Por Gustavo
De la Rosa.
Ellos nacieron entre el 2002 y el
2007; durante la Guerra que vivió Juárez entre 2008 y 2013 apenas eran niños y
alcanzaron la pubertad bajo la sensación de que la muerte para ellos, sus
padres o sus hermanos, se encontraba a la vuelta de la esquina. Hoy tienen
entre 12 y 17 años, la edad en la que más riesgo hay de incorporarse a
pandillas, y de allí a los cárteles del crimen organizado (así ha sido para 95
de cada cien delincuentes sentenciados).
En 2011, y desde la Mesa de
Seguridad, iniciamos un proyecto para rescatar a los jóvenes que vivían en las
zonas conflictivas de la ciudad antes de que ingresaran a las pandillas; este
fue un proyecto elaborado conjuntamente por el Inacipe y un investigador de la
Universidad Autónoma de Ciudad Juárez.
Se ubicó la zona que merecía la
atención y se diseñó un modelo de apoyo educativo a los jóvenes, alternativo al
modelo escolarizado y de educación abierta, los aplicados por la SEP en el
país. El modelo Educación a Menores con Maduración Asistida (EMMA) incluye
secundaria, fortalecimiento psicoemocional, conocimiento de los derechos
humanos con sus obligaciones inherentes y apoyo para seguir estudiando o
capacitándose; echamos a volar el primer grupo en 2011 y nos sorprendió el
impacto del modelo en la formación de los jóvenes. Ahora, siete años después,
seguimos teniendo reuniones mensuales para evaluar el desarrollo individual de
cada uno de los muchachos (algunos ya son licenciados y trabajan
profesionalmente).
Nuestra escuela no expulsa a nadie
porque entonces no les quedaría otra oportunidad de superarse a través de la
educación: el modelo EMMA ofrece una visión diferente de la responsabilidad del
Estado en materia educativa. Actualmente, el Gobierno asume únicamente la
responsabilidad de preparar a los jóvenes con los conocimientos necesarios para
su desarrollo y deja en manos de la familia el proceso de maduración
psicoemocional, de formación ciudadana e integridad moral, pero la propuesta de
EMMA a los jóvenes que han desertado de secundaria es ofrecerles conocimientos
y apoyo en su proceso de maduración psicoemocional y construcción ciudadana;
este es un proceso largo, de mil 400 horas de aprendizaje educativo y otras 700
horas para cada una de las dos áreas de maduración, guiado por expertos en las
áreas correspondientes.
Cuando
empezamos, los jóvenes estaban
asustados, preocupados por el futuro inmediato e impresionados por la
hiperviolencia en la ciudad, y fue difícil para los maestros y asesores
quitarles el temor a salir a la calle y enfrentar la vida de manera diferente a
como lo habían hecho hasta ese momento. Pero ahora, en el curso 2019,
encontramos mayores dificultades de los jóvenes para avanzar en el proyecto.
No poder visualizar un futuro, o siquiera
soñarlo, es común para estos jóvenes, sus planes de vida no van más allá de los
quince días y, por lo tanto, sus deseos de progresar son limitados (algunos ni
siquiera tienen la certeza de poder almorzar mañana). Encontramos un profundo
sentido de soledad en muchos de ellos, algunos perdieron a su padre o hermano
mayor, víctimas de homicidio, y han desarrollado un sentido de responsabilidad
propia en edades cuando el juego es la prioridad.
Tras vivir esas pérdidas, y también
debido a la naturalización de la violencia y la muerte, sienten una extraña
impunidad que los lleva a ser intrépidos, temerarios y a enfrentar a las
figuras de autoridad sin miedo. Actualmente hemos logrado reclutar a 40, pero
asisten con regularidad 30 y tenemos siete casos de resistencia aun después de
dos meses (tenemos dos chicas embarazadas de 15 años).
En esta generación encontramos nuevos
retos, pero al visibilizarlos podremos superarlos, como ya lo vamos haciendo, y
en julio egresará un grupo de muchachos que seguirá con la preparatoria o en
capacitación para un trabajo de calidad. Aunque sean hijos de la guerra, les
abrimos una puerta lateral al camino delictivo que habrían tomado si hubieran
seguido solos.
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