El interés por la autosuficiencia y
la soberanía alimentaria es retomado con fuerza por el nuevo Gobierno. En
efecto, este es un objetivo cada vez más urgente ante la actual pobreza
alimentaria, el crecimiento de la población y los impactos del cambio climático
(desertificación, nuevas plagas). Las soluciones que se han utilizado en el
pasado, basadas exclusivamente en fertilizantes y agroquímicos nos dejaron
impactos ambientales y sociales que no podemos repetir: eutrofización y
contaminación de cuerpos de agua, contaminación de suelos, daños irreversibles
en salud humana, eliminación de insectos polinizadores, pérdida de especies
vegetales nativas, pérdida de conocimiento local, migración, entre otros.
La calidad de los suelos también ha
sido víctima de gobiernos neoliberales que dieron la espalda a la
sostenibilidad del campo mexicano, privilegiando subsidios a agroquímicos, a
combustibles, a una agricultura industrializada y abandonando al 70 por ciento
de los productores, que con menos de cinco hectáreas producen, cada vez con más
dificultades, los alimentos que consumimos.
En 2014, la
Encuesta Nacional Agropecuaria (Inegi)
mencionaba que cerca del 40 por ciento de los agricultores se les dificultaba
realizar actividades agropecuarias debido a la pérdida de fertilidad de los
suelos. En efecto, el costo de reemplazo de la fertilidad natural, a través de
fertilizantes puede alcanzar los 38-54 dólar /hectárea (Cotler et al. 2011), es
decir que la erosión de suelos les cuesta a los agricultores más del 60 por
ciento de Proagro.
La erosión de suelos, que ya alcanza
66 por ciento del país (INEGI, 2015) impacta seriamente sobre los rendimientos
agrícolas. Algunos estudios (González-Mateo et al. 2007) concluyen que el
rendimiento de maíz en Guerrero disminuyó de 0.47 ton/ha a 2.6 ton/ha en zonas
de erosión ligera a erosión fuerte, respectivamente. Considerando que el
rendimiento promedio nacional es de 3.2 ton/ha, las áreas agrícolas de temporal
con erosión pueden estar perdiendo hasta el 81 por ciento de su producción. De
estos datos puede inferirse que una de las causas de la carencia alimentaria
(Coneval) puede ser la erosión de los suelos.
La pérdida de los suelos no sólo
afecta las actividades agropecuarias, sino toda nuestra vida. Perder este
cuerpo natural, significa también perder una inmensa biodiversidad que en ella
habita y que mantiene (vegetación, animales); la remoción y mineralización de
la materia orgánica de los suelos, a través de la erosión, promueve la emisión
de gases de efecto invernadero (CO2 y CH4); el incremento de azolve en presas,
disminuye su capacidad de almacenamiento de agua e incrementa los costos de su
purificación; los azolves en ríos aumentan los riesgos por inundaciones, además
que deteriora ecosistemas acuáticos, ocasionando la pérdida de su
biodiversidad.
Estos impactos son cada vez mayores,
teniendo en cuenta que las tasas de pérdida de los suelos calculadas
actualmente son entre 10 y 40 veces más altas que las de reposición de éstos.
Esta situación incrementa nuestra vulnerabilidad ante el cambio climático, ya
que suelos pobres en materia orgánica tienen menos posibilidad de retener
humedad, quedando así expuestos a procesos de desertificación. La CNULD
(Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación) menciona
que la desertificación podría hacer migrar a entre 50 y 700 millones de
personas antes del 2050. Sólo en México entre 700 mil y 900 mil personas
emigran anualmente de las tierras secas hacia Estados Unidos (CNULD).
El tema de conservación de suelos no
es exclusivo de las zonas rurales, queda aún mucho por entender y por hacer en
las zonas urbanas. En éstas los suelos también son esenciales para promover la
infiltración de agua, para absorber metales pesados, para disminuir tolvaneras,
capturar carbono, mantener nutrientes suficientes para sostener vegetación que
disminuye la temperatura y regula los picos de calor. Entendiéndolo de este
modo, no se trata solamente de tener “áreas verdes” sino de promover suelos de
calidad.
Continuar con los mismos paradigmas
que hemos mantenido hasta hoy sobre el manejo de los suelos amenaza nuestra
posibilidad de cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenible, con relación
a tema vitales como la Reducción de desastres, Hambre cero, Agua limpia,
Ciudades y comunidades sostenibles, Acción por el clima, Vida de ecosistemas
terrestres.
Por ello, urgen políticas públicas que aborden el
manejo de los suelos con flexibilidad, en función de las condiciones
socioambientales diversas del país, programas que enfaticen en la incorporación
de materia orgánica hacia los suelos, coadyuvando saberes tradicionales con
conocimiento científico, fortaleciendo las instituciones gubernamentales y
académicas para que aporten mayor conocimiento en el análisis y el monitoreo
del estado de los suelos, y en el contexto de un manejo adaptativo se evalúen
las prácticas de conservación para asegurar que éstas cumplen con los objetivos
buscados.
A nivel
mundial, el 5 de diciembre se conmemora el Día Mundial de los Suelos y es una
llamada urgente para regresar la vista a lo más esencial, aquello que nos da
vida, a los suelos.

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