Alejandro
Páez Varela.
Sábado y domingo se hizo un escándalo
en redes por la portada de la revista Proceso. Hubo quien calificó de
“traición” la cabeza y la entrevista, que cuestionan el proyecto político de
Andrés Manuel López Obrador.
Se trata de
un texto del periodista Álvaro Delgado basado en una conversación con el
constitucionalista Diego Valadés. Le pregunta:
–¿Prevé que López Obrador gobierne a
capricho?
Valadés contesta:
–A mí no me preocupa eso. A mí me
preocupa una persona sola enfrentada a una constelación de intereses; entonces
estamos destinados a naufragar. Para que tenga éxito el Estado mexicano en esta
nueva etapa, sí, el Presidente debe ser el que encabece; es Presidente,
preside; es Jefe de Estado y Jefe de Gobierno, pero si no se fortalece toda la
estructura del poder del Estado, entonces no tiene nada que hacer.
Más
adelante, el abogado dice:
“Para que [AMLO] tenga éxito, se
necesita que quienes gobiernen sean las instituciones políticas muy sólidas; y
entonces sí, a pesar de que estemos actuando no contra un poder económico
nacional sino contra poderes económicos de todos los niveles, incluyendo los
internacionales, cuando tengan enfrente no a una persona, sino a un Estado con
instituciones muy poderosas, las relaciones van a cambiar”. […] “Si realmente se
quiere independencia del poder político frente al poder económico no es a
partir de construir a un personaje que se enfrente a un sistema de poder
económico: es construyendo todo un sistema institucional que le dé robustez a
ese poder político. De otra manera, lo que intenta hacer se van a quedar en
declaraciones y actitudes personales, no en cambios institucionales”.
Yo he escuchado exactamente las
mismas preocupaciones entre simpatizantes de Morena; incluso de miembros de
Morena. Exactamente las mismas observaciones. Es una preocupación de muchos que
Andrés Manuel base su Presidencia en él, y no en instituciones robustas. ¿Qué
pecado hay en eso? ¿No nos sirve, a todos, tenerlo claro y estar atentos? ¿No
le sirve ese texto incluso a Morena y al Presidente electo para mejorar o al
menos para pulsar a un segmento de la sociedad que tiene sus dudas y
preocupaciones?
La reacción, sin embargo, fue atacar
al mensajero (Álvaro) y acusar a Proceso de “medio chayotero”. Siendo
crítico (y no es mi intención darle lecciones a nadie), a la portada le faltó
la atribución: un “dice Diego Valadés que…”; lo mismo que en la cabeza de interiores;
no es la más correcta. Se les fueron tres o cuatro afirmaciones sin atribución.
Y somos gente que no lee los textos y se queda en las cabezas y en las fotos.
Pero el texto no tiene problema. Es Diego Valadés y ya. Critica a AMLO y ya. Es
Álvaro Delgado entrevistando a Diego Valadés y ya. Los medios y las voces
críticas robustecen la democracia.
Pero si Proceso es ahora un “medio chayotero”
o un “medio traicionero” porque critica a AMLO, ¿entonces los no-chayoteros
serán los que, por oficio, se pongan a los pies del nuevo Jefe del Estado
mexicano, como lo hicieron con Fox, con Calderón y con Peña? ¿Ese es el tipo de
medios que aplaudirán? Si es así, pues vamos de reversa. Qué sigue, ¿no dejar a
Álvaro entrar a Palacio Nacional y castigar a la revista con la publicidad
oficial, como lo hicieron casi todos los presidentes desde Luis Echeverría?
¿Por eso no han tirado la Ley Chayote, para usar otra vez la publicidad como
garrote y zanahoria? ¿Prefieren medios afines que cierren la boca y extiendan
la mano?
