Jorge Javier
Romero Vadillo.
El futuro
gobierno, en actividad frenética casi desde el día siguiente a las elecciones,
ha organizado una serie de foros sobre la pacificación y la reconciliación
nacional para, según dicen, diseñar una política de seguridad de abajo hacia
arriba y de la mano de la gente. De primera impresión, se trata de un trasunto
de la vieja práctica de los tiempos del IEPES, el antiguo instituto de estudios
políticos del PRI, que organizaba pasarelas para que todo mundo hablara sin que
nadie en realidad escuchara nada y después se elaboraran documentos que decían
lo que de antemano iban a decir, pero que nadie leía ni seguía. Ejercicios
catárticos que suelen ser meras simulaciones para pretender la inclusión de
voces diversas en la elaboración de políticas cuando no simplemente servían de
escenario para justificar las decisiones tomadas.
Gobiernos
van y gobiernos vienen y todos organizan foros sobre los temas más variados en
los cuales lo único que realmente se escucha son los discursos inaugurales del
candidato, el presidente en turno o alguno de sus secretarios que tiran la
línea a seguir sobre el tema discutido. Los periodistas, que conocen bien la
trama, suelen irse después del protocolo, lo mismo que las “personalidades”,
mientras en el transcurso de las mesas de trabajo solo se quedan algunos
incautos y los ponentes esperanzados en que alguien escuche sus sesudas
reflexiones.
Sin embargo, no todo fue como siempre en el primero de
los foros sobre pacificación y reconciliación, que se llevó a cabo el marte en
Ciudad Juárez. Si bien ocurrió que los periodistas solo se interesaron en el
discurso de López Obrador, de Olga Sánchez Cordero y en las fotos del próximo
presidente con Javier Corral y, como suele ocurrir, la audiencia mermó
sustancialmente cuando se fueron los jerarcas y empezaron las intervenciones de
los ponentes de a pie, la sed de escucha de las víctimas de la violencia,
esperanzadas en que el próximo presidente tome en cuenta sus tragedias, le dio
un tono de especial dramatismo al ritual. Y la fuerza con la que se abrió paso
el tema de la ley de seguridad interior, que no había sido considerado en el
diseño original del debate, mostró el grado de malestar existente frente a la
estrategia de militarización de la seguridad en la que el país se encuentra entrampado
desde hace doce años.
Ojalá y la gente del próximo gobierno
haya escuchado a las víctimas, tomado nota de los casos y saque un mapa
microscópico de la tragedia de la violencia, de manera que efectivamente se
nutra de esas experiencias el diseño macro de la estrategia de paz, de la cual
apenas si se han visto los trazos gruesos. Vamos a ver si es cierto que son
capaces de abordar el asunto de la violencia y la inseguridad con un nuevo
enfoque, que tome en cuenta estos doce años de fracasos y se proponga la
construcción de un modelo de seguridad ciudadana basado en los casos de éxito
conocidos y en la experiencia internacional, pero que renuncie a las prácticas
que desprecian los derechos humanos, las cuales pueden dar resultados de corto
plazo, pero acaban por tener costos sociales inconmensurables.
El clamor contra la Ley de Seguridad
Interior, escuchado en el foro de Ciudad Juárez, debe ser tomado en cuenta por
el próximo gobierno. La militarización ha sido una estrategia fallida, pues sus
discutibles éxitos han sido pírricos y existe evidencia atendible de su alto
costo social, su ineficacia en el mediano plazo y el daño enorme que le ha
hecho al necesario proceso de reconstrucción del Estado sobre la base del orden
jurídico.
No faltan quienes siguen defendiendo
la intervención militar indiscriminada, sin plazo y sin estrategia de
construcción de los cuerpos civiles de seguridad del Estado que, con
transparencia y eficaz rendición de cuentas, se encarguen de reducir la
violencia y sostener la convivencia pacífica, como corresponde a una verdadera
democracia constitucional. Para estos apologistas de la estrategia de
despliegue de las fuerzas armadas, hay casos de éxito, como la disminución de
la violencia homicida que siguió a la destrucción de los Zetas por parte de la
Marina entre 2011 y 2013. Más allá de lo efímero del resultado, el costo social
de aquellos operativos se sigue sintiendo cuando se abren las fosas y se
recuentan los desaparecidos. La fuerza del Estado solo es legítima cuando se
hace de acuerdo con la ley, no cuando actúa con una lógica similar a la de la
delincuencia. La paz permanente no puede basarse en la lógica del exterminio.
Así, cualquier proceso que implique un cambio de
rumbo debe partir de la abrogación de la Ley de Seguridad Interior, que no es
otra cosa que la institucionalización de la militarización, y su sustitución
por un ordenamiento de carácter transitorio que establezca criterios claros
para el retiro de las fuerzas armadas de las tareas de seguridad y para la
construcción ordenada del entramado de organizaciones estatales de seguridad
civil encargadas de hacer cumplir la ley, empezando por sus propios
procedimientos.
Cuerpos de Estado, capacitados
técnicamente, profesionales, despolitizados, que no dependan de los ciclos
políticos y que trasciendan las alternancias partidistas. Que rindan cuentas y
transparenten sus procedimientos y que se arraiguen en la sociedad como
servidores de la comunidad, no como sus extorsionadores o sus enemigos. Se
trata de construir una presencia estatal como la que nunca hemos tenido en
México, que se diferencie claramente en sus servicios de protección de lo que
puede ofrecer el crimen organizado: que proteja a todos y no solo a los que
pagan de manera privada por sus servicios, que no extorsione y que no ejerzan
la violencia sin un claro mandato plenamente justificado por la legalidad.
El Estado debe ser el principal
instrumento de reducción de la violencia y de ordenación de la convivencia.
Para ello tiene que dejar de ser un mecanismo de depredación en sí mismo, pues
solo así se puede diferenciar su acción de la de los delincuentes. Frente a la
barbarie homicida de los criminales, el Estado debe ofrecer una seguridad
arraigada en la ciudadanía, una seguridad sin guerra. La próxima secretaria de
Gobernación parece entender esto con mucha claridad. Veamos si logra
convertirlo en el eje de acción del próximo gobierno.
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