Por
Francisco Ortiz Pinchetti.
Julio
Scherer Ibarra, asesor jurídico del Presidente Andrés Manuel López Obrador, renunció
“por congruencia” al consejo de administración de la empresa editora del
semanario Proceso. Su dimisión revive el tema de la propiedad de esa
publicación fundada en 1976 por su padre, Julio Scherer García, al frente de un
nutrido grupo de ex cooperativistas de Excélsior expulsados del periódico meses
atrás por un golpe perpetrado desde la Presidencia de la Republica durante el
gobierno de Luis Echeverría Álvarez.
Scherer
Ibarra escribió una carta dirigida “a los lectores de Proceso” y publicada por
la revista en su más reciente edición. Pone en ella que dado su actual cargo en
el gobierno federal y “en congruencia con los valores irrevocables del
periodismo independiente y la absoluta libertad que definen a Proceso, he
decidido separarme de su Consejo de Administración”.
La verdad es
que en congruencia con el origen y la naturaleza de esa publicación Julito,
como se le conoce en el medio, nunca debió formar parte de su Consejo ni
detentar acción alguna.
De hecho, el
asunto de la propiedad de la empresa Comunicación e Información, S.A. de C.V.
(CISA) –sobre todo ante la inminencia de su retiro simultáneo ocurrido en 1996—
fue preocupación permanente del propio Scherer García, de Enrique Maza SJ y
sobre todo de Vicente Leñero Otero. La realidad es que ni ellos ni ninguno de
quienes fundamos el semanario y asumimos el compromiso original de nuestra
causa hicimos aportación económica alguna.
Más de una
vez me habló Vicente del riesgo de perder ese espíritu original y caer en una
rebatiña de intereses económicos. Temía un agandalle y no descartaba una
posible traición a los principios. “No hay ningún documento escrito que
consigne la verdadera naturaleza de la empresa, de la que nadie de nosotros es
dueño”, me decía. Y fue uno de sus afanes prioritarios durante meses conseguir
la elaboración y firma de ese documento. Él concibió la idea, convenció a
Scherer García de su conveniencia y redactó personalmente el texto que
finalmente firmaron los ocho integrantes en ese entonces del Consejo de
Administración.
El mismo
Leñero la leyó el viernes 4 de noviembre de 1994 ante todo el personal de CISA
(tanto el área periodística como la administrativa), durante una reunión
efectuada en el salón de usos múltiples de nuestro edificio administrativo de
Fresas 7. La Carta, como le llamamos, resultó a la postre un invaluable legado
del destacado novelista y dramaturgo, subdirector del semanario. Este es el
texto íntegro de ese documento, que aclara a cabalidad el tema de la propiedad
de Proceso:
Nunca será
admisible olvidar el origen. Nuestra revista Proceso y nuestra agencia CISA
(Comunicación e Información, S.A. de C.V.)
nacieron a raíz de un atentado. Fueron más bien la respuesta a un
atentado contra la libertad periodística.
Cuando en
julio de 1976 el gobierno de Luis Echeverría, valiéndose de un grupo de
ambiciosos consiguió expulsar del periódico al director general de Excélsior,
algunos de los trabajadores que salimos con él –convencidos de que el ataque al
director nos involucraba a todos los que creíamos en la independencia y en la
libertad del diario – decidimos fundar un semanario y una empresa periodística
donde pudiéramos seguir ejerciendo nuestro oficio.
Económicamente
partimos de cero. Sólo teníamos lo que desde entonces hemos llamado una causa:
la de desarrollar hasta sus últimas consecuencias esa libertad y esa
independencia –al margen de todo compromiso partidario, político, económico, personal– sin las cuales el periodismo no puede
manifestarse plenamente.
Una
convocatoria pública y las aportaciones morales monetarias de muchos
simpatizantes, permitieron reunir el capital básico de la empresa que bajo la
orientación del licenciado Jorge Barrera Graf fue dividido –de acuerdo con las
disposiciones legales de una sociedad anónima—
en acciones preferentes de la serie A y en acciones comunes de la serie
B.
La posesión
mayoritaria de esas acciones que irían creciendo con el tiempo dejaría el
control de la empresa en manos de un consejo de administración. Según el plan
original, sus integrantes tendrían el compromiso de marcar el rumbo de las
actividades, defender el proyecto de posibles infiltraciones o traiciones, y
mantener sobre todo el espíritu de nuestra tarea común.
