Georgina
Morett.
En un país
muy, muy lejano, hace mucho, mucho tiempo, gobernó un corredor keniano que fue
muy, pero muy modesto. Tanto que ni sus más entregados seguidores escribieron
la historia de su revolución.
Su gobierno
hizo grandes aportaciones a las ciencias exactas y sociales. A partir de
entonces se sabe que los aviones no chocan porque se repelen entre sí; que
donde hay un aeropuerto caben tres; que el clítoris y la mariguana tienen algo
en común; que la astrología y la astronomía son lo mismo; que los tacos de
carnitas son una celebración de la conquista por un país extranjero.
Hubo también
grandes descubrimientos nunca antes imaginados: que la corrupción se combate
invitando a empresas que dan sobornos a funcionarios para obtener contratos;
que las adjudicaciones directas son mejores que las licitaciones; que las mamás
eran un arma secreta, letal y efectiva contra el narcotráfico; que los niños no
necesitan vacunas ni pruebas de tamiz al nacer; que los aluxes existen, y que
La Madre Tierra otorga permisos, si se sabe pedirlos.
Muchos
avances, cierto, pero a él, en lo personal, no le han hecho justicia. Los
historiadores de su país sólo dicen que encabezó la cuarta transformación
nacional y sus homólogos europeos, siempre tan etnocéntricos, lo citan alguna
vez a pie de página, porque exigió a la corona española disculpas por hechos
ocurridos 500 años antes.
Cierto, el
presidente del Senado de su país lo comparó con el mismo Jesús, el Dios de los
cristianos, y el presidente de la Cámara de Diputados lo llamó “un personaje
místico, un cruzado, un iluminado”, pero nada de eso le hace verdadera
justicia.
Ante tal
injusticia, aquí me propongo recordar esa hazaña particular. Una hazaña que
merecía el Premio Nobel de Economía, pero la envidia, ya se sabe, domina el mundo,
especialmente el académico. El corredor keniano acabó con el liberalismo en
sólo cuatro meses de gobierno. Un gran historiador, amigo personal suyo y
director de la editorial más grande de su país, dijo que el neoliberalismo era
obra del diablo, para resaltar la importancia de su victoria, pero hasta ahí.
El
liberalismo y el neoliberalismo eran en sí mismos una doctrina económica que
dominaba el mundo, incluso en países comunistas, como China y Cuba, que
resistieron heroicamente, pero terminaron en sus brazos. Quizá el amigo del
corredor keniano tenía razón, porque el libro que dio origen a esa corriente de
pensamiento y acción, La Riqueza de las Naciones, fue prohibido y quemado en su
época por la Santa Inquisición de la Iglesia católica.
La proeza del
corredor keniano ocurrió así: un 18 de marzo dijo: “Quedan abolidas las dos
cosas: el modelo neoliberal y su política económica de pillaje, antipopular y
entreguista”. Así nada más, ¡qué proeza! Como el “Lázaro, levántate y anda”,
pero al revés. No tuvo que escribir un libro ni utilizar más de 800 páginas de
letra pequeña como Adam Smith, ni dar mil argumentos y contraargumentos para
probar su tesis. Nada, sólo el poder de su palabra. Y al otro día su país vivía
ya en el postneoliberalismo.
En sus conferencias
de prensa, el corredor keniano insistía en que ya se vivía en la época del
postneoliberalismo, pero la prensa, que nunca entiende nada, no lo reflejaba en
sus ocho columnas. Quizá por eso su gran hazaña requiere el reconocimiento
debido. Para resarcir en algo ese olvido, propongo que su frase se inscriba en
letras de oro en el muro del Congreso de la Unión. Nunca más una gran hazaña
debe quedar oculta bajo el resentimiento de los fifís, esa prensa fantoche,
hipócrita y doble clara que hay en su país.
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