Francisco
Ortiz Pinchetti.
Se
equivocaron rotundamente quienes supusieron que era imposible una alianza
electoral entre fuerzas políticas de signo supuestamente contrario, como PAN y
PRD. Nos equivocamos también quienes consideramos no sólo factible sino
deseable la formación de un frente opositor plural integrado por partidos,
organizaciones sociales y ciudadanos cuyo objetivo inmediato fuera ganar la
Presidencia de la República y el Congreso, pero que apuntara mucho más allá del
éxito electoral hacia la instauración por primera vez en nuestra historia de un
gobierno de coalición en torno a objetivos claros, factibles y elementales, que
le diera vialidad a este país a partir de un cambio de paradigmas.
En lugar del
Frente Ciudadano por México tenemos en efecto una coalición electoral ya
oficialmente constituida entre Acción Nacional, el Partido de la Revolución
Democrática y Movimiento Ciudadano (MC) que puede ser sin duda competitiva en
la contienda presidencial de 2018; pero no cuajó la idea original del Frente
opositor de ser la semilla de un gobierno de coalición, porque los
protagonistas fueron incapaces de asumir la generosidad que ameritaba tamaña
empresa, y porque finalmente prevalecieron los cotos de poder y los intereses
políticos personales de cada quién.
Quizá en un arranque de vergüenza,
los fundadores de la alianza decidieron quitarle hasta en el nombre el carácter
de ciudadano, para dejarlo en un galimatías denominado Por México al Frente.
Hasta ahora nadie nos ha explicado el motivo de esa extraña denominación, que
parece más bien ser una manera de rehuir el compromiso que finalmente fue
traicionado.
La coalición electoral nació además
marcada por vicios tan arraigados en la cultura política priista como son el
dedazo, el destape y la cargada o los acuerdos en lo oscurito. El Frente estuvo
a punto de no llegar siquiera a una coalición partidaria debido a la soberbia y
la intransigencia del dirigente panista Ricardo Anaya Cortés. El controvertido
queretano no solamente se adueñó del PAN y se despachó a sus anchas con los dos
millones de spots promocionales del mismo, sino que utilizó los recursos y la
estructura del partido para construir su candidatura y finalmente imponerla.
Para decirlo
pronto, Anaya Cortés agandalló la
candidatura colegiada mediante la amenaza de romper la coalición e ir como
candidato presidencial panista a la contienda. Sus abusos y su resistencia
a dejar la presidencia de su partido para no ser juez y parte de la contienda
interna –lo que obligó a Margarita Zavala Gómez del Campo a dejar el partido
después de 33 años de militancia—pusieron en grave riesgo de ruptura al
instituto político fundado por Manuel Gómez Morín.
Al asumir su auto destape, Anaya
Cortés intentó un deslinde de los ex presidentes Vicente Fox Quesada y Felipe
Calderón Hinojosa,
que además de resultar burdo y grotesco, nada debe haberles gustado a los
propios panistas. Al grandote
guanajuatense lo acusó de no haber respondido a las expectativas de su arribo
al poder al dejar “prácticamente intacto” el sistema corporativo y clientelar
del PRI. “No cambiamos el régimen”, dijo. De Calderón Hinojosa aseguró que “sin
una estrategia clara y eficaz se disparó la violencia hasta alcanzar niveles
francamente insospechados, detrás de esa violencia hay enorme sufrimiento y
tragedias humanas” y que, aunque hubo avances, de nuevo, “no cambiamos el
régimen”.
Al hacer
esos señalamientos, el hoy precandidato único cayó en incongruencias evidentes.
Se le olvidó que su principal asesor, Santiago Creel Miranda, fue el secretario
de Gobernación de Fox Quezada durante cinco años y que a él habría
correspondido básicamente ese desmantelamiento del sistema corporativo y clientelar
priista que ahora reclama. También, que trabajó –y cobró– con Calderón Hinojosa
como subsecretario de Turismo y que el michoacano a quien ahora incrimina lo
hizo secretario general del PAN y diputado federal en 2012. Y que, durante todos esos doce años de gobiernos
panistas, el Niño Maravilla estuvo calladito calladito.
Habrá que
reconocer en cambio que en el sainete que precedió al parto, el más congruente
de los personajes que en él participaron fue, con perdón de sus muchos
detractores, Miguel Ángel Mancera Espinosa, que hizo hasta el final todos los
esfuerzos posibles porque el Frente, del que fue primer impulsor, respondiera a
su concepción original y la nominación de su candidato presidencial se diera a
través de un procedimiento mínimamente democrático.
Es posible
que no todo esté perdido y que finalmente la incorporación de organizaciones
civiles y de ciudadanos, si se da, rescate al menos parcialmente el espíritu
original del proyecto pisoteado por Anaya Cortés. México merece la oportunidad
de ensayar nuevas formas de ejercer el poder, más allá del reparto del botín
que hasta ahora ha significado detentarlo. El gobierno de coalición a partir de
una fuerza plural que ganara la Presidencia de la República y el Congreso de la
Unión era una fórmula esperanzadora que por ahora quedó reducida, otra vez, a
un pacto electoral.
Por lo
pronto, llegado el embarazo “a término” –como decían los ginecólogos de antaño–
los plazos legales obraron en favor del dirigente panista. Mancera Espinosa
acabó por declinar su eventual precandidatura y sólo la generosidad relativa
del PRD (a cambio de una tercera parte del pastel de candidaturas federales y
de tres candidaturas a gobiernos estatales, además de la de la Ciudad de
México) salvó al Frente del aborto. El chamaco venía atravesado y hubo que
sacarlo a como diera lugar.
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