Ricardo
Ravelo.
En la
primera década de este siglo, el Cártel de Sinaloa comenzó su expansión y
consolidación como la organización criminal más poderosa del planeta. Dos sexenios panistas le bastaron al capo
Joaquín Guzmán Loera y a sus socios para convertirse en los más influyentes
narcotraficantes de los últimos tiempos.
Sinaloa sólo competía con el Cártel
del Golfo, uno de los más viejos que operan en México. Paralelamente, ambos
grupos criminales competían con el Cártel de Juárez, afianzado con el poder de
los hermanos Carrillo Fuentes, pero esta organización vino a menos tras la
muerte de “El Señor de los cielos” y el encarcelamiento de Vicente Carrillo,
quien antes de su captura vivía tranquilamente en Lerdo, Durango, al amparo de
grupos panistas.
Durante el
sexenio de Felipe Calderón –con quien comenzó a recrudecerse la violencia en el
país por los yerros y desatinos de su guerra –Juan José Esparragoza Moreno, “El
Azul” –quizá uno de los capos más hábiles y escurridizos que ha existido
–propuso a sus socios sinaloenses crear una Federación de Cárteles. Su
objetivo, se dijo entonces, era abatir la violencia exasperada que perturbaba
el negocio del tráfico de drogas.
Así comenzó
un largo proceso de negociaciones entre grupos antagónicos. Sinaloa se acercó a
los del Golfo, sus acérrimos e históricos rivales, para proponer una tregua,
primero, y una alianza, después. La propuesta no fue mal vista. Quizá apoyados
por uno o varios resortes institucionales, el Cártel de Sinaloa trabajaba en la
pacificación del país mediante negociaciones con sus rivales.
La idea no
era descabellada. Y el gobierno sabía
que la única forma de alcanzar la hipotética paz social era dejando al Cártel
de Sinaloa tejer fino con otros grupos. Y en estos terrenos movedizos,
Esparragoza Moreno se movía como pez en el agua.
El proyecto
avanzó. Apoyado en ese tiempo por Ignacio Nacho Coronel, abatido después por la
Marina, “El Azul” realizó varias cumbres en Tamaulipas. Habló con los jefes del
Cártel del Golfo y sentó a Heriberto Lazcano Lazcano, “El Lazca”, jefe de Los
Zetas, para negociar. Los del Golfo aceptaron la oferta. “Los Zetas”, en
cambio, se levantaron de la mesa de diálogo y convocaron a una reunión en un
campo deportivo de Nuevo Laredo para discutir, democráticamente, si era o no
conveniente unirse a Sinaloa.
A ese campo deportivo acudieron todas
las estacas de Los Zetas, es decir, todas las células que operaban en una
veintena de entidades. Después de una larga discusión, Los Zetas, cual
sindicato de obreros revolucionarios, decidieron que no se sumarían al Cártel
de Sinaloa y que lo más conveniente era separarse del Cártel que los fundó.
Así fue como ocurrió una de las
rupturas más drásticas de los últimos tiempos, se fracturaba un grupo criminal
sólido, el Cártel del Golfo y su brazo armado se dividían no sin enfrentarse y
provocar una guerra sin cuartel que en Tamaulipas, Coahuila y Nuevo León generó
verdaderos baños de sangre.
Así fue como Los Zetas –quizá el
grupo más beligerante de los últimos tiempos –se convirtió en cártel y emprendió
la conquista de más territorios. Actualmente tiene presencia en veinte estados.
Ante la
captura y extradición de Joaquín Guzmán Loera, la muerte de otros capos
importantes, en Sinaloa se abrieron los caminos de la guerra. Familiares de
Guzmán Loera se empezaron a matar por el control del cártel y otros grupos,
sedientos de poder, como el Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG) aprovechó
la debilidad de estos grupos en disputa para afincarse en los territorios que
actualmente no tienen un control absoluto.
Es el caso
de Sinaloa, Guerrero y Veracruz. En este último estado el CJNG arribó en el
último año del gobierno de Javier Duarte. En ese tiempo ya tenían presencia en
Tabasco y en el sur de Veracruz, combatían con lo que quedaba de Los Zetas
–amos y señores de ese estado en otros tiempos –y se enfrentaron a la
organización Nueva Generación. Hasta la fecha la guerra sigue en Veracruz
frente a un gobierno panista que ya fue rebasado.
En los últimos cinco años, el CJNG es
el que más ha crecido. Nació en Jalisco, donde opera con toda la impunidad por
parte del gobierno de Aristóteles Sandoval –tiene una historia plagada de
claroscuros –y ahora domina unos 17 estados de la República.
Bajo el
mando de Nemesio Oceguera, quien es nativo de Michoacán, el CJNG consolidó su
mercado en Estados Unidos. También en Europa y ahora incursiona en Asia.
Exporta cocaína y, sobre todo, drogas de diseño. También explota los secuestros
y su abanico de actividades criminales, cual empresa boyante, se explaya por
doquier.
