Martín
Moreno.
¿Quién es realmente Andrés Manuel
López Obrador?
Aun ya investido como presidente de
México, su personalidad encierra, para millones – seguidores o no seguidores-,
una incógnita que todavía intentan descifrar.
Amado u odiado. Adorado o aborrecido.
Endiosado o crucificado.
Más allá de fanatismos cegadores o de
odios esquizofrénicos, intentemos, bajo las herramientas de los hechos y del
análisis equilibrado, intentar hacer una radiografía de AMLO, justo ahora: en
la semana en la cual arranca como Presidente.
Tratar de
descifrarlo, pues.
A juicio de
esta columna, son 7 los rasgos que hasta
hoy han definido la personalidad del Presidente entrante y, por tanto, que se
reflejarán, a querer o no, en lo que Daniel Cosío Villegas definía sabiamente
como “el personal estilo de gobernar”:
TRASCENDER
EN LA HISTORIA (CONSULTAS). A AMLO le
obsesiona aparecer en un lugar privilegiado de la historia, junto con Juárez,
Madero y Cárdenas. Codo a codo. De ahí su obsesión respecto a las consultas
ciudadanas que, aun sabiendo el propio AMLO que carecen de validez legal y
jurídica, tienen un propósito supremo: que a futuro, cuando se hable del ex
presidente López Obrador, se le recuerde como el único Presidente que sí
consultaba a los mexicanos en sus decisiones importantes. Es lectura errada
cuando algunos advierten que las consultas son un pretexto para echarle la
culpa a los ciudadanos si el proyecto falla. No es así. Se trata de una misión
histórica de AMLO para trascender en la historia: de la mano del pueblo
acompañándolo en sus consultas. Simbolismos: Juárez y las Leyes de Reforma.
Madero y el sufragio efectivo, no reelección. Cárdenas y el petróleo. AMLO y la
democracia participativa.
OBSESIVO. Como reportero de la revista Época, fui
enviado a Tabasco para cubrir, en 1996, los bloqueos encabezados por AMLO en
caminos de pozos petroleros. Minutos antes de que fuera golpeado por federales
y granaderos, hablé con él sobre la brecha: ¿Tiene miedo? “No”, me respondió
con un esbozo de sonrisa. Se acercaban los policías. Ya estaban a unos cuántos
metros. ¿No se va a quitar? No, me dijo, mirando de frente, retador, a los
policías. Cierto: ni en su mirada ni en su postura percibí, en algún momento,
un rastro de temor. Aguantó los golpes. Le abrieron la cabeza. Cayó. Se
levantó. Se sacudió el polvo. Se limpió parte de la sangre que le cubría el
rostro. Siguió dando entrevistas. Así, cuando lo vemos insistir en algo, no
dudemos: no se cansará hasta conseguirlo. (De ahí, el muy de moda “me canso,
ganso”). Esta indudable obsesión – terquedad es una punta de doble filo: si
bien podría ser garantía para alcanzar objetivos, también se perfila como una
intolerancia que no escucha ni acepta otros escenarios. (Allí está el NAIM
Texcoco, un caso cada vez más complicado y de alto riesgo, tanto en lo
financiero como en la imagen del nuevo gobierno).
AMLO NO ES
CHAVISTA…SUS FIELES SÍ. En reuniones
privadas, AMLO ha rechazado algunas formas de gobernar que tuvo Hugo Chávez en
Venezuela. “No me interesa”, ha dicho. Así que México estará muy lejos de ser
Venezuela. Empero, si bien AMLO no es proclive a pasar a la historia como un
Hugo Chávez, millones de sus fieles sí son fanáticos y eso los hace peligrosos.
No aceptan ningún cuestionamiento a AMLO, a quien llaman “mi Presidente”. Ese
fanatismo desbordado de algunos colaboradores y fieles a la llamada IV
Transformación, abona aún más a la abierta e innegable lucha social que hoy
vivimos entre lo bautizado como chairos vs fifís. En realidad, han sido las
huestes de ambos bandos, más que el propio AMLO, quienes se han encargado de
polarizar el debate y llevarlo a un plano simplista y radicalizado de buenos vs
malos en el debate nacional.
