Salvador
Camarena.
Varias veces durante el sexenio
pasado escuché a funcionarios decir que una carretera administrada por Caminos
y Puentes Federales salía 30 por ciento más cara que una concesionada.
Sin embargo, argumentaban, dar más concesiones suponía
enfrentar resistencias del sindicato y de los directivos de Capufe (ah, cómo
olvidar a Benito Neme y su subdirector envuelto en Capufeleaks), e incluso de
gente dentro del mismo gobierno, que no querían que el organismo estatal
siguiera haciéndose más delgado, así fuera claro que era mal administrador. Hay
quien decía que desaparecer Capufe era cerrar una caja chica, pero esa es otra
historia.
Esta anécdota parece de un pasado muy
remoto. Uno donde se discutía eso: costo-beneficio de dar a la IP lo que era
obligación del Estado. Modelo “privatizador” que se masificó, luego de fiascos
por ineptitud y escándalos de corrupción gubernamental, desde los años ochenta.
Hoy, en cambio, vivimos en un país en el que el Ejército tendrá la
administración de un aeropuerto civil en el Valle de México.
Pero no nos vayamos al extremo del
uso de las Fuerzas Armadas para plantar árboles o administrar torres de control
aéreo, y concedamos que, en una de esas, el gobierno del presidente Andrés
Manuel López Obrador tiene algo o mucha razón en que al adelgazar al gobierno,
los anteriores mandatarios pudieron haber dado cambio de más, o en las palabras
del tabasqueño, creado un “gobierno paralelo”, uno donde por una parte los
organismos públicos servían sólo para emplear burócratas, hacer diagnósticos y
poco más (todo esto según AMLO), y por otro se subrogaban servicios clave,
terminando la administración pareciendo una especie de mastodonte mutilado que
no deja de consumir presupuesto, pero al mismo tiempo mantiene entenados.
Mi punto en esta entrega es que el
diagnóstico puede no estar equivocado, incluso si se tiene poca o nula
confianza en que López Obrador y su equipo puedan reconvertir eficientemente a
la burocracia.
Lo que toca es preguntarse si así
está la catedral, cómo estarán las capillitas.
Hace poco, observadores de la realidad jalisciense me
hicieron notar que la bien ganada polémica por la desaparición del instituto
para las mujeres, medida tomada y corregida por el gobierno de Enrique Alfaro,
ocultó algo igualmente importante.
La administración de Alfaro habría
hecho algo parecido a lo que intenta Andrés Manuel. En pocas palabras, el nuevo
gobernador se propuso revisar no sólo la estructura gubernamental, sino todos
los fideicomisos, organismos públicos descentralizados, donativos y hasta
patrimonio público que a lo largo de los años se fue entregando a grupos de
interés.
Es como una poda general que buscaría
eliminar la herencia de esa práctica priista-panista de aplacar reclamos de
algunos sectores mediante la cesión a estos de espacios que deberían ser del
gobierno (desde institutos de planeación hasta patronatos de fiestas
regionales).
Tal práctica, en el colmo, era
endogámica: desde ese nuevo empoderamiento, logrado gracias a lo cedido por el
gobierno, tales grupos de interés luego querían imponer a la administración una
agenda que, por necesidad, les beneficiaba.
Con esa
emancipación, ahora resta que estos
gobiernos demuestren que pueden ser eficientes en el uso de los recursos que
recuperarán al cancelar todo lo que consideren que indebidamente se había
cedido a la IP y otros grupos de poder. No está fácil: Capufe lleva décadas
demostrando lo contrario.
Sin embargo,
no está de más preguntarse: cuántos
otros gobiernos estatales estarán dispuestos a hacer una poda, a replantearse
dinámicas y estructuras que llevan años sin funcionar, salvo para los que las
obtuvieron como parte de la justicia que les hizo la revolución priista o
panista. ¿O a poco me van a decir que en los estados no urge una buena
transformación?
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