Desde que la violencia se recrudeció
y alcanzó niveles de guerra –y no solamente por la presencia militar en el
combate a este flagelo –en México todos nos preguntamos por qué la violencia no
cesa en México. Hay muchas respuestas. Lo cierto es que ningún gobierno ha
diseñado una estrategia integral y, al no existir, los niveles de impunidad
siguen creciendo a niveles de escándalo.
La corrupción de los grupos
criminales está más desatada que nunca, opera sin dique alguno que la contenga,
lo que ha debilitado a las instituciones que no terminan se fortalecerse. La
corrupción lo impide y las vuelve vulnerables y las hace ver atrofiadas frente
a la violencia desenfrenada de los cárteles.
Pero existen
otras causas que también vale la pena revisar: la pulverización de los grupos criminales. Frente al viejo anhelo del
Cártel de Sinaloa de consolidar una Federación de narcotraficantes y con ello
disminuir la violencia, lo que ha ocurrido en el país es que todos los cárteles
se han dividido, se han atomizado y han surgido decenas y decenas de ramajes
criminales por todas partes, células que tienen capacidad de generar tanta
violencia como para poner en riesgo la gobernabilidad de cualquier entidad
federativa.
De acuerdo
con un análisis de la agencia Stratfor, “la balcanización de los cárteles de la
droga en México ha incrementado los niveles de violencia, tal y como ocurrió en
2016”.
En un análisis
de esta realidad –la pesadilla mexicana –la agencia también considera que otra severa limitación es la capacidad del
gobierno mexicano, para alcanzar algún tipo de acuerdo con los cárteles es que
el panorama del cártel ha cambiado drásticamente.
Y explica:
“Dos grupos principales (Guadalajara y Golfo) controlaron la mayoría del
tráfico de drogas en México en los años ochenta. Incluso hace una década sólo
había un puñado de grupos que controlaban la mayor parte de la actividad. Pero
hoy las luchas intestinas causadas por la codicia y la sospecha, así como la
decapitación causada por el arresto y/o asesinato de líderes del narcotráfico,
ha llevado a la balcanización de los cárteles en México”.
Esta es la
opinión de Scott Stewart, vicepresidente de análisis táctico de la agencia
Stratfor. El añade que el gobierno
mexicano no sólo parece, sino que está rebasado ante esta violencia cada vez
más severa y resulta evidente que el gobierno carece de una estrategia ni
siquiera para llevar a cabo una negociación.
La realidad devora al país por más de
una razón. En lugar de una Federación monolítica como Sinaloa, docenas de
grupos de la delincuencia organizada se han fragmentado. Del mismo modo, lo que
era el Cártel del Golfo es actualmente una constelación de bandas geográficas
que a menudo están en desacuerdo y en la guerra permanente.
Incluso si el gobierno mexicano
quisiera llevar a cabo acuerdos para poner fin a la violencia e incluso si cada
grupo en esta serie de bandas criminales estuviera dispuesto a recibir tal
oferta, sería imposible llegar a algún tipo de acuerdo de paz integral con
muchas partes,
explica Stewart.
El
escalamiento de la violencia no es nuevo, dice. Los homicidios vienen aumentando desde hace aproximadamente tres años
por distintos factores: desde la creciente conflictividad social en el país
–que ha dispersado las fuerzas del gobierno federal –hasta el auge que ha
cobrado el robo de combustibles, un negocio al que no son ajenos ni políticos
ni militares ni policías.
Según
Stratfor, una causa que ha detonado la
violencia de alto impacto en México es la expansión del CJNG. El repunte de las
ejecuciones en Tamaulipas y Sinaloa –por citar sólo dos estados atenazados por
la criminalidad –es que el CJNG ha incursionado a sangre y fuego a esos
territorios.
Otra razón es la división de los
cárteles, su descontrol en todo el territorio, la corrupción, la ausencia de
una estrategia clara y de un proyecto policiaco integral. De ahí que el
gobierno de Enrique Peña Nieto no tenga más alternativa que seguir
militarizando el país, ahora con una mayor presencia de las fuerzas armadas,
quienes tendrán más poder y atribuciones. La Ley de Seguridad Interior
terminará por armar con mayor poder tanto a militares como a los marinos, a
pesar de que dicen ya estar agotados de casi doce años de combate contra los
grupos criminales.
Según Emilio Gamboa –el trapecista
del PRI en el Congreso, pues brinca de cámara en cámara cada sexenio o mínimo
cada tres años –la
aprobación de la Ley de Seguridad Interior no derivará en una mayor
militarización del país. Pero todo está
por verse, ya que de no ser así el país quedaría a expensas de los criminales,
pues el 80 por ciento de los policías mexicanos operan ligados con las bandas
del crimen organizado.
Y, peor aún, muchos gobernadores han pactado
con el narcotráfico y gobiernan amasando fortuna y de espaldas a la guerra
criminal que destroza todos los días un pedazo de país.
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