Por Pablo
Gómez.
El robo de hidrocarburos no ha sido
efecto de unas bandas delincuenciales que lograban eludir la vigilancia de la
autoridad. Ya se ha visto y comentado con amplitud. Es preciso, por tanto,
examinar el asunto desde el ángulo del Estado, su estructura y sus formas de
gobernanza.
El robo de gasolinas, así como de
otros muchos bienes públicos, es parte del funcionamiento del Estado corrupto y
sus maneras de gobernar a través de la corrupción directa y el reparto de
canonjías, fondos, bienes y resoluciones gubernativas, legislativas y
judiciales, a favor de personas con quienes se gobierna, funcionarios y líderes
de organizaciones sociales.
El huachicol es una expresión
radiografiada de ese Estado corrupto que ha existido en México desde los años
cincuenta del siglo XX. La organización estatal funciona mediante repartos, de
tal manera que se conforma un sistema de distribución de riqueza pública. Al
mismo tiempo, opera mediante la adjudicación de funciones en las cuales es
posible el cobro de sobornos.
Bajo este método de gobernar, la
corrupción baja hasta los eslabones más finos de la sociedad. Ya no sólo el
Estado es corrupto, sino que muchas personas entran en contacto con la
corrupción y de alguna manera admiten ese funcionamiento estatal.
No existe otro país en el que durante
lustros hubiera sido robada todos los días una gran parte del combustible hasta
el grado de construir un sistema. Hay muchos expendios que vendían más gasolina
robada que la recibida legalmente de Pemex. La corrupción oficial se convertía
en privada. Los expendedores recibían un grato descuento, pero tenían que
aceptar como algo normal y cotidiano que los funcionarios públicos siguieran
robando a la nación, sencillamente porque así eran las cosas.
Al mismo
tiempo, los transvasadores de los ductos
tomaban el combustible de válvulas y vías paralelas construidas o toleradas por
empleados y funcionarios de la paraestatal petrolera.
El producto ilegal de las ventas de
gasolina se tenía que repartir entre todos los integrantes de la industria del
huachicol.
El gobierno estaba al tanto con
detalles de ese saqueo, en el cual también participaba la policía.
El huachicol ha sido una actividad de
Estado.
Cuando se abran al público los
mecanismos ilegales imperantes en energía eléctrica y otros bienes y servicios
se verá que el problema no se ha limitado a Pemex.
El sistema político de la corrupción
que hemos llamado Estado corrupto no es un fenómeno circunstancial ni corresponde
a una u otra administración. Como parte integrante de la forma de gobernar, la
corrupción ha permeado todo el entramado político y el espacio público. No
existe ámbito en el cual la corrupción no se exprese de alguna manera y, por
tanto, por lo regular, es ampliamente conocida.
La tolerancia social a la corrupción
no sólo ha tenido su base en el reparto de beneficios y en las facilidades que
se otorgan, sino principalmente en la ausencia de un relevo en el poder que
tuviera como una de sus motivaciones justamente la de desmontar el Estado
corrupto. Ahora, por fin, tenemos un gobierno que asume, como parte relevante
de su programa, el acabar con la corrupción.
Las tareas políticas para superar el
Estado corrupto son muy grandes y diversas, pero todas deben cumplirse. Si no
fuera así, el aparato estatal volvería una y otra vez sobre sus mismos pasos,
aquellos métodos ampliamente conocidos y arraigados.
NO HAY
DERECHO DE FALLAR.
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