Javier Risco.
Cuánta razón
tiene el politólogo Gibrán Ramírez Reyes cuando
dice que “no ha sido Enrique Peña Nieto un presidente que ame las palabras. A
veces, incluso, las atropella con saña”. Hace un par de días, en una entrevista
con la periodista Denise Maerker, hizo gala de su acotada visión, en lo que
fue, tal vez, su última entrevista en cadena nacional en horario estelar.
Se comportó temeroso, inseguro,
vacilante, como quien sabe que la memoria de un país lo tratará mal. Cuando Maerker le preguntó cómo
quería ser recordado, el Ejecutivo saliente llenó el tiempo con palabras
obvias, con enunciados carentes de legado: “Mira, el saber como Presidente que
le cumplí a México, que le cumplí y cumplí con mi deber y tarea. Me vas a
obligar a decirte la diferencia entre haber sido gobernador del estado y ser
Presidente de la República; yo pensé en aquel entonces algo que podía
parecerse, pero que simplemente era un tema de escala y de dimensión, gobernar
un estado o gobernar todo el país, y sí es muy diferente, no se parece, o se
parece muy poco, en algo quizá, pero el nivel de responsabilidad que tiene un Presidente
sobre lo que le ocurra a un país, sí depende en mucho de las decisiones que
tome el Presidente de la República, y decisiones que muchas veces no son
cómodas ni populares”. Y bueno, así será recordado en sus propias palabras,
como alguien que nunca supo comunicar los logros y que se mostró evasivo al
momento de enfrentar la crítica y las adversidades. Un hombre que fue criado
para llegar a Los Pinos, pero que demostró no saber qué hacer estando ahí.
Alguien que no tiene claridad, ni en las últimas semanas, de expresar algún
triunfo presidencial.
El tono de
la conversación se conoce a medias. Por cuestión de tiempo en televisión, la
entrevista debió de ser editada y son evidentes los cortes en los silencios y
las transiciones de un tema a otro; sin
embargo, este último acercamiento con el espacio más visto a nivel nacional
sirvió para confirmar que su miopía en los temas como Ayotzinapa o la casa
blanca, hicieron imposible la reparación de la confianza ciudadana.
El perdón más importante de la entrevista
no fue por la incapacidad de una Procuraduría General de la República, que
siempre le falló,
no, de lo único que se arrepiente es de
haber obligado a su esposa Angélica Rivera a dar una explicación por el
conflicto de interés de la casa blanca, de nada más. Un conflicto que sigue sin
asumir como conflicto, pero en el que resbaló admitiendo su participación en la
adquisición de la propiedad “como matrimonio” junto a Angélica.
Su
descontento es evidente: hace menos de
72 horas, Andrés Manuel López Obrador le ha dejado claro que su reforma más
importante –calificada así por el propio Ejecutivo– será borrada. Quizá por eso
no supo decirse orgulloso de nada. En otras entrevistas preelectorales,
cacaraqueó siempre las “reformas estructurales” como aquello que logró para
México. Hoy, ni de eso quedará huella. Durante seis años construyó algo que se
derrumbó ante sus ojos en Palacio Nacional, y en la entrevista no pudo ocultar
su tristeza. Para él es una batalla perdida, que no puede ni quiere luchar.
Es una
entrevista mucho más sobre su derrota siendo Presiente que sobre un corte de
caja gubernamental propicio para presumir algo… lo que fuera… no lo tiene.
En menos de una semana comienzan los
spots de su último informe; hemos transitado de no ser capaces de ver “las
cosas buenas que casi no se cuentan”, a hacernos creer que “las cosas buenas
cuentan y siguen contando”. ¿Cuál será el slogan de despedida?
En materia de corrupción, admite la
insuficiencia de una estrategia. Aunque el PRI y su gobierno aún tenía la
captura de Javier Duarte como una de las pocas cosas con qué revirar cuando se
les tilda de dejar esos casos en la impunidad… horas después de la entrevista,
con la PGR reclasificando el delito de Duarte y casi abriéndole la puerta.
Hasta en eso está derrotado.
Enrique Peña ya casi es un recuerdo
borroso en la silla presidencial. De él se recordarán burlas y errores, chistes
y tragedias… la debacle de su partido, los 43 desaparecidos… pero de él, de sus
decisiones, de un legado para el país que deja con más de 100 mil muertos,
quedará sólo un mal sabor de boca con palabras vacías.
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