Javier Risco.
¿Cuánto se
está dispuesto a hacer para ganar? Los seres humanos somos competitivos casi
por naturaleza, pero cuando lo que está en juego es el poder, los alcances
pueden ser peligrosos. Hace una semana
que el 2018 inició, el año electoral más complejo en la historia reciente del
país, y lo recibimos con una violencia que no está siendo sancionada.
En el país, desde el inicio de las
precampañas, en diciembre, a la fecha, 11 políticos han sido asesinados, de
acuerdo con un recuento del diario Reforma. Ayer supimos que uno más desapareció en Guerrero. De los 11 asesinados, cinco buscaban
contender por un puesto en las próximas elecciones.
La violencia ha pegado sobre todo a
precandidatos de izquierda, pero en general no ha respetado color ni partido.
Tampoco territorio: Guerrero, Tabasco, Jalisco, Chiapas, Baja California,
Oaxaca y San Luis Potosí. Lo mismo han muerto alcaldes y hasta legisladores. ¿Y
las consecuencias? Hasta ahora nada más allá del bla bla bla de una condena
verbal de los partidos políticos. Nadie detenido, nadie castigado por la
militancia.
En diversos textos, especialistas han
puesto la intromisión del narcotráfico en la política local como un factor que
ha hecho más grave el contexto de violencia. Basta con ver que, según El Financiero en un trabajo del 2016, hacía un conteo de
30 políticos asesinados entre 2008 y 2015. En un mes ya superamos la tercera
parte de los casos registrados en siete años. Así la dimensión del problema.
Y esta violencia ya alcanzó sitios
que, aunque no ha dejado aspirantes o funcionarios asesinados, había mantenido
cierto estatus de burbuja en la que, si bien la política siempre ha sido
ríspida, no había llegado a las escenas de agresión que 24 días de precampaña
ya nos mostraron: Ciudad de México.
La izquierda en la capital ya dio
muestra de lo que es capaz con tal de mantenerse en el poder. La batalla PRD
vs. Morena ha dejado hasta el momento tres mítines que acabaron en gresca,
militantes de Morena agredidos y varios reporteros lesionados. Todos en
Coyoacán, territorio hoy gobernado por el PRD, sin un delegado sustituto desde
hace un mes, con el delegado Valentín Maldonado, de licencia, porque busca
contender por una curul en el primer Congreso de CDMX y controlado
políticamente por Mauricio Toledo, exdelegado, actual diputado local y
aspirante a gobernar Coyoacán otra vez.
¿Quiénes son
los responsables? A ciencia cierta no podemos decirlo, porque hasta ahora no se
han dado resultados de las supuestas investigaciones de la PGJ. Y aunque no
podemos atribuir directamente la culpa a un político que controla ese
territorio, el señalamiento de varios exfuncionarios de su administración y la
de su mano derecha, Maldonado, dejan en
nosotros suficiente lugar a dudas; que un comunicado diga que los agresores del
2 de enero renunciaron el 31 de diciembre y que eso exime a la delegación de
responsabilidad, no ayudan a disiparlas.
Durante las
protestas en Coyoacán, una simpatizante
de Morena, Martha Reyes, se desvaneció y fue trasladada al hospital donde tres
días después murió. No fue golpeada, pero estuvo en medio de una gresca que
dejó heridos y la sensación de que ya no hay tranquilidad al ejercer el derecho
de reunión y asociación política, sin el riesgo de ser atacado por quien piensa
distinto.
Una vez que
se dio a conocer su deceso, medios atribuyeron la muerte a la agresión de la
que culpan al PRD, y autoridades como la Procuraduría y el propio jefe de
Gobierno, Miguel Ángel Mancera, se apresuraron a desmentir la versión y decir
que fue ‘por causas naturales’ y que no había denuncia por el caso.
En Twitter,
el reportero Samuel Adam, quien ha dado cobertura a estos hechos, escribió: ‘A Martha Patricia Reyes le dio un ataque de
hipertensión en un mitin donde aventaron sillas, piedras y cohetones; patearon
a asistentes y quemaron propaganda, sin presencia de autoridad. No la mataron
los golpes, pero esa tampoco es una muerte natural’.
Hace falta
más que un pacto de civilidad firmado como una promesa de campaña que quizá no
se cumpla. Hace falta entender que no gana una elección quien pegue más duro.
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