Javier Risco.
Las notas
periodísticas en otros sexenios eran obscenas. Se comportaban como virreyes,
¿acaso no recuerdan las crónicas de color de medios locales sobre los Informes
de Gobierno? Una docena de camionetas suburban blindadas llegaban al auditorio
más grande de la capital del estado. Las comitivas formadas en la puerta del
lugar regañaban a los medios, a los floristas, a los fotógrafos y a la gente
que se atrevía a ir al baño mientras el gobernador estaba a punto de cruzar la
puerta.
Bajaban los
secretarios, sonrientes, cumpliendo el protocolo, sabiendo que venían dos horas
de aplausos y caminaban presurosos a la primera fila del auditorio. Treinta y
cinco minutos después de la hora citada, llegaba la suburban blanca con dos
patrullas al frente y tres Tahoe atrás: había llegado el gobernador.
El conjunto
de música local empezaba su mejor repertorio, los niños que llevaban dos horas
esperando eran colocados en la puerta y tenían la titánica labor de entregarle
al gobernador y a su esposa dos ramos de flores; los canapés dejaban de
servirse, la alfombra estaba limpia. “Desde que baje de la camioneta, aplausos,
por favor”, gritaba su particular. Caminaba sonriente, el discurso ya estaba en
el prompter; el Ejecutivo había mandado al secretario de Gobernación, 16 gobernadores
habían llegado en sus helicópteros y la fiesta apenas comenzaba. Al entrar al
auditorio los aplausos eran ensordecedores, le tocaban 50 minutos de selfies, y
a la primera y segunda fila las tenía que saludar completas. “Gran trabajo,
señor gobernador”; “está hecho para la grande, es mi gallo”; “¿cómo fue que
arreglaste este estado?”; “¿ya te viste en la silla, verdad?; “¡es un chingón,
señor gobernador!” Lo escuchaban hasta que los dejaba ciegos. Eso eran, los
chingones, los que iban directo a Los Pinos, los elegidos del sistema.
Por fin
llegaban al estrado, seis minutos más de aplausos, respiraban profundo, tomaban
agua Fiji junto a los papeles y comenzaban su discurso; sabían que cada pausa
era una porra. Al final, el deber cumplido, otro Informe de Gobierno de acuerdo
con el libreto, sin fallas, sin contratiempos. ¡Viva la democracia mexicana!
Así eran sus burbujas, máquinas de
ego bien aceitadas. Eran todopoderosos sin oposición ni contrapesos, sin
preocupaciones ni límites, sin regaños ni abucheos.
Hoy se muestran extrañados, ¿cómo fue
que todo cambió? ¿Por qué cuando yo era invitado a los eventos del Presidente y
del gobernador, nunca nadie abucheaba a los presentes? ¿Qué tipo de protocolo
de quejas es este? Esto no se puede quedar así.
La “polémica” de los últimos días
sobre el maltrato a los gobernadores en los eventos con el Presidente me parece
sólo una añoranza al culto al ego. Nada más. ¿Cómo es que en mi estado, en mi
evento, en mi inauguración me abucheen? ¿Cómo? A los gobernadores les resulta
más lógico explicarse esta “anomalía” como una estrategia presidencial contra
ellos, que varios sexenios de impunidad y cinismo en el poder. Su reclamo es
menospreciar a sus propios gobernados, incapaces de darse cuenta del bien que
ellos le han hecho al estado.
¿Sería imposible una época de
autocrítica en la que los gobernadores entiendan esos reclamos como la gran
deuda que tienen con ciudadanos, que hasta ahora se sienten libres de reclamar
los rezagos sociales de sus regiones? No sólo se acabó la época del culto al
ego, sino la del euto-engaño de pensar que su virreinato de décadas era real.
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