Dado que
ninguno de los miembros del grupo había aportado dinero propio de ese capital
–o si lo había hecho fue con el espíritu de una donación— ninguno debería
sentirse dueño personal de las acciones. El capital pertenecía y sigue
perteneciendo desde entonces a todos los trabajadores en activo de la empresa,
independientemente de su cargo. Ser poseedor mayoritario de acciones A y
acciones B sólo ha significado –independientemente de lo que representan como
valor monetario ante la ley— ejercer una tarea de custodia del capital que
encarna nuestra causa. La causa es lo único que vale.
Así se
entendió en un principio y desde entonces los poseedores mayoritarios de
acciones, casi todos miembros del consejo de administración, de CISA y
Editorial Esfuerzo— empresa derivada de la primera pero formalmente
independiente–, se comprometieron a renunciar a los derechos económicos que
nominalmente poseían, cuando decidieran por cualesquiera razones renunciar a la
empresa.
Varios
poseedores mayoritarios de acciones fueron renunciando a lo largo del camino y
al irse no objetaron ser fieles al compromiso inicial: sin alegar derechos,
transfirieron “sus” acciones al consejo, y el consejo las asignó a nuevos
miembros que se comprometieron a mantener el espíritu original y actuar de
igual manera en caso de una renuncia personal.
Eso se ha
hecho en el transcurso de una breve historia y eso se continuará haciendo
mientras existan Proceso, CISA y Editorial Esfuerzo.
Esta carta
tiene por objeto confirmar, por escrito, el compromiso inicial. Quienes la
suscribimos, en nuestro carácter de poseedores mayoritarios de acciones A y B,
estamos convencidos de que la causa que anima nuestra tarea periodística parte
de un absoluto desinterés económico personal. El futuro económico de CISA y
Editorial Esfuerzo es un futuro económico para todos, no para unos cuantos. Se
traduce mensualmente, y con eso basta, a través de un salario que nos empeñamos
en que sea justo. El capital pertenece a
los trabajadores en activo, y si algún día –en un caso extremo— nuestras
empresas tuvieran que clausurarse, ese capital se repartiría proporcionalmente
de acuerdo con el sueldo entre el conjunto de los trabajadores de las áreas
periodísticas y de administración.
A eso nos
comprometemos al firmar esta carta. Y a eso se comprometerán quienes en el
futuro se vayan incorporando a este consejo de administración que pretende
definir y defender el espíritu original de nuestro trabajo.
Más que un
documento legal, este escrito es un documento moral. Un pacto entre nosotros
mismos. Una decisión animada por lo que ha sido y quiere seguir siendo el
espíritu de la empresa: servicio periodístico para la comunidad y satisfacción
íntima por ejercer el oficio que hemos ido aprendiendo a lo largo de nuestra
carrera en Proceso.
México,
noviembre de 1994.
Julio
Scherer García, Vicente Leñero, Enrique Sánchez España, Enrique Maza, Rafael
Rodríguez Castañeda, Carlos Marín, Froylán M. López Narváez y Elena Guerra
(firmas).
A lo largo
de los años, la transmisión de las acciones se cumplió cabalmente conforme al
acuerdo. Por ejemplo, cuando el también fundador Miguel Ángel Granados Chapa
dejó la dirección-gerencia, devolvió las acciones que tenía en custodia, las
que le fueron asignadas al reportero José Reveles Morado. Y cuando Pepe renunció al semanario, entregó
los documentos que le fueron encomendados. Y así sucesivamente.
Julio
Scherer Ibarra no ha trabajado nunca en Proceso. Durante algún tiempo dio una
asesoría externa a la empresa, pero jamás apareció en su nómina. A la muerte de
su padre, acaecida el 7 de enero de 2015, Julito “heredó” sus acciones y se
convirtió en presidente del Consejo de Administración de CISA. Conforme al pacto moral original –reiterado
en La Carta a 18 años de la fundación—, sin embargo, las acciones no son
heredables. Seguramente el hijo de nuestro fundador pudo esgrimir argumentos
jurídicos, válidos legalmente.
Moralmente, no. Nunca será admisible olvidar el origen, Vicente querido.
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