Por Amparo
Trejo Y Mathieu Tourliere.
La explosión de una toma clandestina
en Tlahuelilpan, un pueblo de agricultores que cultiva alfalfa y otros
productos, revela la magnitud del fenómeno del huachicoleo, tolerado desde hace
años por las autoridades de los tres niveles.
Proceso
recorrió la zona siniestrada, donde el reportero Mathieu Tourliere contó 54
cuerpos carbonizados la madrugada del sábado 20, cuando la gente se desbordó y
comenzó a buscar a sus familiares. Horas después la cifra oficial de muertos
llegaría a 66. En los testimonios recabados los lugareños refieren cómo hace
años la ordeña de ductos transformó la apacible comunidad que ahora llora a sus
deudos.
A través de
la luz que proyecta un reflector se dibujan las siluetas rígidas de cuerpos
calcinados sobre una tierra carbonizada. Están regados y en posiciones
disímbolas: uno quedó bocarriba, con los brazos al aire, sus manos como garras
y su rostro con un rictus de dolor.
Son las 2:00
de la madrugada del sábado 19. Siete horas antes el lugar parecía una fiesta:
cientos de hombres y mujeres, muchos de ellos acompañados de niños, se
amontonaban debajo de un géiser de gasolina de más de 10 metros de altura
expulsado de una toma clandestina abierta en el ducto de Tuxpan a Tula. Decenas
de lugareños recogían el combustible con cubetas y bidones ante la mirada
impávida de soldados.
“Se desbordó
la gente; hubo euforia para llenar bidones”, admitió el gobernador de Hidalgo,
Omar Fayad Meneses.
A las 18:56
horas la euforia se convirtió en pánico. El combustible se incendió y una
aterradora llama transformó la milpa en un infierno. Hombres y mujeres corrían
incendiados como antorchas lanzando alaridos de dolor; otros se revolcaban en
el pasto y la tierra para aplacar las llamas, ayudados por vecinos que no
fueron alcanzados por el fuego. Las autoridades decían que hubo 21 muertos al
instante y que otros 71 lugareños sufrieron quemaduras de distintos grados.
Medio centenar se reportaban como desaparecidos.
En la
madrugada del sábado 19, sobre el terreno, el reportero Mathieu Tourliere contó
54 cuerpos calcinados. Estaban regados alrededor de la toma clandestina. Con el
avanzar de las horas el número de fallecidos llegaría a 66.
Tlahuelilpan
se encuentra a 124 kilómetros al norte de la Ciudad de México, a siete
kilómetros del Arco Norte y apenas 15 kilómetros de Tula, Hidalgo.
La mitad de los pobladores se dedica
a la agricultura. Cultivan alfalfa –casi 50% de la superficie cultivable se
destina a esa leguminosa–, así como maíz, chile, calabaza, tomate, jitomate y
frijol. Otro 35% trabaja en empresas cercanas, como la Refinería y la
Termoeléctrica de Tula; 10% se dedica al comercio en pequeña escala.
En 1974 Petróleos Mexicanos firmó acuerdos con los
agricultores del municipio para que permitieran que bajo sus tierras pasaran
los ductos que transportan combustibles. Los pobladores sabían que los
señalamientos amarillos de “no excavar, no construir, no perforar”, eran zonas
de riesgo, pero desde hace dos años se volvieron la guía para perforar y
extraer hidrocarburos de los ductos.
Antes circulaban por las carreteras
camiones cargados de pacas de alfalfa, fresca o seca. Desde hace aproximadamente
dos años esos camiones esconden contenedores de gasolina. También se disparó la
venta de garrafones y bidones de plástico en los tianguis de los martes y en
los comercios improvisados al pie de la carretera.
En una población con ingresos
precarios, esa actividad ilegal reactivó la economía de la zona.
El parque vehicular creció también en
Tlahuelilpan, así como en los municipios aledaños de Tezontepec, Tlaxcoapan y
Tula. El combustible barato permitió tener más autos. Hoy Tlahuelilpan padece
congestión vehicular.
En Tezontepec comenzaron a
enfrentarse grupos rivales que llegan a cargar gasolina. Las muertes se fueron
extendiendo conforme se fueron involucrando en el saqueo personas en
condiciones de pobreza, que de pronto se encontraron con camionetas y dinero.
En tan sólo dos años, un modesto
empleado vestido de uniforme naranja que suele trasladarse en camión a su
trabajo en la Refinería de Tula puede ganar tanto dinero que puede remodelar su
vivienda y comprarse un vehículo del año.
En los últimos seis meses se han
escuchado balaceras en las calles de las colonias cercanas a Tlahuelilpan. En
Cerro de la Cruz agentes de la policía que intentaron asegurar depósitos
clandestinos fueron golpeados en dos ocasiones.
