Por Jorge
Javier Romero Vadillo.
La semana
pasada trataba de construir una teoría de la mente de López Obrador para
imaginarme cómo concibe su papel histórico. Mi conjetura fue que se ve a sí
mismo al rescate del presidencialismo fuerte, al que considera como la forma
adecuada de gobierno para la sociedad mexicana, la forma de Gobierno que
históricamente ha logrado la pacificación del país y ha impulsado el
crecimiento. Para el actual Presidente todo contrapeso es un obstáculo a la
gran tarea que tiene por enfrente. El presidencialismo es el vehículo para
eficacia del Estado y requiere del control de todos los instrumentos a su
alcance para llevar a cabo su misión justiciera. Para documentar mi idea de lo
que ocurre en su cabeza, esta semana, López Obrador se lanzó ya no solo contra
los contrapesos institucionales sino contra los contrapesos sociales
representados por las organizaciones civiles. También en ellas el presidente
encuentra escollos para la realización de su gran proyecto.
Esa imagen
del presidencialismo rechaza, desde luego, toda la teoría de la democracia
liberal construida desde el siglo XIX y que durante la segunda mitad del siglo
pasado alcanzó sus niveles más altos de complejidad con los estudios de
política comparada que han mostrado cómo son los sistemas de Gobierno basados
en arreglos pluralistas, con contrapesos institucionales y con una nutrida red
de organizaciones económicas, políticas y sociales, los que han logrado
históricamente los más altos niveles de bienestar social en el último siglo.
Esa evidencia no le dice nada al Presidente, educado como está en la literatura
que se estudiaba en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM de hace
cuarenta y cinco años.
Pero si es
preocupante que el Presidente conciba así al poder, lo es más que esa misma
visión se encuentre fuertemente arraigada en el conjunto de la sociedad
mexicana, la mayoría de la cual suele ver al Presidente en turno, al menos al
principio de su mandato, como el salvador de la Patria que ahora sí logrará
sacarla de su postración ancestral. Cada seis años la esperanza de redención se
suele colocar en los hombros del hombre necesario (nunca mujeres) en turno,
aunque hacía décadas que nadie se tomaba tan en serio ese papel como el actual
Presidente, quien no se ruboriza al proclamarse de antemano como un personaje
histórico.
Esa
percepción del poder permea a toda la sociedad, pero de plano me resulta
incomprensible la manera en la que la veneración presidencialista afecta la
racionalidad de los políticos que supuestamente deberían estar en la oposición
al actual Gobierno. En conversaciones recientes que he mantenido con
integrantes de distintos partidos de la mermada oposición respecto al proyecto
de Guardia Nacional, ha saltado una y otra vez la idea de que al Presidente no
se le puede negar todo. Senadoras y senadores de partidos diferentes dicen más
o menos lo mismo: hay que buscar la manera de concederle algo al Presidente,
como si no fuera su tarea precisamente ponerle coto al poder presidencial
absoluto.
No alcanzo a
comprender el cálculo estratégico detrás del titubeo de los legisladores
pretendidamente opositores respecto a la intención de López Obrador de modelar
la Constitución a su antojo. Tal vez el cálculo dependa de juegos anidados que
ocurren en varias pistas, como diría George Tsebelis en su defensa de la teoría
de la elección racional, pero tengo para mi que más bien se trata de un reflejo
cultural, heredado de los tiempos en los que todo el Congreso no era otra cosa
que una correa de transmisión de la voluntad del ejecutivo. Es necesario aclarar
que los legisladores a los que me refiero comparten en el origen la matriz
priista, pero con todo y eso me cuesta trabajo entender cómo no advierten que
su propia relevancia política depende de la manera en la que hoy ejerzan su
tarea de contención, a menos que vislumbren un futuro de nueva hegemonía que
los acepte después de un acto de contrición que lave sus pecados mafiosos en la
pila del arrepentimiento abyecto, como ha ocurrido con muchos de los corifeos
del gran líder.
El
presidencialismo arraigado en el mapa mental de la sociedad mexicana hace que
al señor del gran poder se le vea con temor reverencial y no como a un actor
político con intereses particulares y con ideas y proyectos falibles y
contrastables. El cálculo de permanencia en la política en los tiempos clásicos
del régimen del PRI dependía de la disciplina y la lealtad mostrada. Entonces
sí era racional no negarle nada al Presidente. Sin embargo, esa regla informal
fuertemente institucionalizada resulta irracional en un contexto diferente,
donde el futuro político depende de los votos y estos, al menos idealmente,
dependen de la evaluación que hagan los electores del trabajo de los políticos.
Lo esperable de la oposición es que se oponga, sobre todo cuando es evidente
que las intenciones presidenciales son concentrar el poder en grados no vistos
en más de tres décadas.
Después de
la operación que ha desmembrado al PRD para poner a siete mercenarios a sueldo
de la mayoría calificada en la Cámara de Diputados, a la oposición en el Senado
le corresponde poner un valladar frente a la reconstitución del poder omnímodo
que está en puerta. Bien vendría un pacto para declarar una moratoria de
reformas constitucionales, pero al menos hay en la agenda inmediata dos temas
que definirán la relevancia de la oposición en el Senado para el resto del
Gobierno. Si no se detiene a López Obrador en su intención de institucionalizar
la militarización de la seguridad pública, con su tramposo proyecto de Guardia
Nacional, y en su contrarreforma educativa, simplemente la oposición habrá
claudicado y el PAN, el PRI, Movimiento Ciudadano y los despojos del PRD
pasarán a la irrelevancia. El camino a la reconstrucción de un régimen
hegemónico estará completamente despejado.
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