Raymundo
Riva Palacio.
El primero
de diciembre, los muertos como consecuencia de homicidios dolosos ya no serán
del presidente Enrique Peña Nieto, sino del presidente Andrés Manuel López Obrador.
Las emboscadas a los cuerpos de seguridad federal serán suyas no de Peña Nieto,
como también los secuestros, los robos y las extorsiones. Ese día y los
subsiguientes serán iguales como hoy, mañana y el 30 de noviembre, porque la
inseguridad no desaparece por decreto ni con actos de fe, sino con un trabajo
sostenido y planificado para que con los años pueda comenzarse a dar
resultados. Pero esa es la trampa en la que se metió el futuro gobierno de
López Obrador, al fijar plazos para acabar con la violencia sin tener el método
para enfrentar a los criminales de manera efectiva, y no como sugieren, con
palabras en lugar de balas.
El nuevo
gobierno podrá decir que le entregaron un país en ruinas, lo que en el tema de
la seguridad es correcto, pero no podrán sostener eternamente la plañidera
porque se comprometió a resolver en 36 meses el fenómeno que más agobia a los
mexicanos. El presidente electo dice que el crimen tiene que enfrentarse de
manera integral, lo que es cierto. Los presidentes Felipe Calderón y Enrique
Peña Nieto así lo propusieron, pero nunca pudieron llevarlo a cabo como lo
diseñaron. Hay que frenar el reclutamiento de jóvenes mediante oportunidades de
vida, que sin bien no compiten con los ingresos que les deja el narcotráfico,
su principal estímulo sería que la vida no será corta. Pero sin combate a los
delincuentes ni trabajo de inteligencia, nada va a cambiar; todo lo contrario.
La
experiencia de Peña Nieto al dejar de combatirlos en sus primeros ocho meses de
gobierno, pensando que así se reduciría la violencia, es la mejor muestra de
que eso es un error estratégico. Las personas a las que encomendó López Obrador
el diseño del modelo de seguridad y el andamiaje jurídico para echar a andar
una nueva Secretaría de Seguridad, no han cumplido con su trabajo. La
iniciativa de ley para crearla, presentada por su responsable, Alfonso Durazo,
fue rechazada por el presidente electo, quien le encargó a su asesor jurídico,
Julio Scherer, que trabajara el proyecto porque el que revisó no servía.
Cuadrar la
seguridad pública con la seguridad nacional, como pretende la nueva Secretaría
de Seguridad al incorporar el Cisen –reduciendo el trabajo de inteligencia– y
Protección Civil, ha resultado mucho más complejo de resolver jurídicamente de
lo que se imaginaban. La creación de una Guardia Civil con militares al frente,
es un distractor retórico que, sin embargo, se va a concretar como una fuerza
de 250 mil elementos, divididos en células de mil cada una, encabezada por un
militar o un marino, que tendrá a su mando policías federales y estatales,
distribuidos en 250 ciudades, entre las que destacan la Ciudad de México,
Guadalajara y Monterrey, así como los destinos turísticos en Acapulco, Cancún,
Los Cabos y Puerto Vallarta.
Estas
células combatirán la delincuencia del fuero común. Lo que tiene que ver con el
fuero federal, que implica la lucha contra los cárteles de la droga, no va a
ser una prioridad –la violencia, ciertamente, la genera el narcomenudeo, no el
narcotráfico, aunque están vinculados–, por lo que el presupuesto de sólo 0.8
por ciento del PIB que se dedicará a la seguridad, parece suficiente para el
nuevo gobierno. No presupuestar para compras de armamento y pedir la
cancelación de equipo ya ordenado, puede hacerle sentido a López Obrador en su
idea de austeridad, pero en el combate a criminales es cederles el monopolio de
la fuerza. Si su objetivo involuntario es que su gobierno pone los muertos y
los criminales le ganan la guerra, está haciendo lo correcto. Si no ha visto
que ese será el resultado, tiene que corregirlo.
La
estrategia de seguridad del nuevo gobierno es un galimatías. El presidente
electo y su equipo están llenos de contradicciones y de ocurrencias
coyunturales. La seguridad, parafraseando a Georges Clemenceau, es demasiada
seria para dejárselo a estos políticos, que además están confundidos y sin
encontrar la respuesta al reto. Pero la suerte les sonríe. El grupo
parlamentario del PAN presentó este martes una iniciativa para crear la
Secretaría de Seguridad Ciudadana, que no es rebuscada ni egoístamente
ambiciosa como originalmente la deseaba López Obrador, pero resuelve el
embrollo en el que se encuentran.
La
iniciativa tiene mucho eco en lo que propuso en un libro este año el
exsecretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, acusado en México de
estar vinculado a los cárteles de la droga y odiado por muchos, pero reconocido
por la OEA y el Departamento de Estado, que tienen otro tipo de información
sobre él y le encargaron un plan de seguridad pública para América Latina.
García Luna no asesoró al PAN, pero las propuestas que tomaron de su libro han
probado funcionar para reducir la violencia.
No estaría
mal que López Obrador dejara de ocupar a improvisados y hablara con
profesionales en el tema –en su equipo hay varios–, para que dejen a un lado la
creatividad destructiva y se enfoquen en la seguridad pública. Si no quiere al
Cisen en la Secretaría de Gobernación, que tampoco lo meta con calzador en la
Secretaría de Seguridad, y lo convierta en un órgano desconcentrado adscrito a
la Presidencia, y que Protección Civil se quede donde está. Le quedan seis
semanas escasas para tener con algo concreto de corto, mediano y largo plazos,
antes de iniciar su administración y que los muertos por la violencia empiecen
a contabilizársele y a pesarle.
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