Los dueños de los campos de cultivo
comenzaron a observar entre sus parcelas a mujeres y hombres con celular y
vestidos de forma poco adecuada para el trabajo agrícola.
“Son halcones y no nos hacen nada a
los que ya nos conocen”, cuenta un agricultor que cada semana recorre su parcela en los campos de
Tezontepec, donde cruza otro de los ductos que va de Tula a Salamanca.
De manera
paralela, una oleada de trabajadores de
Tamaulipas y Veracruz llegaron a la zona a trabajar en la Refinería Miguel
Hidalgo, instalada a seis kilómetros de Tula, muy cerca de Tlahuelilpan. Muchos
de esos empleados, quienes viven en condiciones de privilegio, ayudan a abrir
las tomas clandestinas.
En
Tlahuelilpan –un municipio conflictivo,
según los pobladores– los delitos de robo de auto y a casas habitación
comenzaron a declinar, pues los delincuentes cambiaron de giro: hoy se dedican
al robo de combustible.
Los huachicoleros de la región venden
gasolina hasta a cinco pesos el litro. Primero la ofrecían de manera discreta,
pero a mediados de 2018 abrieron sus casas para vender el combustible.
El 18 de
agosto de 2015 hubo una fuga en uno de
los ductos de Pemex que pasan por el municipio. Las autoridades locales
desalojaron a un sector de la población y lo albergaron en el auditorio
municipal.
El 17 de
mayo de 2017 se registró la primera gran
fuga en el ducto que va de Tuxpan a Tula, cerca del lugar que hoy enluta a
Tlahuelilpan. El combustible corrió por algunos de los canales de aguas negras
que riegan los cultivos de la zona.
Ese día también la gente se lanzó a
los canales para llevarse la gasolina que flotaba sobre el agua. Los
agricultores, que comenzaron comprando combustible barato para sus autos,
hicieron grandes filas a la orilla del canal.
El año
pasado, esta comunidad enfrentó cinco
fugas de gasolina y tres incendios en los ductos. En uno de ellos Ángel
Barañano, director de Protección Civil del municipio, salvó la vida de los
lugareños y se convirtió en héroe.
Los pobladores desconocen si existe
un protocolo de seguridad en caso de fuga de combustible, simulacros o
información al respecto.
Guadalupe
López Aguilar vive a unos 100 metros del ducto. La tarde del viernes 18 pasaron por su calle decenas de personas con
bidones, jarras y botellas. A lo lejos veía el géiser que escupía gasolina a 10
metros de altura.
“Ya era una toma vieja”, sostiene.
Apunta con el dedo a la distancia y dice: “Hay una aquí, otra allá, otra más
allá”.
Un vecino
que pide omitir su nombre coincide: “Esa
toma tenía dos años, pero de medio año para acá se agudizó el problema; todos
sabían de su existencia: las autoridades municipales, estatales y hasta los
militares. ¿Por qué no hicieron nada?
Él y doña Guadalupe recuerdan que un
grupo de militares resguardaba la zona en el momento en que la población
saqueaba el combustible.
“¿Por qué no les dijeron que había
riesgo, que no debían entrar? Ahorita llega el gobierno federal y puro show”, señala el vecino.
Doña
Guadalupe deplora: “Esto se pudo evitar”.
Los militares que forman parte del
cerco de seguridad en la zona se pasean con las armas hacia abajo. “Sí
estábamos cuando salió la gasolina y llegó la gente, pero ellos (los
huachicoleros) tienen una estrategia: mandan a las mujeres y a los niños por
delante y no podemos hacer nada”, dice uno de los soldados.
A las 00:45
horas del sábado 19 el presidente Andrés Manuel López Obrador llegó a la zona
de la tragedia. Con semblante adusto, ingresó rápidamente al Colegio de
Bachilleres de Tlahuelilpan, donde se unió a los integrantes de su gabinete.
–¿Cambia la estrategia? –preguntó
alguien.
–No, no cambia… Al contrario. Esto
desgraciadamente demuestra que hay que terminar con esta práctica que llevó a
esta tragedia.
Y añadió: “No es sólo este municipio ni este estado.
Es una práctica que se ha generalizado; la gente no ha tenido alternativas.
Vamos a darle oportunidades para que no sean obligados a tomar este camino
riesgoso”.
Y prometió: “Habrá más vigilancia y
atención”.
Es la misma madrugada y cientos de
pobladores, desesperados y ansiosos, rompen la valla de los militares e
ingresan al lugar de la tragedia. Caminan sobre la tierra calcinada. Cuando ven
un cuerpo lo alumbran con sus celulares. Angustiados, buscan a sus familiares y
conocidos.
Se escucha
un llanto desgarrador. Una mujer acaba de identificar el cuerpo de su hijo,
tendido a unos metros de distancia de la toma clandestina. Los vecinos guardan
silencio en solidaridad. El luto es colectivo.
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