Por Ricardo
Ravelo.
Desde hace muchos años es público que
Petróleos Mexicanos (Pemex) ha sido un botín para los hombres del poder. Con
dinero de la paraestatal se financiaron campañas presidenciales, el saqueo no
tuvo límites durante los gobiernos priistas y panistas: los contratos
multimillonarios se asignaban a compadres, amigos y socios al iniciar un nuevo
sexenio.
Los amigos del presidente hacían y
deshacían en la orgía sexenal, una fiesta que todavía muchos quieren seguir, la
borrachera interminable a la que también eran convocados los más “connotados
periodistas, recibidos con maletines de dinero, alcohol y cocaína. Se cumplían
deseos de todo tipo, la voraz hambre de la carne no conocía topes.
Salvados
algunos de la droga, les quedó la
adicción a la corrupción y al dinero. Y ahí siguen.
PEMEX ES EL BOTÍN. LAS HISTORIAS SON
INTERMINABLES.
En el año
2000, Vicente Fox ofreció a los
mexicanos combatir la corrupción en todo el país. Fue su bandera como candidato
presidencial panista. Muchos mexicanos le creyeron y votaron por él, ávidos de
un cambio verdadero, el país entero vivió la calamidad de su gobierno, la
desastrosa corrupción lo devoró enseguida.
Tras ganar las elecciones
presidenciales, todo cambió. El sequito de asesores y los miembros del grupo
“Amigos de Fox” se comenzaron a frotar las manos para entrarle como tiburones a
los negocios el país.
En una
entrevista que me concedió en el año 2000 Rafael
Zarco Dunkerley –uno de los amigos cercanos de Fox que terminó confrontado por
diferencias con los negocios – denunció que antes de la toma de posesión del
primer presidente panista, en diciembre de 2000, se realizó una reunión en
Cancún, Quintana Roo.
La cita fue en un lujoso hotel. Ahí
acudieron, entre otros, Lino Korrodi y Fausto Alzati. El objetivo de la
reunión: ponerse de acuerdo para saquear a Pemex, determinar los negocios que
realizarían, los contratos y todo lo que significaba la empresa como botín para
los hombres que llegarían al poder.
Y las cosas se hicieron al pie de la
letra:
Fox
abandonó el discurso del combate a la corrupción y se sumó a ella: los hijos de
su esposa Matha Sahagún –los hermanos Bribiesca –se convirtieron en los dueños
de la empresa por seis años, tan intocables como impunes.
Su poder no tenía límites: se asegura
que en Pemex no se movía un sólo contrato si antes no era “palomeado” por
ellos, incluso Marha Sahagún, la madre, mantenía comunicación frecuente con el
entonces director de Pemex-Refinación, Juan Bueno Torio, por razones obvias:
tenía las llaves de los ductos y estaba ligado al transporte de combustibles,
negocio boyante. Desde entonces el robo ya era descomunal.
En los primeros seis años del sexenio
foxista todavía se comenzaron a vivir las consecuencias por el fracaso que
significó la reconfiguración de seis refinerías durante el gobierno de Ernesto
Zedillo. El consorcio chino Comproca –integrado por la empresa coreana Sunkyong
y la alemana Siemens – se hizo cargo de la “modernización” de algunas de ellas,
pero todo resultó un fiasco: altos funcionarios de la paraestatal se volvieron
multimillonarios con los contratos.
Un caso
gravísimo, por ejemplo, fue la acusación
que enfrentó Jaime Mario Willars, quien fue titular de Pemex-Refinación en
tiempos de Zedillo y permaneció en Pemex un tramo del gobierno de Fox. Este personaje fue acusado de traición a la
patria. La razón: –Comproca llevó a Pemex a un juicio
internacional ante la Corte Internacional de Comercio (CIC), con sede en París,
para que la paraestatal fuera castigada con una suma descomunal. Si Pemex
perdía, todos ganaban. La empresa estatal perdió el juicio. Los abogados de
Pemex y de Comproca trabajaron como un sólo equipo en la estrategia de fraguar
la derrota de Pemex.
En enero de
2012, la CIC falló en contra de Pemex:
la empresa petrolera mexicana fue condenada a pagar 330 millones de dólares.
Comproca argumentó fallas en el cálculo de inversión y exigió más recursos de
lo presupuestado, sobre todo para concluir el ducto de 800 kilómetros que
correría de Nuevo Teapa a Cadereyta, Nuevo León. El ducto no fue terminado de
acuerdo con las bases del contrato y por ello Pemex demandó al consorcio
coreano-alemán. Había razones.
Sin embargo,
la camarilla en el poder se puso de
acuerdo y negociaron la derrota de Pemex. El director de la paraestatal al
momento del fallo internacional era Juan José Suárez Coopel. Este caso abarcó
tres sexenios: comenzó con Zedillo y terminó con Calderón.
NADIE FUE CASTIGADO POR ELLO.
Jaime Mario Willars, protagonista de
este tragedia legal, vive impune y el resto de los cómplices también.
