Salvador
Camarena
En tiempos
de la presidencia de Felipe Calderón, el secretario de Desarrollo Social fue
enviado al sureste a atender una emergencia por inundación. Tras evaluar los
daños, y a fin de agilizar la ayuda, el funcionario federal y el gobernador de
la entidad afectada acordaron intercambiar padrones de beneficiarios de
programas sociales que ambos gobiernos ya aplicaban en la región anegada; de
esa forma podrían iniciar de inmediato labores de auxilio con datos muy exactos
de la población a socorrer.
“Pero yo no
le di nada, bueno, sí, le mandé la sección blanca del directorio telefónico de
esa región”, contaba tiempo después ese gobernador, que presumía que en tal
coyuntura pudo obtener valiosa información del padrón del gobierno federal.
Sirva esta
anécdota para recalcar dos cosas. Los programas de asistencia social en nuestro
país, incluidos los padrones de los mismos, son de tiempo atrás un irresuelto
dolor de cabeza. No por nada ayer el CIDE publicó un informe donde destaca el
desorden que prevalece al respecto.
Y la segunda
cosa: entre distintos actores del Estado mexicano prevalece la desconfianza con
respecto a lo que hacen unos y otros gobiernos a la hora de aplicar los
recursos en diversas iniciativas, incluidas las de la política social.
Esa
desconfianza ha aflorado en el tema del llamado Censo del Bienestar. Según
fuentes consultadas, el origen del levantamiento de un padrón de eventuales
beneficiarios de programas sociales, que con 20 mil voluntarios en estos
momentos realiza Morena, es la desconfianza en las cifras del actual gobierno.
Ser ingenuos
es un lujo que ningún gobierno se quiere dar. Pero que por desconfianza se
lancen a crear desde cero un padrón de necesidades sociales, mediante un
aparato legal que no existe, es una cosa muy distinta.
Es un padrón
digno de Patán y Rosas, es decir, digno del México bizarro: se hace con
“voluntarios” surgidos de las redes de Morena; lo coordinan personas que hoy no
son funcionarios ni tienen atribuciones legales; no se informa del presupuesto
implicado –incluso si damos por bueno que los “voluntarios” viven del agua que
compran con su dinero, la logística de despliegue de esos encuestadores implica
costos.
Lo anterior
sin contar que no sabemos las respuestas a interrogantes como: ¿la captura de
la información es mediante un dispositivo electrónico, un celular o en
cuadernos pagados por quién? ¿El procesamiento de esa información no lo van a
hacer con ábaco, verdad, sino en computadoras de quién?, y finalmente ¿será
cierto que esos voluntarios luego formarán parte de la Secretaría del
Bienestar? Entonces no son voluntarios, son gente que está invirtiendo unas
semanas a cambio de una chamba en el gobierno. Nada mal, pero ¿cómo confiar en
que luego, como funcionarios, esos encuestadores no usarán la información
recogida para hacer doble trabajo: como integrantes de una secretaría y como
instrumentos electorales del partido Morena?
Por eso,
para atajar la desconfianza es que en México llevamos décadas tratando de
construir instituciones como el INEGI, que son de Estado no del gobierno en
turno; que generan información seriada que a lo largo del tiempo,
independientemente del color del partido que ocupe la silla presidencial, se
puede cotejar y utilizar para diseñar políticas públicas.
La cuestión
es que Morena tendría que confiar en instituciones como el INEGI y esperar al
primero de diciembre para que, con facultades plenas, revisaran los padrones,
consultaran a expertos, contrataran consultorías, e incluso, si así lo
desearan, propusieran hacer un censo, cuyos resultados fueran confiables porque
se hizo con los instrumentos del Estado, no sólo con buenos propósitos, mucha
desconfianza y no poco sentimiento de superioridad moral.
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