Por Ernesto
Villanueva.
La decisión del presidente electo
Andrés Manuel López Obrador de incluir de manera protagónica a las Fuerzas
Armadas en el combate al crimen organizado y a los delitos de alto impacto ha
generado reacciones de todo tipo, desde las que condenan a priori todo lo que
provenga del nuevo régimen –que no gobierno– hasta las que aceptan en silencio
esa polémica decisión. Ni todo está mal ni tampoco está todo pensado y
procesado. Veamos.
Primero. Es una mentira reiterada por los
detractores de AMLO que el Plan de Paz y Seguridad propuesto es muestra del
autoritarismo que viene y que delega en las Fuerzas Armadas la integración del
grupo de combate al delito. De entrada, el concepto de Guardia Nacional está
previsto en los artículos 89, fracción VII, y 76, fracción IV, de la
Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, con antelación a la
referencia que hace del concepto el próximo titular del Ejecutivo.
Los artículos referidos le otorgan
atribuciones al presidente de la República, en acuerdo con el Senado, de tomar
esa decisión. Así, la medida se ajusta en estricto derecho al mandato
constitucional sin violación normativa alguna, pero puede perfeccionarse
mediante reformas constitucionales si el poder reformador de la Constitución lo
considera pertinente.
Segundo. Se dice –y también se falta a la verdad con
esa afirmación– que serán los militares, no un civil, quienes dirijan esa
Guardia Nacional. ¿Quién, con un mínimo de instrucción, podría ignorar que el
presidente de la República, que es un civil, es el comandante supremo de las
Fuerzas Armadas, según lo dispuesto en el Artículo 89, fracción VI, de la
Constitución? A mayor claridad, el artículo 11 de la Ley Orgánica del Ejército
y Fuerza Aérea Mexicanos establece: “El Mando Supremo del Ejército y Fuerza
Aérea Mexicanos corresponde al Presidente de la República, quien lo ejercerá
por sí o a través del Secretario de la Defensa Nacional; para el efecto,
durante su mandato se le denominará Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas”.
El Plan prevé 266 coordinaciones
regionales, teniendo como titular a un civil y participación de autoridades
civiles, militares e invitación a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos
y organismos civiles.
Tercero. Según un reporte preparado para el Congreso
de Estados Unidos sobre el crimen organizado en México, sólo parcialmente tres
estados no tienen una presencia dominante de cárteles: la Ciudad de México,
Oaxaca y Chiapas. En otras palabras, en 29 de 32 entidades federativas dominan
o cogobiernan con las autoridades las diversas expresiones de empresarios de
este giro de negocios que día con día no sólo atiende el relativo al tráfico de
drogas, sino que se ha diversificado incluyendo secuestros, extorsiones,
tráfico de órganos y de personas y el denominado cobro por derecho de piso
(https://fas.org/sgp/crs/row/R41576.pdf, p. 12). Sobra decir que ni Morena ni
AMLO intervinieron en el reporte referido.
México es ya un narcoestado. Bien
dice la conseja: a grandes males grandes remedios. Y López Obrador propone el
plan porque puede y la empresa privada y la economía seguramente lo aplaudirán.
Llama la atención cómo el viernes 16 el diario Reforma publicó en portada la
nota “Rompen ONG’s con AMLO”, como si ello tuviera una trascendencia para la
gobernabilidad o la estabilidad del país. En cambio, los diarios financieros y
Excélsior ponderaron el apoyo empresarial al plan, tanto que empresarios
prominentes aceptaron formar parte del consejo asesor anunciado por AMLO.
Cuarto. Nadie
puede probar que genéticamente los agentes de policía son menos corruptos que
los militares. Tampoco que las convicciones éticas de unos y otros se anteponen
a la eventualidad (es un decir) de obtener ingresos económicos al margen de la
ley. Sí es posible probar que las Fuerzas Armadas tienen mayor entrenamiento,
recursos materiales y capacidad de combate que cualquier policía, incluida la
del inconstitucional mando único.
Y de cara a la realidad que AMLO
desconocía a fondo cuando estaba en campaña, tiene el deber de actuar en
consecuencia para recuperar la paz que se ha perdido en los últimos años en el
país. Por supuesto, recurrir al Ejército no es la primera opción, sino la
última, que se antoja justificable ante la gravedad del diagnóstico sobre la
colusión entre los empresarios del ramo y la autoridad civil, militar e incluso
religiosa, periodística y social.
Quinto. Es verdad, y hay que reconocerlo, que las
Fuerzas Armadas no fueron diseñadas para mantener la seguridad pública de un
estado o municipio. La formación en los objetivos que animan a la policía y al
Ejército son complementarios, pero diferentes. El policía debería prevenir y
detener a presuntos delincuentes y ponerlos en manos del Ministerio Público. El
Ejército está pensado para abatir al enemigo.
Será todo un reto entreverar derechos
humanos con el combate a los miembros del crimen organizado que han escalado a
tal magnitud que han dejado de ser delincuentes comunes para asimilarse a
terroristas que ponen en peligro no sólo la seguridad pública, sino la
seguridad nacional en el mejor de los sentidos; es decir, el mantenimiento
razonable del estado de derecho.
De cualquier forma, deberán –como así
apuntan las cosas– prepararse unidades operativas del Ejército con nuevas
habilidades, aptitud y actitud para llevar a cabo esa nueva tarea, con los
mínimos daños colaterales que esa iniciativa tendrá.
Sexto. México no es el primero ni será el último
que haga uso de sus Fuerzas Armadas para preservar sus rasgos distintivos como
nación. El famoso milagro del desarrollo económico de varios países asiáticos
se explica por sus bajas tasas delictivas y por mantener bajo control la
seguridad de personas, bienes e inversiones directas. A mayor seguridad mayores
posibilidades de crecimiento es un principio demostrado por países como
Singapur, que no sólo ha podido salir del subdesarrollo, sino que está en la
lista de las primeras economías del mundo, el llamado Tigre Asiático donde el
Ejército tiene divisiones dedicadas a la seguridad pública.
Y vaya que hay diferencia: mientras
que Singapur es el cuarto país más rico del mundo, México ocupa el lugar 68,
algo que no es para presumir
(https://www.gfmag.com/global-data/economic-data/richest-countries-in-the-world?page=12).
Séptimo. He insistido en otras ocasiones, y ahora lo
hago de nuevo por su importancia capital, que toda vez que no hay en México
perfiles genéticos impermeables a la corrupción y a la impunidad, deben
practicarse con toda seriedad exámenes de control de confianza por terceros
expertos independientes con la totalidad de elementos que implica semejante
ejercicio (estudio toxicológico de vello, estudio de entorno social, polígrafo
y eye-detect, al menos; y todos, no sólo alguno de ellos) que puede hacer la
diferencia entre el éxito y el fracaso en el nuevo modelo que busca que al
final del día se pueda encontrar la seguridad perdida para el bien de todos.
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