AUSTERO
VERDADERO. Cuando enarbola la bandera de
la “austeridad republicana”, AMLO lo hace no como un lema político, sino como
un asunto de convicción personal. Siempre ha sido así, no solamente ahora. El
ejemplo claro está en su llegada al Congreso el domingo pasado: mientras Peña
Nieto arribó rodeado de camionetas blindadas y a bordo de una de ellas, AMLO lo
hizo en su austero Jetta blanco. Ese es el simbolismo. Una más: cuando era jefe
de Gobierno capitalino, llegaba antes que todos, sacaba su propio bote de
basura y desechaba su contenido. No esperaba a que llegara el personal de
limpieza. No suele usar trajes caros ni relojes onerosos. Nunca ha vivido en
mansiones. Jamás se ha jactado de su dinero. Acostumbrémonos, pues, a 6 años de
austeridad predicada y practicada.
IV
TRANSFORMACIÓN. Seamos claros: AMLO no
va por un cambio de gobierno, sino por un cambio de régimen, en el sentido de
sacudir y modificar las estructuras, modos y costumbres del gobierno federal y
de su relación con los poderes estatales. “No estoy de adorno”, advierte, y esa
frase común encierra un simbolismo: Andrés Manuel quiere realmente imponer un
nuevo régimen para pasar a la historia como el gran transformador de México
mediante su punta de lanza: la IV Transformación. AMLO encarna esa cuarta
transformación, precedida por la Independencia, las Leyes de Reforma, la
Revolución y ahora, bajo su gobierno, alcanzar la IV Transformación de la cual
ya hemos visto algunas pinceladas: gobierno austero, separar el poder económico
del poder político, Presidente mezclado con los ciudadanos, etc.
GOBIERNO
ITINERANTE. Desde sus juventudes, AMLO
ha aborrecido las oficinas. Le incomodan dos cosas: la formalidad de la
burocracia y rodearse de políticos tradicionales. Por ello, su promesa de no
ser un Presidente de oficina hay que tomarla muy en serio. Frecuentemente lo
veremos en giras a estados y en recorridos a pie en ciudades y poblaciones.
Cierto: todos los presidentes lo han hecho. Sin embargo, la diferencia será de
fondo: AMLO seguirá viajando en vuelos comerciales, como cualquier ciudadano.
Hará la brecha en medio de la gente, sin vallas (inclusive, ya fueron retiradas
afuera de Palacio Nacional). Cuando AMLO dice “yo ya les pertenezco”, no es
frase espontánea: en realidad, se cree parte del pueblo y así se empeña en
demostrarlo.
EJÉRCITO. Cuando se esperaba que la relación entre
AMLO y las Fuerzas Armadas fuera tensa y ríspida – desde siempre AMLO ha
fustigado al Ejército y en no pocas ocasiones lo incluyó en un discurso de
criminalización, mientras en el gobierno de Peña Nieto los secretarios de la
Defensa y Marina tuvieron el desatino de lanzarse públicamente en contra de
AMLO candidato por el tema de la amnistía-, sucedió entonces lo inesperado: el
nuevo titular de la Sedena, Luis Cresencio Sandoval, se montó en las redes
sociales y mediante su cuenta de TW, definió: “Nuestra razón de ser es el
#Pueblo, porque de él provenimos, a él servimos y a él defendemos”. Aún más:
Sandoval escuchó de frente a los padres de los desaparecidos de Ayotzinapa, y
convivió con ellos, lo que jamás ocurrió con el anterior secretario de la
Defensa, el mal encarado y vociferante Salvador Cienfuegos, quien degradó el
cargo al convertirse, en plena campaña presidencial, en vulgar matraquero del
PRI. Hoy, parece que la relación Ejército-ciudadanos marchará por otros
senderos, lo cual es consecuencia indiscutible del personal estilo de gobernar
de AMLO.
Escudriñar a
AMLO no es fácil. Es un personaje
complejo. De hecho, diseccionar y tratar de entender a los hombres que han
ejercido el poder durante los tiempos (Churchill, Kennedy, Castro, Obama, por
mencionar algunos), ha sido, para muchos, una tarea fascinante. Hoy por hoy,
nos toca analizar rasgos, personalidad y corazón de quien nos gobernará por los
próximos seis años.
AMLO y su
personal estilo de gobernar.
Ahora, ya
está en el poder.
Ya lo iremos
conociendo mejor.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.