Ahora que el presidente Andrés Manuel
López Obrador destapó las cloacas de Los Huachicoleros se puso en evidencia lo
que se sabía: que este negocio era tan cuantioso (y lo sigue siendo) que
alcanzaba para todos.
El negocio se orquestó en la
presidencia de la República. El expresidente Enrique Peña Nieto, según las
evidencias, sabía porque formó parte de todo: consintió el saqueo descomunal de
gasolinas y protegió a los responsables del robo con impunidad. El negocio
generaba ganancias millonarias: más de 300 millones diarios, suma que alcanzaba
hasta para pagar el silencio de una amplia lista de periodistas para que no
hablaran del tema, según una lista que circuló en medios de información.
Una fuente
consultada al respecto sostiene que a
los huachicoleros les asignaban las plazas para el robo. Había un coordinador
de áreas que mantenía bajo control su territorio. Veracruz y Puebla, según
dice, son los más importantes, es donde están la mayor parte de las tomas clandestinas.
Sin embargo,
la zona de El Bajío, que no se
caracteriza por la pobreza, era una de las más saqueadas: altos empresarios del
ramo gasolinero, alcaldes, diputados, senadores y gobernadores estaban
coludidos con el robo de combustibles.
Desde Pemex, en el piso tres, se
operaba todo el bombeo de las gasolinas a través de los ductos. Había horarios
fijos y una amplia coordinación del negocio. También se robaban las pipas
cuando salían de las refinerías y los responsables del control simplemente autorizaban
la salida y en la terminal de arribo firmaban de recibido sin que el
combustible se descargara. Así funcionaba el negocio todos los días. tanto de
día como de noche. No había descanso.
Ahora cobra sentido el alza del
precio de los combustibles en enero de 2018, el golpe más fuerte que le asestó
el gobierno de Peña Nieto a la sociedad. En ese entonces se dijo que debido a
los bajos precios del petróleo y al vaivén de la economía internacional el
gobierno mexicano ya no podía frenar su incremento.
Sin embargo,
era evidente que desde el poder se abría
paso a un amplio mercado negro de combustibles. La Reforma Energética impulsada
por Peña Nieto abrió rendijas para el negocio: se permitió que particulares
participaran en el negocio de las gasolinas importándolas de otro país y
vendiéndolas en México a precios elevados. Estados Unidos es el país donde se
ha comprado mucho combustible a menos de diez pesos el litro y en México se
vende entre 19 y 23 pesos.
La mafia del “Huachicol” también
compitió en este mercado negro, pero lo hizo robando a Pemex. Este cártel del
poder obtenía ganancias del 100%, pues no invertía en nada: Pemex producía,
distribuía, los funcionarios robaban las gasolinas y las vendían al precio
impuesto por el gobierno.
Esto explica el desabasto de
gasolinas que existe tras el golpe a los huachicoleros. Es evidente que ellos
tienen el control casi total de la distribución, pues son los dueños del
producto y controlaban todo, desde la producción –el robo, por supuesto — hasta
su venta en las estaciones de servicio. El Estado había traspasado su control a
la mafia. Y esto queda claro a partir de que en la presidencia de la República
gobernaba un capo, la cabeza de un cártel, una organización criminal muy
poderosa encabezada por Enrique Peña Nieto. De eso ya no hay dudas.
Sin embargo,
el presidente López Obrador apenas ha
jalado un hilo de la enorme madeja de la corrupción. Falta mucho lodo por salir
de Pemex y de otras dependencias del gobierno que, seguramente, también tendrán
que ser revisadas.
En el caso
de Pemex falta revisar la petroquímica,
la exploración, Pemex Internacional, el tema de los buques rentados, negocio
histórico en la paraestatal, la venta de petróleo crudo y ni se diga el caso de
las refinerías.
También ahora cobra sentido la
defensa de Peña Nieto en favor de Emilio Lozoya, exdirector de Pemex, implicado
en los sobornos de la empresa brasileña Odebrecht, pues formaba parte de la
llamada mafia del poder.
Lo que sí llama la atención es que
hasta el momento el gobierno de López Obrador no haya presentado ante las
instancias legales a ninguna organización criminal dedicada al robo de
combustibles, es más, ni siquiera a los cabecillas. Se habla de investigaciones
por lavado de dinero en contra de algunos empresarios gasolineros, pero aún no
afloran los nombres con sus apellidos.
Es necesario que se abran juicios en
contra de los miembros de las diversas bandas del huachicol: ahí operan
alcaldes, regidores, síndicos, diputados, senadores y gobernadores. ¿Habrá
justicia o se les perdonará?
Habrá que ver qué decide el
presidente. De no haber procesados todo quedará en un golpe mediático.
Por último, es bien sabido que el boom de las
franquicias para abrir gasolineras fue otro gran tema en los gobiernos del PAN
y del PRI. Las gasolineras son utilizadas para lavar dinero del crimen
organizado y existen muchos grupos empresariales dedicados a ese negocio. La
mayoría de las estaciones están en manos de lavadores de dinero.
Y operan al amparo del poder, por
supuesto.
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