Salvador
Camarena.
El
presidente Andrés Manuel López Obrador ha decidido emular a su antecesor Felipe
Calderón Hinojosa.
Cosas de la
vida, el nuevo mandatario ha reivindicado a su acérrimo adversario panista al
decretar que a México no le queda más recurso, a la hora de buscar la paz, que
el de la guerra interna.
López
Obrador, quien como candidato denostara al Estado Mayor Presidencial y
propugnara por eliminar los fueros especiales, ha consumado este miércoles el
paso definitivo para la creación de una cuarta columna militar en México, que
es eso lo que implica la llamada Guardia Nacional, mayúsculo cuerpo castrense
que nacerá inmune a la jurisdicción civil.
La Guardia
Nacional surge desde el doble despropósito de la soberbia y la simulación. En
medio de la borrachera de poder que les embriaga desde el 1 de julio, los
legisladores de Morena presumen de apertura, pero en realidad no escuchan
razones: más priista que el PRI a la hora de los discursos huecos, el actual
partido en el poder alienta foros sólo para guardar las apariencias.
Que vengan
los expertos, dijeron los morenistas; que hablen los diputados que disienten,
aceptaron; qué más da que los que saben y los que tienen dudas razonables ganen
el debate –quizá pensaron– si la votación fue decidida de tiempo atrás en
Palacio Nacional y no hay argumentos que puedan más que el veleidoso dedito
presidencial que nos guía.
Si la
aprobación, ayer en la Cámara de Diputados, de la Guardia Nacional no fuera por
sí misma noticia ominosa, a ello hay que sumar la renuncia del nuevo gobierno a
tratar de entender la complejidad del fenómeno delictivo en México en la última
década y media.
Los recién
llegados entregan más poder y más impunidad a las Fuerzas Armadas, desdeñando
cualquier modelo de seguridad que incorporara los aprendizajes de lo que no ha
funcionado desde el sexenio de Fox y en contra de las evidencias de que el
Ejército y la Marina, sin contrapesos, tienden siempre a proteger a sus
integrantes y nunca a someterse a jueces y autoridades imparciales.
Morena ha
pasado por encima del conocimiento y la sensatez de quienes desde el activismo
o la academia han aportado ideas y reflexión en busca de una salida a la
matachina y a la falta de Estado de derecho que socava el futuro de México.
Los
legisladores y el gabinete de Morena han decidido que vale más la intuición no
elaborada del comandante del pueblo uniformado, que la experiencia de una
nación que ha pagado con decenas de miles de muertes ya otras improvisaciones
gubernamentales.
Esta
tragedia institucional, sin embargo, no habría sido posible sin los priistas,
revestidos de colaboracionistas de las peores causas. Los votos que Morena
necesitaba se los ha ofrendado el PRI, el partido que sólo aspira ya a
convertirse en el PVEM de López Obrador. Ni a la hora de la muerte pudieron
mostrar dignidad los de Insurgentes Norte.
Para la
crónica histórica de esta decisión quedarán diputados como Porfirio Muñoz Ledo,
quien al conducir la sesión de ayer peluseó a un diputado panista, al decir que
no había atropellado el derecho de éste a manifestar sus ideas porque carecía
de las mismas. Así estaba el ambiente ayer en San Lázaro: el presidente de la
Cámara de Diputados se pone a hacer juegos verbales sobre las ideas, cuando si
algo se cuidó en el debate que antecedió la creación de la Guardia Nacional es
que Morena no estaba dispuesta a abrir espacio para las razones, sólo para la genuflexión
ante el tabasqueño.
Ahora toca
esperar un milagro. Que un órgano preparado para la guerra nos traiga la
seguridad. Y si acaso los milagros existieran, habría que preguntar éste a qué
precio se daría.
Ayuno de
imaginación, prudencia, talante de diálogo y visión histórica, el nuevo
presidente de México ha decidido apoyarse en las Fuerzas Armadas. Vaya nuevo
impulso a la guerra.
Ave Felipe,
desde la Presidencia de la República te saluda Andrés, un nuevo presidente
militarizador.
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