Salvador
Camarena.
Cada día se
va hora y media sin que AMLO sea obligado a responder con puntualidad Las
mañaneras no admiten una sola definición. Las comparecencias cotidianas del
presidente Andrés Manuel López Obrador ante periodistas dan para diferentes
aproximaciones. Una de ellas es casi guadalupana. Palacio Nacional como sede
para plegarias inatendidas por este y anteriores gobiernos: reporteros de
medios de Aguascalientes, Veracruz o Sonora, por mencionar algunas entidades,
exponen al mandatario pendientes en busca de un milagro reparador de deudas específicas,
algunas muy viejas.
López
Obrador prometió que daría cada mañana una rueda de prensa sobre el estado de
la nación. Se supone que comparece ante periodistas luego de revisar, con su
equipo, los asuntos más graves o urgentes del país (como el reporte de la
violencia). Eso raramente se discute, y sin embargo lo que en realidad pasa es
algo nada sencillo de clasificar.
Formalmente
la cita se ha cumplido. De lunes a viernes el Presidente toma preguntas de los
periodistas. A veces hace un dilatado prólogo de algún tema específico. A
veces, previo a aceptar cuestionamientos da un sermón sobre algo que le
gustaría machacar (ese algo no es sorpresivo si se conoce el estilo u
obsesiones del mandatario). Y a veces usa la ocasión para dar una conferencia dentro
de la conferencia. Si los periodistas toman o no esa oportunidad para ahondar
en el tema propuesto por AMLO es algo que, también hay que reconocerlo, queda a
discreción de la prensa. Pero podemos concluir que en Palacio Nacional ocurre
algo que no necesariamente tiene que ver con un Presidente rindiendo cuentas
sobre la actualidad más apremiante o crucial. La diversidad de los periodistas
y sus particulares agendas hacen posible que López Obrador apenas dedique un
par de minutos, de noventa en promedio, a lo que el sentido común periodístico
diría que es “la nota del día” o el asunto más importante.
Un colega
sostiene que lo que López Obrador ha hecho en su gobierno es ponernos un espejo
y que lo que se refleja en el mismo nos desagrada.
Si lo
anterior fuera cierto, parte de lo que ha desnudado la mañanera es la
diversidad (por llamarla de alguna manera elegante) de la prensa de México.
Tenemos un poco de todo. No ahondaré en los que van a pedirle (o agradecerle)
favores personales a AMLO.
Entre
quienes cuestionan diario al titular del Ejecutivo hay desde representantes de
comunidades que, como ya se dijo, asisten con temas hiperlocales para ver si
logran que el gobierno atienda deudas históricas con sus regiones, hasta
periodistas que juegan a emplazar al Presidente a cumplir lo que prometió a
ellos semanas atrás en el mismo recinto. Si en estos últimos casos el tema
abordado es relevante o no es lo de menos, lo importante es que ellos tienen
ese pendiente y quieren actualizarlo. Duelos de ego que superan al Presidente,
lo que ya es mucho decir.
Lo que rara
vez se da, porque no hay sentido de gremio ni una lógica en común de algo así
como hacer juntos que el Presidente responda sobre el tema del día, es una
acción coordinada para hacer que el mandatario informe a profundidad sobre un
asunto crucial que rebase agendas particulares. Si AMLO no responde al colega,
punto para mí, que en una de esas hago que sí me responda a mí un tema aunque
el del otro medio sea más relevante.
Así, cada
mañana vemos a un Presidente vencer entre colegas divididos por algo más que la
sana competencia. Cada día se va hora y media sin que López Obrador sea
obligado a responder con puntualidad. Porque las mañaneras son muchas cosas,
desde lugares para plegarias desatendidas hasta espacio para el lucimiento.
Pero rueda de prensa, lo que se dice rueda de prensa, no necesariamente.
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