Sabina Berman.
Peña ha concedido
todo, todo, todo a Trump. Todo a cambio de nada, nada, nada. Estos son los
hechos de esta rendición incondicional:
Entregó al Chapo un día antes de la toma de posesión de
Trump, a cambio de nada.
Aceptó reabrir el Tratado de Libre Comercio (TLC), y
modificarlo, aun cuando Trump ya lo violó.
Aceptó que las armadoras de automóviles estadunidenses
reculen en sus planes de inversión en México, sin penalizarlas por incumplir
sus contratos con el gobierno federal y con ciudadanos particulares.
Aceptó recibir pacífica y dócilmente a los deportados.
Aceptó que Trump suba los aranceles a los productos
mexicanos que entren a Estados Unidos, sin medidas de castigo de México a los
productos de aquel país.
Aceptó considerar la entrada del ejército estadunidense a
México.
Para colmo, sabemos
que Peña nos miente. Peña ha dicho a Trump cosas que ha negado haber dicho, ha
oído insultos que ha negado haber oído, le ha prometido considerar asuntos que
luego ha desconocido.
Otra vez, estos son
los hechos, no elucubraciones.
En suma, Trump ha
tratado a México como un gavilán a un pichón indefenso, y Peña ha aceptado pasivamente su visión y
actuado en consecuencia: ha actuado como un pichón paralizado por el miedo, un
pichón que da pasitos en redondo sólo para retrasar su propia masacre.
Pero México no es
Peña y tampoco es un pichón indefenso. Y los mexicanos debemos impedir que la
debilidad intelectual y de espíritu de Peña nos arrastre.
Acá unas cuantas consideraciones, reales, evidentes, para
una negociación con Trump.
Lo primero es llamar
a Trump lo que es: el enemigo de México.
Luego, México debe
negarse a renegociar el TLC, sin antes recibir a cambio seguridades de hasta
dónde alcanzará la negociación. Mejor vivir sin TLC que con un TLC abusivo.
Luego, México debe
asegurar que impondrá aranceles de importación a TODOS los productos producidos
en Estados Unidos. Incluso a las empresas con franquicias en México. Incluso a
las industrias culturales gringas –el cine, la música–. Somos el tercer mercado
de Estados Unidos: hagámoslo valer.
Los consulados de
México deben litigar caso por caso las deportaciones de los trabajadores
indocumentados. La idea es del ex canciller Jorge Castañeda y es brillante.
Debemos inundar las cortes de justicia de Estados Unidos y así empantanar la
medida: volverla un desastre político para Trump, al tiempo que damos a los
liberales estadunidenses la oportunidad de apoyarnos ahí en las Cortes, como lo
quieren los jueces y los abogados no trumpeanos.
México puede
legalmente, y debe en honor a sus intereses propios, confiscar los cascos de
las armadoras estadunidenses que nos abandonan total o parcialmente. Han
operado acá con privilegios fiscales, y si se van, deben ser penalizadas. A su
vez, esos cascos industriales deben ofrecerse gratuitamente a las compañías de
automóviles asiáticas y europeas. ¿Quién diablos quiere de socio a Ford, si
puede tener de socio a Honda o a Mercedes Benz?
México debe amagar
con legalizar la droga unilateralmente. Nosotros no tenemos un problema de
adicción, son ellos, los estadunidenses, los que tienen a 35% de la población
adicta a las drogas. Basta de guerrear la guerra que ellos deberían guerrear.
Basta de poner los muertos mientras ellos inhalan coca en Memphis.
Son fichas de
negociación que saltan a la vista. ¿Cómo llevarlas a la mesa donde Trump está
sentado burlándose de México, y cada semana agregando otro plan ofensivo?
Lo primero es olvidarse de las metáforas y los actos
simbólicos e inútiles –marchar, cantar, llorar, gemir–. Esto es una guerra,
Trump es el enemigo, y México no es Peña ni tampoco un pichón.
Lo segundo es perder
el miedo a la crisis de gobierno en México. Si alzarnos al nivel de la
circunstancia significa que el gobierno quede sin presidente, que suceda ya:
que caiga Peña. Que el Congreso nombre, según indica la Constitución, un
suplente temporal, y se adelanten las elecciones presidenciales. Mucho peor es
sostener a un presidente para que entregue el destino del país.
Nuestros hijos y nietos nos están mirando desde el futuro
próximo. En cinco años nos preguntarán qué hicimos cuando Trump se propuso
destrozarnos. ¿Diremos que marchar y gritar a coro frases vacías?
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