Javier Risco.
Cuando algo
desaparece sin explicación y simplemente se esfuma, el reflejo nos dice que debemos
encontrar el motivo, entender el mecanismo, escarbar hasta hallar la mano que
se lo llevó y descubrir dónde se lo llevó. Cuesta encontrar el sosiego. Cuando
ese algo que desaparece es dinero y más cuando es nuestro dinero, lo primero
que pensamos es que hemos sido víctimas de un robo. Si es mucho dinero, ponemos
la denuncia, bloqueamos tarjetas y nos entregamos a manos del sistema. Si es
poco dinero, siempre cabe la posibilidad que lo hayamos perdido u olvidado en
algún lugar y el reproche viene en contra nosotros mismos junto con la promesa
inmediata del cuidado futuro. En este caso, el mismo reflejo nos lleva a
proceder con una investigación: desandamos nuestros pasos, reconstruimos
escenas, interrogamos a los cercanos y rebuscamos las veces que sea necesario
en los mismos lugares, hasta convencernos de que ya no lo recuperaremos.
Por el
contrario, cuando algo aparece de la misma forma, sin explicación, asumimos que
hay una fuerza superior e inexplicable detrás, algo que está más allá de
nuestra comprensión que ha hecho que eso se materialice para nosotros. La
suerte. Entendemos a la perfección el mecanismo que hace que las cosas se
acaben, pero no los que las hacen perdurar o suceder. Es curioso, pero la
alegría de encontrar inesperadamente veinte pesos supera con largueza la
frustración de perder cincuenta.
Lo que
sucede en Villarramiel, un poblado de España (la España profunda que le llaman)
que apenas alcanza los novecientos habitantes ha hecho que me detenga a pensar
en esto.
Como si de
Macondo se tratara, hace unos cuantos días comenzaron a aparecer en los buzones
de los pobladores misteriosos sobres con dinero. Estos “donativos” no siguen
ningún patrón ni lógica: han aparecido tanto en casas de ancianos como
enganchados a la bicicleta de una joven inmigrante; hay sobres con cincuenta
euros y otros con setenta; los han encontrado en portales de familias
acomodadas y en barrios modestos; los han dejado de día y de noche; hay unos
que llevan el dinero nada más y otros que llevan mensajes personalizados como
“para ti princesa” o “para la reina de la casa” o simplemente un corazón.
Lo
interesante es la reacción que esto ha generado. La prensa habla del “Robin
Hood de Villarramiel”, las abuelas beneficiadas lo imaginan como un galán
parecido al Zorro e incluso la joven que encontró el sobre en su bicicleta dice
que es el propio “diosito” quien se pasea por el pueblo regalando dinero,
aunque lo primero que hicieron todos fue ir al banco a comprobar que el dinero
era “bueno”.
La
interrogante, tal como lo dice la alcaldesa del pequeño municipio, se centra
directamente en la intención. ¿Qué es lo que está moviendo a este paladín del
efectivo? ¿Hasta cuándo durarán los misteriosos envíos?
Y aquí es
donde me sale lo desconfiado, porque a raíz de esto me puse a buscar más
apariciones misteriosas de dinero y adivinen qué, aquí en México es algo muy
común y más frecuente de lo que nosotros quisiéramos, la diferencia es que no
se convierte en noticia y ningún periodista español escribe sobre eso.
¿Sobres con
dinero que aparecen misteriosamente en las casas en año de elección?
Pues a ver
qué cara pondrán cuando vean la cara del misterioso y caritativo Robin Hood.
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