Javier Risco.
Desde hace
13 años se empezaron a contar las peores historias de violencia en este país.
Recuerdo cuando un calcinado o un decapitado ocupaban la portada de los diarios
de circulación nacional, cuando una balacera en Acapulco, un secuestro en
Reynosa, o una emboscada en Jalisco detenía a todo el país. Cuando los
periodistas de esas regiones entraban a dar reportes a los medios nacionales
sin temor a ser asesinados. En poco más de una década hemos sido testigos del
horror, no necesito hacer este recuento, tan sólo imagine de lo que el crimen
organizado ha sido capaz de hacer y a la vez piense en un Estado rebasado, con
una estrategia fallida que nos ha costado que el miedo nos inunde.
Ayer leí una
historia que volvió a sacudirme, ocurrió hace menos de año y medio, a unos
kilómetros de Guadalajara, en un territorio perdido por la ley, detrás del
Bosque La Primavera en las comunidades de Tala, Cuisillos y Ahuisculco. Los periodistas Alejandra Guillén y Diego
Petersen, de Quinto Elemento Lab, cuentan la historia titulada: “El regreso del
infierno; los desaparecidos que están vivos”, donde nos describen cómo cientos
de jóvenes reclutados con engaños son llevados a campamentos de adiestramiento
y exterminio. Los convencen con una promesa laboral como elementos de seguridad
y les adelantan 4 mil pesos en efectivo, pasan por ellos en un auto
directamente a su casa, después los secuestran durante semanas y los “entrenan”
para ser soldados del Cártel Jalisco Nueva Generación, ¿qué sucede con los que
se quieren ir del campamento? Así lo cuenta “Luis”, un sobreviviente de estas
casas de seguridad, que pudo escapar y colaborar con la Fiscalía del estado: En
ese tiempo me pasó lo peor en toda mi vida: como a las dos entró la voz de El
Sapo (el jefe de la plaza). “Adelante hijos de su chingada madre, ¿quién quiere
irse? Les voy a dar tres mil y a su casa, y a chingar a su madre”. En eso
(unos) empiezan a levantar la mano, advirtiéndoles que si estaban seguros.
Yo reconozco a todos, fueron 14 en
total, los sentaron en una choza frente a los dormitorios y les dijeron que no
se movieran. A los demás nos sentaron en otra choza. Llegó una Cheyenne gris
con placas de Estados Unidos y dos sujetos con pistolas tipo escuadra. Uno era
El Greñas (muchacho de 20 o 21, cara de niño, mano derecha de El Sapo) que les
gritó a los que se querían ir: “A ver cabrones, pónganse a pelear todos contra
todos”, y comenzaron a hacerlo, el que cayera iba a morir. Al primero que cayó
le decían La Jaina (chaparrito, 1.70, nariz grande, cara grande, güero, pelo
por todos lados, indigente de Guadalajara) cayó noqueado de rodillas. Le dieron
de balazos. Luego El Guachito, alto, narizón; cuando vio que le iban a tirar
gritó “¡nooo!”, levantando las manos en señal de defensa. Le dieron dos
balazos. Después Nopal, Toño, Chucho y El 18 abrieron fuego contra todos, entre
ellos un expolicía.
Al último quedó un niño de 17 años
con las manos metidas entre las piernas, cabeza agachada, meciéndose. Se
acercaron a verlo porque quedó vivo. Le dijo El Pitayo: “Estos putos te dijeron
que dijeras que te querías ir”. Sacado de onda, respondió “ajá”, y el muchacho
pidió llorando “es que quiero ver a mi hermanita y mi mamá”. Le dieron un
balazo. Entre los muertos estaban Ignacio, que llegó conmigo el primer día, y
Ernesto. Al Taquero también le dieron un balazo por la espalda, siendo entonces
ya 15 muertos. A los que por miedo no manifestamos querer irnos nos hicieron
llevar los cuerpos. Duramos hora y media porque había unos muy pesados,
teníamos que arrastrarlos para echarlos a los elotes. Echarlos a “los elotes”
es incinerarlos.
No hay mexicano que pueda leer este
relato y permanecer impávido. Ayer el subsecretario de Derechos Humanos,
Alejandro Encinas, hacía un recuento fatal: “Se estima que existen 40 mil
personas desaparecidas, más de mil 100 fosas clandestinas, alrededor de 26 mil
cuerpos sin identificar en servicios forenses y esto da cuenta de la crisis
humanitaria y de violación a los derechos humanos que estamos enfrentando”, de
estos desaparecidos cuántos viven en la esclavitud del terror, cuántos duermen
en campamentos alejados de su madre, sus hermanos. El fondo de la tragedia
tiene tantos cuartos inexplorados, cuando pensamos que el horror llega en forma
de San Fernando, Ayotzinapa o la Tala, la creatividad criminal nos recuerda que
lo peor está por venir, y que ante la pregunta “¿quién quiere irse?”, estamos
obligados a permanecer.
*La historia completa publicada en Quinto Elemento Lab la puede consultar en el siguiente link https://quintoelab.org/project/regresodelinfierno
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.