Raymundo
Riva Palacio.
En la
primera evaluación del presidente Andrés Manuel López Obrador sobre sus
primeros 100 días de gobierno, hay que detenerse en un punto que, ante el cúmulo
de anuncios sobre lo que hizo, pasará desapercibido: la relación con el
gobierno de Estados Unidos. López Obrador dijo que está bien, que va bien y que
es cordial. Punto. No se metió en matices ni en problemas. Esta relación, sin
embargo, parece que va bien, pero no está bien; parece que es cordial, pero
crecientemente es todo lo contrario. No está caminando sobre fuego, sino que,
visto por altos funcionarios, políticos y estrategas en Washington, se metió al
fuego al optar por aliarse con enemigos de Estados Unidos.
No está
claro qué tanto entiende López Obrador que dos decisiones políticas lo
confrontan con el presidente Donald Trump, con quien no quiere pelearse porque
está consciente de que el único que puede descarrilar su proyecto es el jefe de
la Casa Blanca. Por eso, instruyó a que nadie que esté fuera de la Secretaría
de Relaciones Exteriores, lleve la relación con Estados Unidos, marginando a la
Secretaría de Gobernación en temas migratorios, o a la Secretaría de Economía
en asuntos comerciales. El canciller Marcelo Ebrard es quien se encarga de
ello. La unificación de un mando, en el contexto del desordenado y
desequilibrado gabinete de López Obrador, parece un acierto. Pero, por otras
razones, no lo es.
Ebrard
carece de una relación de alto nivel en la Casa Blanca, y su ventanilla es la
del secretario de Estado, Mike Pompeo. En términos de política real, la
relación con México fue degradada con López Obrador. La relación con México e
Israel, ordenó Trump al iniciar su administración, la llevaría personalmente su
yerno y consejero, Jared Kushner, que es como se llevó durante el gobierno de
Enrique Peña Nieto. Ya no. Kushner no está interesado en tener una relación con
Ebrard. El acceso a la Casa Blanca está cancelado para el canciller mexicano, quien
sólo lo tiene, de manera ajustada a los tiempos de Pompeo, a Foggy Bottom, la
sede de la Cancillería estadounidense.
La falta de
acceso a la Casa Blanca no le ha permitido a Ebrard la posibilidad siquiera de
explicar algunas de las decisiones de López Obrador que tienen muy molesto a
Washington. La principal, el respaldo al presidente Nicolás Maduro, que es
interpretado de esa manera ante la incomprensión y falta de razonamientos
convincentes de lo que significa para México, en este momento, la política de
neutralidad y no intervención.
En
Washington no creen el discurso del gobierno mexicano, donde ven símbolos
adicionales a los diplomáticos de no reconocer como interlocutor válido,
siquiera, al proclamado presidente interino, Juan Guaidó, a quien han
respaldado la mayoría de las democracias. Una de esas señales es la continua
presencia en México –con visitas a colaboradores cercanos de López Obrador– de
Juan Carlos Monedero, exasesor del presidente Hugo Chávez, y uno de los
fundadores de Podemos, partido de izquierda radical en España, que durante
varios años recibió financiamiento de Maduro.
El respaldo
al régimen de Maduro por la vía de la autodeterminación de los pueblos, ha
unido a republicanos y demócratas en Estados Unidos contra México. El 8 de
febrero se dio la primera gran señal de que las relaciones bilaterales dejaron
de ser lo que fueron. El senador republicano Marco Rubio afirmó, a través de su
cuenta de Twitter, que las relaciones habían cambiado. “Esperaba que pudiéramos
redefinir la relación entre México y Estados Unidos, para que la
transformáramos en una asociación estratégica. Una alianza para afrontar
nuestros desafíos comunes”, escribió. “Pero el inexplicable apoyo del nuevo
gobierno a Maduro pone todo eso en duda”. Dos semanas después, en una reunión
del Grupo de Lima en Bogotá, el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence,
le hizo un llamado directo a México a rectificar su posición –cada vez más
aislada en el mundo.
La relación
con Trump se ha modificado radicalmente por el caso Venezuela, que es de muy
alto interés para Estados Unidos. Haberse entregado a Estados Unidos como
tercer país, para mantener a los inmigrantes centroamericanos en territorio
mexicano, mientras se procesa su solicitud de asilo en esa nación, no ha servido
para nada. Este lunes que López Obrador hablaba de cordialidad en la relación
con Trump, este pedía fondos para construir el muro en la frontera con México,
un tema del cual el presidente mexicano no ha querido hablar. Le dieron a
Estados Unidos lo que buscó por años, y no le redituó en nada a López Obrador.
No ha sido
el único error importante. Dentro de la Secretaría de Comunicaciones y
Transportes hay interés de invitar a una empresa paraestatal china al proyecto
del tren bala México-Querétaro, que se canceló en el gobierno de Peña Nieto
ante las presiones de Estados Unidos. Todavía más grave, sigue adelante con la
instalación de un cable de fibra óptica submarina para telecomunicaciones, que
conectará a Topolobampo con La Paz, con la participación de Huawei, el gigante
chino que fue vetado en Estados Unidos por razones de seguridad nacional, y por
lo que está enfrentado con la Unión Europea, porque no quieren cancelarle
contratos.
Venezuela y
Huawei son temas de la geopolítica que no entiende el presidente López Obrador,
quien, por la manera como actúa, debe pensar que hincarse ante Estados Unidos
en el tema migratorio, que es el más sonoro, es suficiente para tener una buena
relación bilateral. Está equivocado. Su reduccionismo lo lleva por la ruta
indeseable, pelearse con Trump. El choque no va a venir pronto. Ya se dio.
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