Por Jorge
Javier Romero Vadillo.
La coalición
legislativa que apoya las iniciativas del gobierno, ampliada con el apoyo del
PRI para lograr la mayoría calificada que permite reformar la Constitución, ha
aprobado en la Cámara de Diputados la creación de la Guardia Nacional
militarizada, un engendro que normaliza lo que debería ser excepción en una
democracia constitucional: la militarización de la seguridad. Falta aún la
aprobación en el Senado, pero visto lo visto, la alianza entre MORENA y el PRI
concretará en las próximas semanas un retroceso autoritario sin paliativos. En
la misma dirección retrógrada, el Senado ha avanzado en la ampliación del catálogo
de delitos con posibilidad de prisión preventiva, con ello, como ha dicho el ex
ministro de la Corte José Ramón Cossío, simplemente se pospone el arreglo del
sistema penal acusatorio en su conjunto.
Antes del
inicio del período extraordinario de sesiones del Congreso, durante las
audiencias públicas organizadas por la Cámara de Diputados supuestamente para
incidir en el debate, las cuales acabaron siendo una mera simulación, una larga
lista de especialistas académicos y activistas de la sociedad civil, junto con
el presidente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos y representantes de
organismos internacionales, expresaron posiciones contrarias a entregarle el
control de la seguridad pública a los militares, con argumentos basados en
evidencias duras sobre los resultados que ha tenido en México la participación
del ejército y la marina en el combate a la delincuencia y con propuestas
basadas en la experiencia internacional sobre cómo construir una seguridad
civil eficaz, capaz de reducir la violencia, prevenir los delitos y disminuir
la impunidad que impera ancestralmente en el país.
La propuesta
de López Obrador, que está a punto de consagrarse en la Constitución, de crear
un cuerpo de policía militar, no solo ha mostrado la sordera y el desprecio por
el conocimiento experto que día a día parecen ir modelando su gestión, sino
también su carácter iliberal. La seguridad militarizada es en el mundo
contemporáneo característica de los regímenes menos democráticos y de los más
atrasados económicamente. Las democracias avanzadas han ido abandonando, desde
hace décadas, ese tipo de cuerpos policiacos con disciplina y fuero castrense,
que abundaron durante el siglo XIX, para transitar hacia policías civiles, que
rinden cuentas de sus actos a las autoridades del Estado y cuyas acciones son
auditables por la sociedad. La ruta adoptada por el nuevo gobierno no es la de
la ampliación de los derechos y las garantías para lograr una convivencia
basada en el orden jurídico, sino la de la mano dura, tan apreciada por los
regímenes autoritarios, aunque se justifiquen en la voluntad general emanada de
la mayoría.
López
Obrador, tan dispuesto a zaherir a sus oponentes calificándolos como
conservadores, está impulsando una estrategia de seguridad precisamente
conservadora. Las fuerzas armadas, diseñadas para combatir a los enemigos del
Estado, son cuerpos cuya naturaleza es de suyo opaca y que tiene un fuero
especial, diferenciado del fuero común, precisamente por el tipo de acciones
que la guerra implica. Las policías, en cambio, son cuerpos creados por la
sociedad para protegerla y servirla: su disciplina y su sistema de
responsabilidades corresponde al de los funcionarios civiles y rinden cuentas
de sus actos como servidores públicos de carrera. Suele ocurrir que cuando las
fuerzas armadas con disciplina militar se hacen cargo de la seguridad, el
pueblo acaba siendo confundido con los enemigos del Estado. La historia
latinoamericana del siglo pasado muestra múltiples ejemplos para desconfiar de
los ejércitos demasiado inmiscuidos en la vida cotidiana de las sociedades o
que se consideran llamados a salvar a la patria de sus enemigos interiores. Por
cierto, el ejército mexicano, aunque en menor medida, también tiene en su historia
actos de represión social que no lo enaltecen.
El gobierno
de López Obrador, al hacer su propuesta, ni siquiera presentó un diagnóstico de
por qué había que tirar a la basura todo el esfuerzo de construcción de la
Policía Federal. Solo lo despachó de un plumazo diciendo que estaba corrompido
e infiltrado, como si el ejército fuera un cuerpo impoluto y no hubiera
evidencias de mandos militares involucrados en la venta de protecciones a la
delincuencia y en la violación a los derechos humanos. Sin diagnóstico público
que probara la imposibilidad de seguir por la ruta de la construcción de una
policía federal profesional, se ha decidido desechar a un cuerpo que ha costado
mucho dinero, tal vez porque su pecado original es haber sido creado por el gobierno
de Felipe Calderón.
El gobierno
ha planteado su ruta como si no hubiera otro camino ante la situación
catastrófica en la que se encuentra la seguridad en México. Sus dichos poco se
diferencia de lo planteado en su momento por Calderón o por Peña Nieto cuando
impulsó la Ley de Seguridad Interior, echada abajo como fraude a la
Constitución, por la Suprema Corte de Justicia. Sin embargo, la alternativa ha
sido planteada, con el sustento de la evidencia, desde hace tiempo y el
colectivo #Seguridad sin Guerra la ha impulsado en todos los espacios de debate
que se han abierto sobre el tema. El punto de partida era el respeto al marco
constitucional que ahora está siendo deformado y a la normativa internacional
en materia de seguridad humana y derechos humanos. Nadie estaba planteando
sacar de golpe a las fuerzas armadas de las tareas de contención en las que
indebidamente se les ha metido. Lo que se ha propuesto es una legislación
transitoria para regresarlos paulatinamente a sus cuarteles, la regulación del uso
de la fuerza, la reglamentación del estado de excepción, con base en el
artículo 29 constitucional, de manera que la intervención de las fuerzas
armadas se hiciera con control parlamentario y objetivos precisos, y la
construcción de cuerpos policiacos civiles, incluido un gran cuerpo nacional,
que bien pudo tener como base la actual Policía Federal, pero ya que López
Obrador quiere presentarse como refundador histórico, pudo también ser una
Guardia Nacional construida sin tener que destazar las bases civiles de la
seguridad del actual orden constitucional.
La política
de mano dura y el populismo punitivo de carácter reaccionario son, en cambio,
las opciones de este gobierno que se pretende tan renovador.
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