Por Jorge
Javier Romero Vadillo.
En México,
el Poder Judicial no goza de gran prestigio. La experiencia social acumulada a
lo largo de la historia hace que los mexicanos veamos a la judicatura como
venal, sumisa al Poder Ejecutivo, poco profesional, lejana e indolente. Esta
percepción compartida tiene hondos cimientos en una historia en la que los
jueces tradicionalmente han estado al servicio de los poderosos y de aquellos
dispuestos a pagar por sus servicios, mientras que rara vez han sido auténticos
instrumento justiciero.
El
Presidente de la República –profundo conocedor de las pulsiones de la sociedad
mexicana– ha usado esa animadversión social para jalar agua para su molino.
Adverso como es a cualquier contrapeso al poder que pretende concentrar para
cumplir con la misión a la que se siente destinado, el Presidente ha dejado que
sus operadores de redes azucen a sus seguidores contra la Suprema Corte,
convertida en el imaginario de la grey en uno de los epítomes de la
concentración de privilegios contra la que va el gran líder.
Sin embargo,
de manera incremental, en los márgenes, la realidad de corrupción y
arbitrariedad del Poder Judicial ha ido cambiando durante las últimas dos
décadas. Desde hace veinte años se han sucedido reformas relevantes para contar
con una judicatura más independiente y eficaz. Y ha sido precisamente en la
Suprema Corte donde ese cambio ha sido más relevante. Transformada en tribunal
de constitucionalidad con las reformas de Zedillo, poco a poco desde 1996 se ha
ido fortaleciendo como un contrapeso serio a la arbitrariedad política. Ahí se
han debatido, con distinta fortuna, temas torales en la construcción de una
sociedad diversa cuyas diferencias son arbitradas con base en la interpretación
de un orden jurídico acordado por coaliciones de intereses plurales y definidas
por medio del voto.
Lo esperable
sería que, en el interés de todos, los intérpretes de la Constitución tuvieran
un nivel de conocimiento jurídico notable y que supieran argumentar con lucidez
sobre los asuntos polémicos que merecen interpretación constitucional sólida y
requieren de posiciones éticas nítidas, sin conflictos de interés ni evidente
filiación política. Una Corte sólida, de gran nivel argumentativo, e integrada
por jueces de trayectoria profesional impecable, con capacidad de juicio por
encima de sus inevitables filias y fobias políticas, es lo que requiere este
país para construir en su sociedad confianza en el orden jurídico. Sin embargo,
esa no es la mejor opción en el corto plazo para los políticos.
La reforma
de Zedillo fue un gran avance para darle relevancia y legitimidad a la Corte,
pero tiene muchas deficiencias. Una de ellas –la principal– es que el sistema
de designación tiene un gran problema de diseño: propicia la fácil captura del
ejecutivo del nombramiento de los ministros, en lugar de forzar siempre la
formación de coaliciones de mayoría calificada, a pesar de que aparentemente
requiere de la formación de coaliciones amplias de senadores en torno a las
designaciones, lo que supuestamente debería redundar en la legitimidad de los
ministros así electos.
Para la
elección de un Ministro, el Presidente debe enviar al Senado una terna, entre
cuyos integrantes debe esa cámara elegir a uno por mayoría calificada de dos
tercios de los presentes. Si ninguno de los integrantes obtiene los votos
necesarios, la terna es rechazada y el presidente debe enviar una nueva. Pero
si ninguno de los integrantes de la segunda terna tiene los votos requeridos,
el Presidente de la República tiene la prerrogativa de nombrar a cualquiera de
los propuestos.
Lo que acabó
de descomponer el diseño ya de por sí defectuoso de los tiempos de Zedillo fue
que cuando a Fox le rechazaron sus ternas se sacó de la manga que para integrar
una nueva bastaba con enviar un nuevo nombre, como si el hecho de que ninguno
de los candidatos hubiera obtenido la mayoría calificada solo invalidaba la
terna como conjunto y no a cada uno de sus integrantes. Con esa trampa, Fox
logró colar precisamente a la ministra saliente, Margarita Luna Ramos, quien en
su primera presentación había sido descalificada. Al presentar dos candidaturas
de paja, inelegibles, el en el Senado se tuvo que formar una coalición en torno
a la candidata reincidente, pues de haber rechazado nuevamente la terna, a Fox
se le hubiera abierto el camino para nombrarla de manera arbitraria.
El mal
diseño del sistema de elección, y la baja calidad del procedimiento usado por
el Senado para evaluar de mejor manera las candidaturas, ha propiciado que el
arreglo se politice a grado extremo. Es una obviedad que cada mandatario va a
proponer a personas afines a sus intereses y a su orientación ideológica. Sin
embargo, mal que bien, Fox y Calderón lanzaron candidaturas de jueces de gran
nivel, como José Ramón Cossío, quien entró a propuesta de Fox y acaba de
terminar su mandato, o el actual presidente Arturo Zaldívar. Fue el Gobierno de
Enrique Peña Nieto el que envileció el nivel de las designaciones con su
imposición del Ministro Medina Mora y su intento por hacer avanzar la
candidatura de Raúl Cervantes, priista sin veladuras y hombre del primer círculo
presidencial.
En los
siguientes nombramientos, Peña recurrió a profesionales de la judicatura, pero
no propició que aumentara el número de ministras, absurdamente mantenido en dos
desde el nacimiento de la actual Corte. El actual Presidente no se ha
comportado mejor que Peña con sus propuestas: después de mandar una terna
tramposamente mixta –con dos nombres de mujeres que sabía inelegibles por
evidentemente partidistas y con un profesional de la judicatura leal, en torno
al cual sabía que habría consenso–, a la hora de la segunda terna, para elegir
sucesora a Margarita Luna Ramos, ha enviado de nuevo a las dos reprobadas en la
ronda anterior y a una candidata obscenamente vinculada a su propia redes de
intereses y con una orientación ideológica difícil de digerir para buena parte
del grupo senatorial de Morena.
En las
comparecencias se hizo evidente el bajo nivel de las tres candidatas: una no
sólo conservadora a niveles aldeanos, sino con claro conflicto de interés por
la abierta vinculación de su marido con los proyectos constructivos del
presidente; otra, simplemente una aldeana leal y la tercera con un nivel
argumentativo decepcionante respecto a alguien supuestamente proveniente de la
enseñanza del derecho y con evidente sesgo partidista. Ninguna de las tres
merece ser electa para el cargo.
La terna
debería ser rechazada. Sin embargo, con el precedente creado por Fox y su
propia proverbial tozudez, López Obrado seguramente enviaría una nueva terna
con su favorita rodeada de dos candidaturas de paja y forzaría a su elección o
propiciaría que el nombramiento quedara en sus manos. La apuesta racional de
quienes defendemos una Corte de alta calidad y autónoma no es fácil. El rechazo
de la terna aumentaría el margen de discrecionalidad del presidente en el
nombramiento y no garantiza un mejor resultado, a pesar de que López Obrador
cuenta, entre sus simpatizantes, con un gran número de mujeres de gran nivel
jurídico entre quienes elegir, como Leticia Bonifaz o Ana Laura Magalonni, sólo
por mencionar a un par.
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