado un peso. Más de tres meses sin publicidad oficial. Y no
hay señales de que se vaya a soltar el gasto.
Un segundo
amigo me dijo, calculando, que lo que el Gobierno de Andrés Manuel López
Obrador buscaba era poner de rodillas a muchos dueños de los medios
tradicionales; doblarlos; obligarlos (la mayoría son adictos al dinero público)
a pedir de rodillas su dosis de publicidad oficial.
La
administración Peña Nieto los dejó muy mal acostumbrados. El dispendio fue
mucho y cualquiera se acostumbra a la abundancia. Y ahora están temblando.
Recordé,
inevitablemente, la novela Sumisión. Gran libro. No les digo en qué termina.
Como Julio
Astillero, también creo que el Presidente puede invitar a los yutuberos a la
mañanera: total, es su espacio, es su evento, tiene 85 o 90 por ciento de
aprobación, puede hacer lo que quiera. Pero coincido con Salvador Camarena en
que eso que se hace cada mañana no es necesariamente una conferencia de prensa.
Es un espectáculo en vivo, una comparecencia pública, lo que quiera. Pero no es
ya una conferencia de prensa.
Los
periodistas, sin embargo, debemos cubrirlo porque hay noticias (también lo dice
Camarena). Simple y sencillamente. Pero el formato no es el de una conferencia
de prensa “democrática” ni un “diálogo circular” o como quiera llamársele.
Pero lo de
invitar a una parte (la parte afín) de los yutuberos confirma que se trata más
bien de un evento a modo, de ambiente controlado. Desconozco (y lo dudo) si
invitaron a Chumel Torres, opositor de AMLO (sí, quien muchas veces es incluso
grosero con el Jefe del Ejecutivo) (qué se puede esperar de gente tan ignorante).
Si no abrieron la “mañanera” a los yutuberos opositores, entonces no es un
evento para todos; mucho menos una conferencia de prensa: es un ejercicio para
difundir propaganda oficial. Así debería de tomarse y ya.
Los
periodistas, insisto, deben acudir pero no a rendirse ante el formato del
evento. Hay que llevar agenda y sacarla allí, cuando el Presidente los señale
con el dedo. Aunque sea un espacio controlado. No podemos ser parte de la
rendición. Los periodistas libres y críticos deben ser los últimos en rendirse,
como lo hicimos en el pasado con Peña. La democracia la construimos a diario
entre todos; no podemos caer en la rendición.
La rendición de una buena parte de la
prensa tradicional ante Enrique Peña (y Felipe Calderón, y Vicente Fox y…)
tiene que ver con el dinero. Se ha doblado décadas por dinero. Con Peña, el
puñado de medios que no se rindió debió enfrentarse a la hostilidad del régimen
y a la desigualdad generada por los recursos entregados a manos llenas a medios
afines.
Ahora,
curiosamente, la 4T encontrará que cierta prensa se le doblegará por dinero;
pero es sólo la misma prensa que ya se dobló con todos los anteriores presidentes,
porque esa es su especialidad, incluso su vocación. La que no se doblegará
(espero, confío) es la que no se doblegó en el pasado.
La que no se
dobló antes es la que ayudó a exhibir la podredumbre peñista y de carambola
ayudó a AMLO a llegar a Palacio Nacional. No lo hizo por ayudarle: lo hizo
porque era su deber; un deber que ahora llama a decir, como antes, las cosas
por su nombre.
Pronto, López Obrador se dará cuenta
que no todos van a caminar hacia la rendición. Y que la rendición es una mala
noticia si de lo que se trata es de fortalecer la democracia. A menos, claro,
de que la idea sea abatir la democracia.
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