Por Jorge Zepeda Patterson.
Los huachicoleros ahora
perforan los ductos no para ordeñarlos sino para prolongar el desabasto y
obligar a la opinión pública a presionar al Gobierno para que suspenda el
operativo en su contra. Un juego de vencidas entre criminales y autoridades, en
el que los delincuentes pretenden tomar como rehén a los ciudadanos y su
malestar. Todos despotricamos en contra de la corrupción y ese reclamo es uno
de los factores que llevaron a López Obrador a la presidencia. La pregunta
ahora es si estamos dispuestos a pasar por las incomodidades que implica
limpiar la casa, sobre todo cuando descubrimos que esa limpieza exige levantar
el piso y cambiar el drenaje. La respuesta hasta ahora es conmovedora y revela
la entereza de la mayoría de los mexicanos. Según una encuesta del diario
Reforma (que nadie podría acusar de lopezobradorista) a la pregunta: ¿Para
usted que es preferible, acabar con el robo de combustible a Pemex aunque no
haya gasolina por un tiempo o garantizar el abasto de gasolina, aunque haya
robo de combustible a Pemex?, 73 por ciento optó por lo primero y 18 por ciento
por lo segundo. Encuestas de otros medios de comunicación arrojan también una
abrumadora aprobación.
No obstante, la
molestia que está provocando el desabasto pondrá a prueba ese apoyo. Primero,
porque ese 18 por ciento de críticos seguramente aumentará cada día que se
prolongue la escasez y resulte afectada de manera decisiva la vida cotidiana de
los ciudadanos.
Segundo, porque
invariablemente una minoría que reprueba genera expresiones más intensas e
impactantes que una mayoría que aprueba. El fenómeno de la viralidad de los
mensajes de odio en las redes ha sido muy documentado; la presión que ejercen
sobre la vialidad cien autos en doble línea haciendo cola en una gasolinera es
inmensa aunque miles de otros autos circulen por un tercer carril.
Tercero, porque la
escasez de gasolina tiene efectos multiplicadores sobre otras áreas de la vida
que quizá muchos de los que apoyan la medida no habían considerado y no están
dispuestos a sacrificar: desabasto de otros productos, suspensión de clases,
colapso del transporte público, etc. Por no hablar del impacto de los
especuladores que intentan medrar con la crisis.
Y cuarto, porque la
ocasión está siendo aprovechada por los adversarios políticos y económicos de
López Obrador, para provocar un estallido de impopularidad: grupos de
“ciudadanos” que ejercen bloqueos en protesta por la falta de combustible,
provocando el caos vial; amenaza de desabasto de artículos de primera
necesidad.
En suma, los
huachicoleros podrían tener éxito si logran seguir saboteando a los ductos
hasta invertir la respuesta a la pregunta del Reforma y conseguir que la
mayoría prefiera tener gasolina a pesar de que se siga robando a Pemex. Al
gobierno le resultará muy difícil mantener el operativo si amplios círculos de
la población pasan a una resistencia activa.
Para las autoridades se
trata pues de un asunto de eficacia logística en una carrera contra el tiempo.
Deben restablecer en pocos días los niveles aceptables de suministro para que
las molestias sean simplemente eso, molestias y no una alteración radical de la
vida diaria de tantos mexicanos. Eso implica ganar la batalla inmediata contra
los huachicoleros y evitar la perforación y el sabotaje.
Pero incluso si logra
el restablecimiento del abasto de combustibles para fines de la próxima semana,
como ha prometido, resta aún demostrar que el sacrificio no ha sido en vano.
Tanto los que están dispuestos a soportar las molestias como aquellos que las
repudian, todos las habrán experimentado y esperarán algo a cambio: el fin de la
corrupción en Pemex. En realidad esa es la batalla de fondo. De nada habrá
valido todo este desgaste si no quedamos convencidos de que el huachicol está
herido de muerte y la limpieza radical de Pemex ha comenzado. En tal caso,
habrá razones para pensar que está en marcha un verdadero proceso de cambio en
el país.
Más allá de las fobias y filias que inspira Andrés Manuel
López Obrador entre los ciudadanos, habría
que reconocer que los datos duros de las primeras seis semanas del nuevo
Gobierno han sido alentadores. Lejos de las catástrofes financieras que sus
detractores habían anticipado, el peso está controlado y ligeramente a la baja,
los pronósticos de crecimientos son al menos similares a los del año pasado, no
existió la temida fuga de capitales y el INEGI acaba de anunciar que el índice
de confianza del consumidor es el mejor en los últimos doce años. El optimismo
que refleja este último indicador seguramente tiene que ver con los millones de
mexicanos, sobre todo ancianos y jóvenes, que miran con esperanza la inminente
aplicación de los programas de ayuda en metálico.
El hecho es que, pese
a todo, hay esperanza entre los ciudadanos y beneficio de la duda en los
mercados financieros. Todo esto está en juego en esta primera gran
confrontación entre el crimen organizado y el Gobierno. Dependerá desde luego
de que la administración haga su parte, pero me temo que el factor decisivo
será el ciudadano y su voluntad para atacar, de una vez por todas, el cáncer de
la corrupción. Y aquí no hay medias tintas. Podemos cuestionar el desabasto y
exigir al gobierno una estrategia más eficaz para subsanarlo, pero no nos
confundamos ni terminemos haciendo el juego al crimen organizado. Por el
contrario, habrá que presionar para asegurarnos de que todo esto culmine con
una verdadera transformación de Pemex.
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