Por
Alejandro Páez Varela.
El viernes pasado por la tarde, la
calificadora de riesgo Standard & Poor’s puso la deuda soberana de México
con “perspectiva negativa”; la tenía como “estable”. El argumento es que cuando
el Gobierno de México decide apuntalar Pemex y reducir al mismo tiempo la
participación de los privados, asumió los riesgos de la petrolera y comprometió
las finanzas del país.
“Continuamos considerando que existe
una probabilidad casi cierta de respaldo extraordinario del Gobierno, por lo
que igualamos la calificación de Pemex con la del soberano. La combinación de
un débil perfil financiero y la necesidad de tomar un rol más activo en el
sector energético por parte de la petrolera podría aumentar el riesgo de
mayores pasivos contingentes para el soberano”, explica el texto que fundamenta la
decisión.
Ahora hay que ver cómo responde
México a la decisión. Pero, como sea que reaccione, el Presidente Andrés Manuel
López Obrador necesitará sabiduría antes que pasión. Cero calentura. Y conste
que escribo esto antes de la conferencia matutina del lunes 4 de marzo.
Sus asesores económicos deben
alertarlo a tiempo para que no convierta una “perspectiva negativa” (es decir,
todavía no es una baja de nota) en algo mayor. Debe medir bien su reacción.
El Presidente tiene razón cuando dice
que las calificadoras de riesgo sólo ven lo que les conviene. Que los
“expertos” –es él quien les pone comillas– nunca denunciaron, por ejemplo, que
el plan para desmantelar Petróleos Mexicanos y abrir el mercado energético del
país conduciría a un fiasco; o que las políticas públicas que apoyan porque dan
prioridad al liberalismo iban a generar tantos pobres y tanta desigualdad en el
mundo y, por supuesto, en México.
De hecho, Andrés Manuel López Obrador se queda corto.
Las calificadoras son peor que ciegas porque actúan con conocimiento de causa y
omiten deliberadamente datos cuando se trata de cuidar sus intereses. Son
básicamente un cártel adonde las leyes antimonopolio globales no llegan:
Stardard & Poor’s, Moody’s y Fitch controlan 90 por ciento del mercado de
calificación de países y empresas. El Banco Central Europeo y la Reserva
Federal en Estados Unidos usan sus notas de solvencia como pasaporte sellado si
alguien quiere llegar a la ventanilla del banco central.
Cito a Claudi Pérez en un análisis
publicado en 2011, después de la crisis que arrancó en 2007, donde las agencias
cayeron, por primera vez, en una crisis de credibilidad:
“En realidad esas notas de solvencia
[que emiten las calificadoras] son una buena idea: deberían contribuir a
mejorar la información que hay en los mercados sobre un determinado producto
financiero o la deuda de un país. Deberían servir para anticipar situaciones de
peligro, siempre que enseñaran tarjeta roja y rebajaran la calificación de un
país que no va bien (o una empresa o un banco) mucho antes de lo que suelen
hacerlo. Lo que ocurre es que hacen otra cosa y a veces son los últimos en
llegar. Las agencias de calificación mantuvieron una calificación de notable
para la deuda de Lehman Brothers hasta el día de su espectacular bancarrota”.
Las calificaciones van siempre a la
zaga de la realidad, agrega Claudi Pérez. “Con la crisis bancaria de 2007 y
2008, las agencias no reaccionaron hasta que la catástrofe ya estaba allí”.
El
economista y director de un hedge fund Max Otte agrega en esas mismas fechas: “La lista [de cálculos erróneos de las
calificadoras] podría prolongarse indefinidamente; no son capaces de analizar y
pronosticar con objetividad, y agravan las crisis. Trabajan directamente para
la economía de la especulación: cuando la crisis ya ha estallado, no tiene
sentido rebajar la calificación, porque entonces el país o la empresa en
cuestión descienden otro peldaño hacia el abismo. Con ese mismo efecto
procíclico elevan la nota cuando una empresa o un país se han recuperado”.
Hace ocho, siete
años, Europa tenía a las agencias en la
mira mientras que Estados Unidos anunciaba una investigación por las omisiones
que condujeron a la gran crisis global de esos años. Pero resulta que el
llamado “oráculo de los mercados” sabe con quién meterse: sobre todo las
economías más débiles. Si el país analizado no es Estados Unidos, entonces le
cargan la mano. ¿La razón? Los analistas europeos dicen que es muy simple: no
le van a pegar a la economía de Estados Unidos porque las tres gigantes son
estadounidenses. Y, claro, como la economía de ese país siempre adquiere las
mejores notas, entonces ése país puede financiar su desarrollo con créditos más
baratos. En pocas palabras: que se chinguen las economías más pequeñas, como la
mexicana, mientras que la de Estados Unidos siempre tendrá la mejor
calificación.
El Presidente López Obrador, insisto,
tiene razón cuando se enoja con los “expertos” de las calificadoras. Por
supuesto que la tiene. El problema es que se lance solo contra ellas. Es
peligroso. Los presidentes y primeros ministros de Europa lo hicieron en
conjunto, y en medio de una crisis de credibilidad de las agencias. En asunto
es que nada le impide a las agencias bajarle la calificación a un país, en este
caso México, para provocar una crisis que confirme sus notas y poder decir:
“¿Ya ven cómo se hunde este país? Teníamos razón en bajarle la nota”, cuando en
realidad es la nota la que hunde al país y en el pasado omitieron castigar a
Pemex mientras se endeudaba y se hundía.
El riesgo de que AMLO rete
permanentemente a las calificadoras es que ya no sea Pemex el del problema, o
la deuda soberana del país, sino el Presidente, que se ha atrevido a
cuestionarlas.
Herman van
Rompuy, primer presidente del Consejo Europeo decía en junio de 2011: “Si las autoridades públicas quieren
mantener su última palabra, entonces los políticos tienen que actuar a nivel
europeo e internacional. Tenemos que romper el oligopolio de las agencias de
calificación y controlarlas […]. La Unión Europea ya ha tomado medidas, pero
necesitamos hacer más en Europa y globalmente”.
El problema, insisto, es que AMLO se
lance solo contra ellas. Europa no pudo derrotarlas. Estados Unidos hizo como
que las regularía pero al final las dejó intactas, y –por supuesto– se
beneficia de ello. El Presidente de México enfrenta a tres elefantes con un
mondadientes. Su conferencia matutina es poderosa, sin duda; su liderazgo en
México y sus niveles de aceptación también lo vuelven el mandatario mexicano
con más poder en muchas décadas. Pero quizás haya pleitos que no le conviene
tomar.
Mi papá
decía, cuando leía mis textos contra
equis o zeta y me recomendaba moderación: “en pleito de elefantes, hijo,
cualquier coletazo te derrumba”. No le pido al Presidente que atienda un
consejo tan mundano, cuando él suele citar a don Benito Juárez. Pero quizás le
sirva la lección de Europa y el aprendizaje que se ha generado a nivel global
sobre las agencias calificadoras. Según yo, por lo que leo, ese pleito no lo
gana AMLO y aunque lo ganara, sería un pleito perdido. Quizás le convenga
moderación. Quizás.
Otro
clásico, necesario: “Nunca vayas por
todas las chuletas que te lanzan, porque una de esas chuletas traerá vidrio
molido”. Lo dejo aquí. Y me retiro lentamente…
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