Alejo Sánchez Cano.
La serie de decisiones que están tomando el PRI y el PAN en
estos momentos tendrán su valoración real en los resultados electorales del 4
de junio de 2017 y la presidencial de 2018, porque serán estos procesos donde
se verá si la selección de sus candidatos que contendrán en la elección del
Estado de México, como en la recomposición de sus cuadros directivos, fueron
correctos.
Lo cierto es que estos partidos están poniendo en charola de
plata la Presidencia de la República a Andrés Manuel López Obrador.
Habrá quien diga que
hay que esperar la cita con esas fechas, pero con los nombramientos de José
Murat, como líder la CNOP, y Claudia Ruiz Massieu, como secretaria General del
PRI, desde ahora se puede adelantar lo que en las filas priistas es un rumor a
voces: el tricolor ya empezó a ceder el poder, sin tomar plena conciencia de
ello, a sus contendientes políticos.
La aseveración se
basa en los negativos que tienen ambos personajes en la percepción del
electorado.
Varios exgobernadores
del PRI están estigmatizados como tramposos, simuladores y corruptos, sobre
todo, aborrecidos por sus coterráneos. Uno de ellos es precisamente el caso de
José Murat, que gobernó Oaxaca, de 1998 al 2004, lapso en que la entidad aumentó
la pobreza a un 71% del total de la población y, posteriormente, entregó la
banda del ejecutivo estatal a Ulises Ruiz, con quien está peleado a muerte, lo
que merced a esas dos pésimas administraciones, su partido perdió la
gubernatura por primera vez en manos de otro mal gobernador, Gabino Cué
Monteagudo.
De qué le servirá a
Enrique Ochoa que se diga que Carlos Salinas de Gortari tomó el control del
Revolucionario Institucional a través de su sobrina, o de qué servirá que uno
de los personajes con mayor tufo de corrupción llegue a dirigir uno de los tres
sectores que han sido pilar fundamental de la estructura organizacional de
dicho partido.
Una y otro en nada
ayudarán al fortalecimiento que en estos momentos requiere el priismo y, con su
llegada, dan la impresión de que la mafia del poder toma formalmente el control
del PRI, y esa opinión la comparten secretamente algunos cuadros internos
del tricolor. Aunque también hay quienes opinan que los ajustes “son
necesarios” y esto permitirá “darle mayor ánimo al partido”, tal como aseveró
Jorge Carlos Ramírez Marín, vicecoordinador de la bancada priista en la Cámara
de Diputados.
Del lado blanquiazul
las cosas son igual de críticas, en la búsqueda de la candidatura a la silla
presidencial sus liderazgos están divididos, casi peleados a muerte, y en ese
proceso ninguno cede en sus intereses que, por lo que se ve, no son los del
partido.
Escisiones azules hay por todos lados, ejemplo de ello se
observa en la nominación de su candidata a la gubernatura mexiquense, donde su
cuadro más popular, Josefina Vázquez Mota, ha recibido “fuego amigo” y en ese
contexto su elección ha sido impugnada aun cuando oficialmente no es candidata.
A nivel nacional el
panorama no es mejor, desde la cúpula del PAN, su dirigente, Ricardo Anaya,
pretende tomar por asalto la candidatura; en tanto que Margarita Zavala,
esposa del expresidente Felipe Calderón, pelea también la posición y amenaza
con salirse de la ruta azul para erigirse como independiente si los resultados
no le favorecen en una posible asamblea interna de su partido.
En la pelea por la bandera azul hay por lo menos otros tres
nombres, y todos reclaman piso parejo, democracia y reglas claras, pero ninguno
parece estar dispuesto a levantar la mano de sus oponentes en caso de una
elección interna.
Así las cosas en el PRI y el PAN, los partidos que en estos
momentos los encuestadores señalan como los punteros para dar la pelea en
territorio mexiquense y avanzar en sus posibilidades rumbo a la presidencial,
toman decisiones que a la postre les puede significar la derrota electoral y,
con ello, darle franco paso a López Obrador.
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