Raymundo
Riva Palacio.
La rebelión
de los criminales está en curso en Guanajuato. Esta semana, en respuesta a un
operativo militar en Santa Rosa de Lima, movilizaron gente para bloquear
carreteras y quemar vehículos en la zona de El Bajío que se conoce como 'el
triángulo rojo del huachicol', igual a como se denominan los siete municipios
poblanos donde se da el mayor robo de combustible del país. El operativo
militar debió haber comenzado hace una semana, pero los soldados no pudieron
entrar a esa comunidad que ha sido el epicentro de una lucha entre dos líderes
de bandas delincuenciales.
Las unidades
militares entraron finalmente a una zona de guerra entre el llamado Cártel de
Santa Rosa de Lima, encabezado por José Antonio Yépez, apodado El Marro, y el
Cártel Jalisco Nueva Generación, que quiere arrebatarles el negocio del
huachicol en la región. Decenas de muertes ha causado este enfrentamiento, que
desestabiliza una zona que en los últimos años se había caracterizado por su
creciente desarrollo en un corredor industrial detonado por inversiones
extranjeras. El episodio es un déjà vu de lo que sucedía hace 15 años, cuando
los criminales tenían control territorial en varias partes del país. Sin
embargo, hoy se ha agravado.
En el
gobierno del presidente Vicente Fox los cárteles de Sinaloa, Milenio y Del
Golfo tenían control territorial en casi 100 municipios. Pocos, en el
comparativo municipal con el país, pero demasiado. El control era absoluto.
Tenían en sus nóminas o amenazados a los alcaldes, a sus secretarios de
Finanzas y de Obras, el de Seguridad Pública y a los jefes de policía. Pagaban
protección en los estados y a jefes militares, y daban igualas a periodistas
–algunos corresponsales de importantes publicaciones en la Ciudad de México–.
En esos años, ninguna fuerza federal entró durante mucho tiempo a los
municipios en el norte de Tamaulipas, hasta que las presiones del gobierno de
Estados Unidos que querían al jefe del cártel, Osiel Cárdenas, obligaron a ir
por él a sus guaridas.
Durante el
gobierno de Felipe Calderón, cuya muy criticada guerra contra las drogas elevó
las tasas de homicidios dolosos, se logró arrebatar a los cárteles el control
territorial en el país, que tuvo un retroceso en el de Enrique Peña Nieto,
cuando dejaron de combatir a los cárteles, en su primer año de gobierno. En el
nuevo gobierno de Andrés Manuel López Obrador, lo que sucede en los campos de
guerra del narco, es lo que pasaba en la frontera tamaulipeca: ninguna fuerza
federal entra hasta que es insostenible su pasividad o evidente su complicidad.
Actualmente
se ha agravado el estado de cosas porque López Obrador ofreció primero una
amnistía a los narcotraficantes, lo que les permitió operar con mayor libertad,
y luego proclamó el final de la guerra contra el narcotráfico porque, aseguró,
no sirvió para nada, salvo para incrementar la violencia. Lo que desató aún no
alcanzamos a medirlo en su total consecuencia. Santa Rosa de Lima no es un
síntoma de lo que está pasando, sino una realidad. Una de las externalidades
que ha provocado el robo de combustible en El Bajío es la cascada delincuencial
provocada.
Un ejemplo
es la carretera México-Querétaro, que se ha vuelto un peligro a todas horas.
Son varios los casos de privación de libertad y robo. Uno de ellos reciente
sucedió a las cinco de la tarde, cuando, por unas llantas en la autopista, el
vehículo donde viajaba una familia se detuvo. Cuando retiraba las llantas llegó
un convoy con 17 personas armadas y los privaron de su libertad. Nunca dejaron
de tener la pistola en la cabeza del hijo menor, y obligaron al padre a darles
todas sus tarjetas de crédito y darles su dirección para que recogieran los
tokens y le vaciaran las cuentas. Cuando lo hicieron, los amenazaron: si
cancelaban las cuentas, matarían al chofer, a quien habían golpeado
fuertemente. Si los denunciaba, sabían dónde vivían y los matarían a todos.
No hay
sorpresas. Enero fue el mes más violento en la historia, y la tendencia de
homicidios dolosos sugieren que 2019 será más rojo que 2018, cuando se
rompieron todos los récords. Esto no va a cambiar porque la estrategia del
gobierno lopezobradorista contempla sólo el combate a la delincuencia del fuero
común. Ni los cárteles ni el narcotráfico serán enfrentados porque en el
análisis del gobierno el problema no son ellos, sino quienes roban, extorsionan,
secuestran o cobran protección.
Es el mismo
error que cometió Peña Nieto, quien soslayó que la delincuencia organizada
tiene ramificaciones indivisibles con la delincuencia del fuero común. Si no
los capos, sus subalternos y sus legiones de matones, mutan de delito o
participan en los del fuero común y los del fuero federal. La estrategia de
seguridad del gobierno federal toca únicamente a los delitos del fuero común.
Para esto, identificó 259 puntos donde actuarán militares y policías como fuerza
de reacción rápida. Es decir, una especie de sistema de emergencias 911.
La
estrategia tendrá resultados positivos sólo en esas zonas en el corto plazo,
pero será funesto para el resto del país y, en esas mismas regiones, en el
mediano y largo plazo. Esto ya lo hemos visto. Esta estrategia elevará los
índices delictivos cada mes, y llevará al presidente a un fracaso en el tema de
la seguridad. Cuando se dé cuenta del error, ya será demasiado tarde, como
sucedió con Peña Nieto. López Obrador está a tiempo de corregirlo, pero
necesita quién se lo explique correctamente, lo persuada de cambiar la
estrategia y que la lleve a cabo. Le conviene finalmente, pero tiene que
entenderlo.
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