Jorge Javier
Romero Vadillo.
Hace un par
de días circuló en los medios y en las redes una noticia de escándalo: el
abogado del Chapo declaraba, en una sesión previa al inicio formal del proceso
contra su cliente, que Felipe Calderón había sido sobornado por Guzmán Loera
cuando era presidente de la República para que le garantizara impunidad.
Imagino que nadie en su sano juicio ha tomado los dichos del defensor del
presunto capo como una prueba de culpabilidad de Calderón. La mayoría de la
gente sensata presumirá que el ex Presidente es inocente de esa gravísima
acusación, en tanto que no surjan pruebas contundentes.
¿Qué ocurriría, en cambio, si a
Felipe Calderón se le aplicara –como ha sugerido con sorna Catalina Pérez
Correa– el régimen especial que él mismo estableció, con el apoyo de los
legisladores de casi todos los partidos, en la Constitución y en las leyes penales
para los sospechosos de delitos de narcotráfico? De inmediato, después de la
acusación, se le hubiera podido someter a arraigo sin la obligación de ser
presentado ante un juez hasta por 80 días, mientras el ministerio público
hiciera el acopio de “pruebas”, las cuales podrían incluir declaraciones del
sospechoso obtenidas bajo tortura, ya que en ese régimen especial el contenido
de la averiguación previa tiene carácter de prueba plena. Una vez concedida la
formal prisión por un juez, se le podría encarcelar en una prisión de máxima
seguridad, alejado de su familia, se le impondrían medidas especiales dentro de
la prisión, no podría hablar en privado con su defensa, se le incomunicaría,
podría aplicársele la extinción de dominio de sus propiedades sin juicio y muy
probablemente estaría varios años en la cárcel antes de que siquiera empezara
su proceso penal ante un tribunal.
Este régimen de excepción es una
parte nodal de lo que Antonio Barreto y Alejandro Madrazo han llamado los
“costos constitucionales de la guerra contra las drogas”, pues ha deformado el
núcleo garantista de la Constitución hasta eliminar un principio básico de todo
sistema penal que se considere legítimo: la presunción de inocencia. Si,
supongamos, un presidente vengativo le diera la instrucción a un fiscal
nombrado a modo de perseguir con esa base Calderón, este recibiría una sopa de
su propio chocolate, pues con base en delaciones de testigos protegidos o de
presuntos delincuentes a la búsqueda de un trato benevolente se han arraigado a
cientos de personas, sin pruebas sólidas que los incriminaran, y han sido
encarcelados en condiciones tremendas sin que el ministerio público presentase
un caso sustentable ante la judicatura.
Hoy Calderón puede reclamar con
justicia su presunta inocencia y por su posición difícilmente alguien se la va
a negar. A menos que hubiere una decisión política, ningún agente del
ministerio público federal le abrirá una averiguación ni ningún juez le
declarará formal prisión. Sin embargo, debido a su guerra
contra las drogas y a su legislación contra la delincuencia organizada, la
mayor parte de quienes son acusados sin pruebas de pertenecer a una
organización delictiva no cuentan con ese privilegio, con esa ley privada que
favorece a los poderosos, pero que no es aplicable a quienes no pueden comprar
las protecciones particulares necesarias para que el Estado no se ensañe con
ellos.
Para ver de manera bien documentada y
estupendamente narrada cómo este régimen puede ser usado de manera discrecional
contra personas inocentes vale la pena leer Una novela criminal, de Jorge
Volpi. La discrecionalidad con la que actúan en México los cuerpos de seguridad
el Estado, el ministerio público y los jueces queda expuesta de manera
descarnada en esa novela sin ficción. Abusos, torturas, montajes para crear
climas de opinión, falsificación de pruebas y de testigos, iniquidad en los
juicios. Esas son las características de todo el sistema de justicia penal
mexicano que se potencia bajo el régimen de excepción impulsado por Calderón.
La falta de presunción de inocencia
de nuestra justicia penal, por más que se suponga su existencia como base del
nuevo sistema acusatorio, no solo resulta en gravísimas violaciones de los
derechos humanos, sino que sirve para perpetuar su ineficacia, su
arbitrariedad, sus altos grados de impunidad y su extremada politización. Las
policías y el ministerio público no sirven realmente para investigar y llevar a
juicio a los delincuentes, sino para simular el cumplimiento de metas,
satisfacer las necesidades de los políticos, para vender protecciones
particulares y para hacer favores a los poderosos. En el caso del supuesto
combate a la delincuencia organizada estos rasgos se potencian por las
condiciones de excepción descritas, sin que realmente sirvan para reducir la
oferta de drogas ni para combatir los delitos depredadores, como el secuestro o
la extorsión. En la realidad lo que tenemos es un sistema abusivo e ineficaz y
que se presta a la simulación y al uso faccioso.
El régimen especial para la delincuencia
organizada creado por Calderón, y al que se le ha sumado últimamente la infame
Ley de Seguridad Interior que probablemente hoy declare inconstitucional la
Suprema Corte, debe desaparecer. En cambio, lo que resulta indispensable es la
creación de una Fiscalía realmente autónoma, profesional, bien capacitada, que
rinda cuentas de manera transparente y auxiliada por cuerpos policiacos
igualmente profesionales y transparentes. La legislación basada en una supuesta
mano dura contra el crimen ha demostrado ya su fracaso completo, por lo que
sería un error tratar de fortalecerla con penas más severas o con
endurecimiento frente a ciertos delitos. Solo la reconstrucción democrática y
garantista del sistema de procuración de justicia podrá frenar el desastre de
derechos humanos, la atroz violencia y la impunidad generalizada que hoy
caracterizan a México.
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