Hay un
malentendido. Los medios críticos
mantuvieron una agenda que se volvió reclamo social, y que sirvió para
concientizar sobre la necesidad de un cambio. La escandalosa corrupción durante
el Gobierno de Enrique Peña Nieto; la violencia desenfrenada, que empezó con
Felipe Calderón Hinojosa; la entrega de sectores estratégicos de México (con
Vicente Fox, desde antes y después de él) a corporativos depredadores y
abusivos (energía, agua, extractivas, alimentos); el incremento de la pobreza y
de la desigualdad, así como la resistencia a la transparencia y a la rendición
de cuentas, fueron temas de los medios independientes en estos años e incluso
de organizaciones civiles de todos calibres. Y sí, en algún momento una parte
de esa agenda empató con la oferta de López Obrador.
Esa agenda
de los medios críticos, que ignoraron
los aliados del actual Gobierno (y que fueron los grandes beneficiarios de los
60 mil millones que Peña repartió entre ellos), ¿debe cesar? Es decir, ¿esperan
que Proceso y otros medios (el mismo SinEmbargo, o Carmen Aristegui) abandonen
los señalamientos de corrupción, de violencia, de pobreza y desigualdad? ¿Debe,
la prensa crítica, dejar de hablar de los riesgos para el país si López Obrador
concentra el poder en él y no en las instituciones (la portada de Proceso)?
¿Debemos dejar de lado a las víctimas y no hablar de ellas porque hay una
esperanza de que un nuevo Gobierno las escuche? ¿Debemos dejar de hablar sobre
las mujeres vulneradas, sobre los corporativos que se están comiendo pueblos
enteros; que se chupan el agua y que explotan los bienes no renovables sin
beneficio alguno para la gente? ¿Deben los periodistas dejar de hablar de
corrupción durante los siguientes seis años? ¿Deben dejar de investigar porque
simplemente “ahora ya no habrá corrupción”?
Allí está el
malentendido. Los medios críticos lo
fueron con Peña, y lo serán con López Obrador. Eso es lo que habrá y es lo que
los ciudadanos deberían reclamar: que mantengan su independencia. Por bien de
la República. Porque al mismo tiempo, los medios agachones con Peña serán
agachones con López Obrador porque allí está su negocio; viven de ser paleros y
de recibir, a cambio, grandes tajadas de la publicidad oficial. Sin medios
críticos, la República no respira. Debe alentarse la crítica y deben cesar los
ataques a los mensajeros, como en este caso a Proceso y a Álvaro Delgado. La
revista no traiciona a nadie porque, supongo, no era “aliado” de nadie: esa ha
sido su labor durante décadas. Censurar una portada crítica no le hacen bien a
nadie: ni al nuevo Gobierno, ni a los proyectos para una nueva Nación.
No es fácil para la prensa
independiente mantenerse a flote. Se los digo: no es fácil. Se hacen muchos
sacrificios personales y de grupo que se recompensan, con creces, cuando se puede
hablar con libertad y sin ataduras. Pero cuesta mucho ser críticos: o qué, ¿se
han preguntado por las que pasan reporteros, editores, directivos de un medio
vetado por el Gobierno? La nueva administración debería entenderlo más que
ninguna otra: estará formada por individuos que suman décadas de lucha, de
ataques constantes muchas veces pagados con dinero público. Saben lo que es ser
opositor. Y es esa oposición la que, en momentos de angustia, da esperanza al
país. Ellos lo saben.
Este grupo político que está por
asumir todos los poderes, que ha sido víctima de la persecución, sabe el valor
de la prensa crítica. Se ha beneficiado de la prensa crítica, para bien. Repito lo que dije en un texto
anterior: si AMLO y su gente saben que
estarán expuestos a la crítica, y que les llegará mucha, deben discernir la que
puede serles útil de la que trae veneno. Y aceptar una y atajar la otra. Deben
entender que habrá muchos críticos que buscarán ponerle el pie, y otros que
quieren, simplemente, lo mejor para la República. Sí: lo mejor para la
República.
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